lunes, 27 de diciembre de 2010

SIGNOS DE PUNTUACIÓN

Esta vez se trataba de introducir en un texto (el más breve posible) el mayor número de signos de puntuación, es decir, la coma (,), el punto y coma (;), el punto (.), los dos puntos (:), el guión (-), las comillas (" "), la admiración(¡!) y la interrogación (¿?). Yo los puse todos (o casi). Me dejé fuera los corchetes ([]) y la diéresis (¨). Tomé el inicio de un texto mío anterior y lo modifiqué ad hoc.
He dejado guión y ésos y aquéllos con acento pues en aquel momento todavía la Academia no había dictado sus normas ni sobre el primero ni sobre los pronombres.
Considero este articulillo-ejercicio "de interés general". Intentadlo, es divertido :))

La joven madre gestante empezó a buscar nombres para bebé desde los primeros meses de embarazo, teniendo en cuenta siempre, por supuestolos gustos de su pareja; a ella le gustaban aquéllos que tenían “olor a pueblo”: los que había oído en su infancia y le recordaban el olor a candela, a cortijo, a la cámara de su abuela, pero… ¡a lo mejor ésos no eran del agrado de su compañero!, ¿o sí? En todo caso (antes de planteárselo abiertamente), tendría que tantearlo.



viernes, 17 de diciembre de 2010

UN VERANO

Alberto bajó a la calle en mangas de camisa. Mediaba septiembre, había empezado a refrescar y el cielo, de un gris oscuro, amenazaba lluvia. Sintió el aire fresco nada más salir del portal y pensó que tenía que haber cogido algún jersey, pero no se había querido parar porque regalaban una película de Cuerda con el periódico y no quería que se agotara. Enseguida notó las primeras gotas. Eran unos goterones gruesos y pesados que empezaron a caer espaciados, pero pronto tomaron un ritmo creciente, hasta molestarle en su incipiente calva. Decidió volver a casa para coger el paraguas y ponerse algo de abrigo.

Vivía solo desde hacía bastantes años. El destino quiso respetar los tiempos y esperó para llevarse a su madre hasta que estuvieron instalados en aquel piso, pequeño pero suficiente para los dos. Además, había encontrado su primer trabajo. Fue inmediatamente después de cumplir sus servicios para la comunidad como objetor de conciencia.

A partir de ese momento tuvo que aprender muchas cosas. Cosas sencillas que a él antes, en vida de su madre, ni se le ocurrían: guardar la comida en el frigorífico, tener la precaución de poner de vez en cuando la lavadora para no encontrarse sin calcetines limpios o llevar los pantalones al tinte, pues, aunque también había aprendido a planchar, no había forma de conseguir que la raya quedara derecha. Con los vaqueros en cambio daba gusto, pero, claro, esos solo podía usarlos los fines de semana. Al banco debía llevar traje y corbata.

Todas esas cosas, de las que antes se ocupaba su madre, las fue aprendiendo poco a poco. Algunas por intuición, otras oyendo a sus compañeras de trabajo a la hora del café y otras viéndolas hacer –ahora sí se fijaba- a alguna de las chicas que, de tarde en tarde, subían a su casa. Más de una se había quedado solo un rato, aunque la mayoría pasaba allí la noche. Solo en un par de ocasiones hubo una convivencia más larga, pero, al final, la cosa no funcionaba y la mujer de turno volvía a desaparecer. Hasta que encontró a Marta.

Este año, por problemas laborales, se había visto obligado a tomar las vacaciones en junio y eligió una playa del norte, al lado del pueblo de un antiguo compañero y amigo, Andrés. Marta era vecina de Andrés y maestra. La conoció el primer día que visitó a su amigo: los encontró a ambos en el jardín de la entrada. Enseguida surgió algo entre los dos. Estaba terminando el curso, así que, cuando a él se le agotó el mes de vacaciones, se volvieron juntos a Madrid. El verano pasó volando. Alberto no notó ni el agobio ni el bochorno de otros veranos. Jamás hubiera imaginado que esos meses de calor en su ciudad y trabajando pudieran transcurrir de forma tan placentera. Apenas salían de casa; solo los fines de semana subían a la sierra. A ella le gustaba dar largos paseos aunque él, la verdad, acababa un poco extenuado. Con ella descubrió árboles, arbustos y todo tipo de plantas cuya existencia, antes, le había pasado desapercibida. Cuando volvían después de cenar, traían con ellos en el coche algún manojo de yerbas aromáticas. Otras veces eran flores silvestres que Marta ponía nada más llegar en un florero con agua, aunque, como no solían aguantar, había que tirarlas al día siguiente.

Cuando Marta cogió el autobús para volver a su casa, dejó, junto al olor de todas esas yerbas, el suyo propio. Si él hubiera imaginado por un momento el accidente, no la habría dejado ir. Por fin había encontrado a una mujer que lo llenaba –habían hecho planes de futuro- y la perdió de pronto en una curva tonta del camino. Se sintió más huérfano que nunca.

En todas esas cosas iba pensando mientras subía las escaleras. Bueno, mientras subía las escaleras y a todas horas. La verdad es que estos quince días sin ella habían sido los peores de su vida.

Alberto abrió el armarito de la entrada, cogió el paraguas y una cazadora ligera que se había quedado colgada en la percha desde que deshizo la maleta, al volver de la playa. Metió la mano en el bolsillo izquierdo y, durante unos segundos, Marta volvió a estar con él, allí y en su jardín, en el campo y en todos los paseos que dieron juntos. El romero seco se había quedado en los bolsillos desde que ella se lo dio aquella primera tarde de junio. Seguía conservando todo su aroma.

viernes, 10 de diciembre de 2010

CARTA (IMAGINARIA) AL DIRECTOR

Señor director:

Aunque sé muy bien que esta carta no va a servir de nada, deseo enviársela. También sé que usted no la publicará, pero aun así, no quiero dejar de comunicarle una vez más (es mi quinto escrito con el mismo argumento y su misma no-respuesta) mi protesta por que ustedes sigan publicando anuncios sobre sexo.

Comprendo muy bien que les resulte difícil prescindir de los ingresos que proporciona esta publicidad, a pesar de los beneficios obtenidos por su periódico. Sigue extrañándome que un medio tan prestigioso como el suyo no reaccione ante resoluciones como el Plan contra la Trata, o la decisión tomada recientemente por la Secretaría de Medios de Comunicación de “no insertar nunca más anuncios de contactos en las páginas de ningún medio escrito”, anuncios que no son otra cosa que publicidad para la compra-venta de sexo.

Resulta hipócrita que, por un lado, su diario defienda los derechos de la mujer y, por otro, fomente la prostitución y la trata. Además, este tipo de anuncios utiliza un lenguaje obsceno, denigrante y vejatorio para la mujer, amén de que puede caer en manos de menores, ya que está al alcance de cualquiera.

Me gustaría mucho ver publicada esta carta, pero me gustaría aún más dejar de ver la citada publicidad en su periódico.

Le saluda atentamente

jueves, 2 de diciembre de 2010

P A I S A J E S

EL CAMINO

El camino de tierra a veces se acerca al arroyo que transcurre paralelo y sigue, aproximadamente, su mismo recorrido. Son las huellas del ferrocarril de vía estrecha que hubo en tiempos y que tuvo una vida no demasiado larga: unos cincuenta años del siglo pasado. Ahora, cuando hace más de treinta que sus últimas traviesas desaparecieron, es utilizado por la gente del pueblo fundamentalmente mujeres para pasear. A veces es transitado por alguna piara de cerdos o un rebaño de ovejas. Otras, algún vehículo de motor se atreve a recorrerlo. Cuando llueve se forman charcos en sus partes más blandas. Sólo quedan secas, sobresaliendo, las zonas de arenisca dura. La dehesa verdea a su alrededor, ya desde octubre, con las primeras lluvias. Qué diferencia con el verano, cuando el color dominante es el amarillento de los pastos.

LA LLANURA

Carmen había pasado sólo tres años en aquella ciudad y nunca imaginó que se le iba a quedar tan adentro al dejarla. Mientras se alejaba en el coche, que rodaba a una velocidad estable por la recta y tranquila carretera, sintió por primera vez el influjo que ese paisaje sereno había ejercido sobre ella. Nunca antes se había parado a pensarlo, pero ahora, al notar las pequeñas punzadas, comprendió que esas llanuras inacabables la habían calado más de lo que creía.

Delante, a través del parabrisas, una planísima extensión, horizonte y cielo infinitos. Luz a raudales. Las gafas de sol eran una buena excusa para no dejar ver sus ojos húmedos. De vez en cuando un árbol, un caserío, únicos impedimentos al torrente de luminosidad. Más de tarde en tarde, algún campo de maíz regado por aspersión, en cuyas gotas se formaba, a veces, un trozo de arcoíris.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

QUIETUD


Ayer visité a mi madre en el hospital. Todos conocíamos ya cuál iba a ser el desenlace, por eso, desde hacía unos días, la habían cambiado a una habitación un poco más aislada y que ocupaba ella sola.

Al entrar, giré el pomo de la puerta con suavidad porque, a pesar de que ya sabía que no le molestaría el ruido, el silencio reinante en toda esa ala del hospital casi obligaba a ir de puntillas.

Avancé sigilosa hacia la cama y solo cuando estuve a su lado oí su débil respiración, jadeante y trabajosa. Se me partió el alma.

Era un día luminoso y el sol se colaba en la habitación a través de las persianas a medio bajar. Los visillos descorridos ni siquiera se movían, ya que las ventanas permanecían cerradas: el aire, a esas alturas de noviembre, era ya fresco. El frotamiento de las hojas y el alegre gorjeo de los pájaros, oídos al atravesar el jardín, allí ni siquiera se intuían.

Aunque sabía que estaba inconsciente, mis pasos ligerísimos al entrar parecieron despertarla. Era imposible, claro, pero de lo que sí estaba segura era de que su respiración se había acelerado. Le tomé la mano y en ese momento noté una relajación en su rostro. Su pecho subía y bajaba cada vez más pausado y de su cara se había borrado un poco el rictus de sufrimiento de los últimos días.

En ese momento abrió la puerta la enfermera. El ruido, habitual en cualquier otro momento, me pareció estruendoso en aquella quietud. La chica misma fue consciente de haber roto algo. Miró el cuadro un poco extrañada y me pareció que sus ojos querían pedir perdón sin saber muy bien por qué.

viernes, 12 de noviembre de 2010

La primera vez

Esta vez tocaba como ejercicio "La primera vez". Era evidente que no se trataba de la primera vez que todo el mundo imagina, sino de contar otras experiencias. Empecé entonces a pensar en temas importantes como mi primer hijo, la primera vez que monté en avión (o en barco, en bicicleta, en globo), la primera vez que vi el mar, la primera vez que me enamoré, la primera vez que estue en África (o crucé el Atlántico...), o cualquier otra cosa interesante. Pero, de pronto, recordé una anécdota sencilla: la primera vez que comí espárragos, espárragos blancos.

Yo era entonces una niña de pueblo recién llegada a Madrid y conocía muy bien los espárragos trigueros. En mi pueblo los había (y los hay) en abundancia y a mí me gustaban mucho desde siempre. Los blancos, en cambio, no los conocía. Es más, no sabía que existieran.

En Madrid, a veces acompañaba a mi tío Manolo cuando iba a recoger a mis primas para pasar el fin de semana juntos (estaban internas en un colegio del centro de Madrid); solíamos ir entonces a buenos restaurantes. Uno de aquellos sábados, enfilamos la carretera de La Coruña y paramos en un restaurante precioso, situado a la derecha.

Una vez sentados todos a la mesa, el camarero nos dió una carta a cada una de nosotras, a pesar de que todavía éramos unas mocosas. Cuando vi la palabra espárragos se me pusieron los ojos como platos. "Qué raro -pensé-, no es época pero ¡me gustan tánto!". Miré el precio y, aunque me pareció desorbitado, estaba en consonancia con lo que mis primas estaban "cantando" que querían. Así pues, solicité espárragos de primero y un segundo plato que, evidentemente, no recuerdo. Sí recuerdo con nitidez la impaciente espera y la decepción cuando vi el plato. ¿Qué era eso? Pues era lo que yo había pedido. Resignada, me decido a probar aquello y mi primera dificultad la encontré en cortar el primer trozo: aquello se deshacía en hebras. De todas formas, el mayor desencanto lo experimenté cuando por fin probé el primer bocado: me pareció sencillamente horrible, incomible. Estuve dándole vueltas a los esparrágos en el plato e intenté probar un segundo bocado: imposible. Me armé de valor y dije que no me gustaban, y expliqué que los había pedido porque yo creía que eran "como los del pueblo". Afortunamente mi prima vino rápida en mi ayuda brindándose a tomarlos ella. Así terminó mi primera experiencia con los espárragos blancos.

Después, cuando crecí, empecé a insistir con ellos pues deducía que una vez habituada a comerlos iba a disfrutar haciéndolo. Y así fue. Recuerdo cómo los solía pedir las primeras veces que fui con algún noviete a un restaurante, cómo alguno me enseñó a cortarlos con un corte limpio, de dos en dos. Durante una época fue mi plato preferido y los tomaba como primero allí donde iba. Más tarde, ya casada, dejé de hacerlo pues era muy fácil abrir la lata en casa. Para el restaurante dejaba cosas de más difícil factura. También los compré frescos en el mercado, aunque no muchas veces, porque su limpieza entrañaba mucho tiempo y era difícil dar con su punto exacto de cocción.

Ahora sé muchas cosas sobre los espárragos, entre ellas la procedencia de su nombre: viene del latín sparagus, que deriva del griego aspharagos, que, a su vez, proviene del persa asparay. En casa, aunque nunca faltan latas y botes de varios tamaños, se toman muy de tarde en tarde.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

EL CONCIERTO

Ayer estuve viendo una película de 2009, aunque en España fue estrenada en marzo de este año. El director, Radu Mihaileanu, nació en Bucarest en 1958, la música es de Armand Amar y la fotografía de Laurent Dailland.

El Concierto, así se llama la película, es una comedia de producción francesa, italiana y belga que trata con humor el drama del despido de un director de orquesta.

Copio aquí lo de otros especialistas, pues para eso los hay que lo dicen mejor que lo haría yo:

"En la época del dirigente soviético Brezhnev, Andrei Filipov tiene una gran reputación. Pero su decisión de tener entre sus filas a instrumentistas de origen judío, entre los que se encuentra su amigo Sacha, le llevará a la decadencia. Tras mucho tiempo trabajando como limpiador en el mismo centro donde una vez fue célebre, el Bolshoi, éste encuentra un fax en el despacho de su jefe en el que lee que la orquesta oficial de la institución ha sido invitada para dar un concierto en el Teatro de Châtelet de París. La trama se precipitará cuando el protagonista decida reunir a sus antiguos compañeros para hacerse pasar por miembros de Teatro Bolshoi y viajar hasta París. A partir de entonces la comedia estará plagada de situaciones delirantes que provocarán grandes carcajadas en el espectador".

Esto dice otro, más crítico:

"Prima el enredo de sainete sobre la alta comedia, el sentimentalismo sobre el sentimiento y el pasteleo sobre el romanticismo. Mihaelanu dibuja su comedia a costa de estereotipos, cebándose en la pintoresca informalidad de una tropa rusa presuntamente entrañable que se alimenta del tópico y de la gracieta antropológica de pincel grueso. Aparatosa, por tamaño, pretensiones y duración, "El concierto", nominada este mismo año a tropecientos premios César tiene la virtud de ser de esas raras películas europeas que calan entre los gustos del gran público. Pero todo a costa de aflojar las tuercas hasta el límite de la descompostura y el estropicio. Se nos escapan los motivos de su éxito taquillero y académico, no vende ni un solo minuto de cine genuino o perdurable a pesar de los loables esfuerzos de Melanie Laurent y Aleksei Guskov por enmendar el desaguisado general y el desafinadísimo collage de estados de ánimo. El concierto maneja claves de película intensa, con dobleces sociohistóricas interesantes, y materia prima narrativa con visos de cuajar en algo serio; pero Mihaileanu no sabe dónde posar el pie; quiere una película profunda sobre redenciones artísticas de gran calado y a la vez quiere una comedia histriónica y de enredo para camelarse al gran público. Al final su película está más cerca del segundo registro que del primero, y toca echar cuentas con una ficción populachera e indigestamente campechana, folclórica y ruidosa que se pierde en la tarea de ensamblar tonos diversos atrapada en una maraña de géneros muy procaz, abigarrada y desconcertante. El concierto es cine europeo de autor y multisala; un cóctel del que rara vez emergen filmes perdurables, un poco, para entendernos, en la estela romántico-festiva de la irregular, y con todo muy superior, "La banda nos visita".

A pesar de esta crítica, tengo que decir que me reí a carcajadas en un montón de ocasiones (quizá porque pertenezco a lo que el crítico llama "gran público"), lo cual no ocurre muy a menudo, así que solo por eso ya me gustó. Es verdad que está llena de tópicos pero ¿qué comedia no lo está? Tenemos  al judío avaro y usurero, al comunista trasnochado (casi todos), al sentimental, al virtuoso... A pesar de la clara exageración creo que hay un montón de personajes muy bien definidos. Con todo, quizá el momento de mayor intensidad se produce cuando la película termina con la interpretación íntegra del concierto para violín en re mayor de Tchaikovsky.

Lo pasé realmente bien, así que la recomiendo.



C A L A B A Z A S



Ahora, que estamos en otoño, tiempo de castañas (qué ricas al notar el frío de la calle saliendo del Metro), de frutos secos, de setas, de calabazas, de batatas y boniatos, me apetece poner aquí esta foto. Y, de paso, reivindicar como muy nuestra la costumbre de vaciar las calabazas por arriba, hacerles agujeros en la piel simulando ojos y boca y meter una vela dentro. Esto también se hacía con las sandías; eran tiempos de penuria y había que aprovecharlo todo, por eso utilizábamos las que ya estaban muy maduras y se habían quedado sin comer. Las calabazas, si había pocas, teníamos que preservarlas para la matanza, ya cercana. También es verdad que para nosotros, niños, era más fácil portar una sandía (a la que se le ensartaban unas cuerdas para llevarla) que una gran calabaza. Las cuerdas podían ser hechas con esparto o con juncia.

Por tanto, la costumbre de Halloween no tiene su origen en EEUU, como nos repiten continuamente, ya la teníamos aquí hace muchos años. Ahora se empieza a decir que es celta, pero nunca se cita que aquí, desde hace muchísimos años, se vaciaban las calabazas para los Santos y Difuntos. Me consta que por toda Andalucía, pero, aunque no me he puesto a investigar, también he oído testimonios de otras zonas de la península.



miércoles, 3 de noviembre de 2010

R O B O

El ejercicio era el siguiente: tenéis que imaginar que podéis quedaros con algo ajeno tranquilamente. Podéis robar, engañar, etc., con la seguridad de que nunca vais a ser descubiertos. A mí me salió lo que sigue:

.o0O0o.

Alguna vez había soñado (¿o lo había pensado?) que me encontraba en la cueva de Ali Babá o, al menos, lo que yo imaginaba que sería esa cueva: una habitación repleta de cofres con todo tipo de joyas, piedras preciosas de todos los colores y tamaños y cientos, miles de monedas de oro tiradas por aquí y por allá, en completo desorden. Seguramente esa idea provenía de alguna ilustración perteneciente a alguno de los cuentos leídos en mi niñez.

Bueno pues ahora ese sueño se había convertido en realidad. Tenía todas esas joyas y monedas a mi alcance. No eran tantas ni tan brillantes, pero sí había una buena cantidad ofreciéndose en los cajones abiertos de aquella mesa antigua de despacho.

Nadie podía suponer que yo estaba en ese momento en esa habitación. La llave había llegado a mis manos de forma anónima y un tanto rocambolesca, así que si yo decidiera quedarme con un buen montón de monedas y “piedrecitas” nadie, nunca, pensaría en mí. Además, y muy importante, llevaba sitio de sobra para camuflarlas. Sí, decididamente me las llevaría conmigo.

Empecé a llenar la bolsa con decisión mas, a medida que se completaban suss recovecos, me empezaron a asaltar algunas dudas: ¿qué haría con todo eso? Estaba claro que tendría que convertirlo en dinero contante pero ¿cómo?, ¿adónde lo llevaría?

Nunca había hecho una gestión así, no sabía a quién dirigirme y lo más seguro es que dejara rastro. Ese rastro se haría bien visible y su conocimiento llegaría a oídos de mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo… No, finalmente no podía hacer aquello. Comencé a vaciar la bolsa con parsimonia mientras seguía dándole vueltas al asunto. Siempre había sido un poco cobarde, además de pesimista. ¿Por qué tendrían que enterarse? ¿Por qué tendría que acabar mal? ¿Es que acaso no me podía salir algo bien alguna vez? Tenía que cambiar mi forma de pensar.

Lentamente volví a coger los puñados de monedas y gemas (ahora ya estaban mezcladas) y a introducirlas de nuevo en la bolsa, pero un hormigueo extraño empezó a agarrotarme los dedos y a subirme hacia las muñecas. Mis brazos de pronto se volvieron pesados, de manera que tenía que poner todo mi empeño para que me obedecieran. La tremenda fuerza ejercida me producía sudores. Mis miembros ya apenas me obedecían. En un supremo esfuerzo traté de limpiarme el sudor de la frente y el golpe que yo misma me propiné acabó despertándome.

sábado, 23 de octubre de 2010

LA CURIOSA COMITIVA


Esta mañana, cuando iba a ver si Néstor tenía cebolletas frescas para acompañar el cocido de mediodía, me he encontrado con una curiosa comitiva. Sorprendente por lo inusual. Habían sacado a pasear por el pueblo a los ancianos de la residencia. Nunca me había topado así con ellos. Todo lo más, me había encontrado a algún viejo acompañando a algún familar a tomar un café o, en alguna ocasión, también con algún mayor que se desenvolvía bien por sí mismo, tomando el sol en el puente o a la puerta de la residencia, sentado con otros ancianos, viendo los pocos transeúntes que circulan por esa calle. Es difícil ver a mujeres, supongo que la razón es que ellas, cuando deciden ingresar, ya no se pueden valer por sí mismas y permanecen siempre en el interior. El caso es que al desembocar en el callejón del chorro me topé con ellos. Unos iban en carrito, otros con muletas, otros andaban por su propio pie ayudados por familiares o por cuidadoras de bata azul. Los grupos eran de dos, tres, cuatro personas.
Me impresionó ver esas caras de aspecto blanquecino y deterioradas por la edad. Más impresionante cuanto que esas figuras ahora pálidas en extremo estaba habituada a verlas morenas de sol. Gente de pueblo que pasaba una buena parte de su jornada al aire libre. Alguna de ellas había dejado de verla hacía tiempo y mi sorpresa fue comprobar que aún seguían estando ahí.
Los habían sacado a dar una vuelta por el pueblo, su pueblo, para que vieran que, fuera, seguía existiendo la rutina del día a día pero tan diferente a la de dentro, ésta estaba llena de vida: el sol estrellándose contra la cal de las fachadas, los árboles, los pájaros, las voces de algún chiquillo. Ignoro si esto se hace con frecuencia pero nunca antes me había tropezado con ellos y me pareció una idea extraordinaria.

L U C A S





La joven embarazada se puso a buscar nombres desde los primeros meses de gestación. Iba confeccionando con parsimonia dos listas de los femeninos y masculinos que más le gustaban para elegir después con su pareja entre ellos. Para las niñas elegía nombres de dulce sonoridad y que a ella, cada vez que los pronunciaba, le recordaban murmullos de yerba fresca y agua clara deslizándose entre pequeños guijarros. Eran Rosalía, Eulalia.... En la columna de los masculinos elegía nombres de sonidos más rotundos y contundentes, como Jerónimo.

En la familia había un nombre que le gustaba mucho pero cuando pasaba cerca de algún parque infantil o cuando preguntaba cómo se llamaba el niño de tal compañera, amiga, familar, etc. siempre oía la misma respuesta. Era la época de los danieles y davides, los había (y los oía) con profusión. Además imaginaba los inconvenientes de que en una casa hubiera dos miembros con el mismo nombre, aunque uno fuera el padre y el otro el hijo.

La madre pensó que quizá cuando el niño creciera no iba a estar muy conforme con ese potente y sonoro nombre esdrújulo que a ella le sonaba tan bien (era consciente de que no estaba de moda), por eso quiso añadir otro corto y claro. Para completar las razones a favor de Jerónimo y el nuevo nombre, estaba la musicalidad (tan importante) formada por los dos nombres y apellidos. Eran dos subidas y bajadas. Ella todavía no sabía lo importante que sería la música en la vida del vástago. Así, cuando el crío nació fue inscrito en el registro como Jerónimo Lucas.

Cuando el niño creció y tuvo uso de razón le dijo a sus padres que su nombre le parecía sencillamente horroroso y les preguntó que cómo habían podido ponérselo. No importa, dijo la madre, para eso tienes otro. El otro me parece aún más horrible, fue la respuesta. Así que Lucas fue desapareciendo de los papeles que la madre tenía que rellenar: matrículas, carnets de la biblioteca, de fútbol, de la piscina, inscripciones en las competiciones de fútbol-sala, excursiones, campamentos y demás registros. Jerónimo Lucas pasó a ser Jerónimo L. Pero los amiguitos preguntaban por el significado de esa L y el niño pasaba vergüenza teniendo que confesar ese nombre espantoso. Como los compañeros notaban cuánto molestaba ese segundo nombrecito gastaban todo tipo de bromas al pobre chaval. Por eso, la L punto despareció de todo papel y se perdió su rastro. El niño prohibió a su madre que revelara a nadie que tenía un segundo nombre.

Más tarde, cuando ya era un jovencito, confesó en gran secreto a algún amigo íntimo esta "barbaridad", que servía de risas y bromas durante un buen rato, siempre en privado, claro. La L era totalmente desconocida fuera del círculo íntimo.

El joven creció y se convirtió en un hombre y la L siguió siempre a buen resguardo. Tuvo pareja y al cabo de unos cuantos años su compañera quedó embarazada. En los primeros meses se habló alguna vez de posibles nombres pero entonces como posibilidad remota. Más o menos hacia el quinto mes de embarazo, cuando ya se conocía que iba a ser varón, la madre de Jerónimo se atrevió a preguntar qué nombre pondrían a la criatura. Entonces supo que su nieto se llamaría Lucas.

jueves, 7 de octubre de 2010

ESCUELA DE ESCRITORES

Desde que hace aproximadamente un par de años experimenté la agradable sensación de ver cómo salía algo que me habían encargado cuando me puse delante de un papel, he ido escribiendo algunas cosillas que voy dejando aquí. Precisamente para intentar mejorar estas "entregas" y también, todo hay que decirlo, porque ahora dispongo de tiempo libre, he decidido hacer un curso de escritura.Tendrá una duración de tres meses y probablemente seréis cómplices de mis peripecias en él.
Ayer fue la primera clase y, una vez que el profesor se hubo presentado y explicado someramente cuál sería el objetivo del curso y qué temas tocaríamos nos pidió un sencillo ejercicio: nos dio cinco minutos para escribir en una hoja de papel las cosas que nos gustaban. Sólo nos hizo unas cuantas indicaciones: teníamos que empezar todas las frases por "me gusta...", debíamos ser concretos, no valían frases del tipo "me gusta la bondad, la belleza, etc." y podía no tener relación una cosa con la anterior, no seguir ningún orden; es decir, podíamos escribir lo primero que se nos pasara por la cabeza, "me gusta el cielo azul en primavera" podía ir al lado de "me gustan los callos con garbanzos".
A mí, en momentos así, me gusta dar libertad absoluta a mi mente y dejarla vagar a su libre albedrío, yendo de la ceca a la meca,y nada de elegir cosas que me hagan quedar bien sino, eso, lo primero que se me ocurra. Por supuesto que siempre estás condicionado en estos momentos. Yo lo estaba aquella tarde por mi viaje desde Toledo, por el sol que me había dado en la cara mientras me tomaba un café haciendo tiempo en la glorieta de Bilbao, por el ambiente de ese momento en la habitación donde nos encontrábamos, etc., etc. En otra ocasión, otras circunstancias, estoy segura de que hubieran aflorado cosas muy diferentes. Estas son algunas de las cosas que me gustan, por supuesto, pero no son las que más, aquí van, esto es lo que me salió:

- Me gusta comer pipas y masticar chicle
- Me gusta ir calzada con zapato cómodo
- Me gusta sentir el sol del otoño en la cara
- Me gusta coger un libro y que me cueste trabajo dejarlo
- Me gusta usar ropa con bolsillos
- Me gustan los bolsos que tengan compartimentos
- Me gustan que vengan mis hijos a casa, sobre todo inesperadamente.
- Me gusta que me llamen o escriban mis amigos y me cuenten muchas cosas.
- Me gusta saber cosas de mis hijos, qué leen, qué escuchan, qué películas ven y qué hacen con sus amigos.
- Me gusta dormir por la mañana hasta tarde, cosa que casi nunca consigo.
- Me gusta tomar café cuando me levanto de descansar después de comer.
- Me gusta probar comidas que no conozco.
Ni que decir tiene que todo esto era una excusa para hablar de la redacción, de la ESCRITURA.

jueves, 30 de septiembre de 2010

A V I O N E S

Hoy me he encontrado a un amigo que me ha dicho que está harto de abrir mi blog para ver si hay algo nuevo, sin resultados. "La gente va a dejar de mirar, te lo advierto; se van a olvidar de ti" No es que tenga demasiado interés en que miréis mis notas pero ese comentario me ha servido de acicate para vencer la pereza y encontrar un momento para ponerme aquí. Os hablaré de algunas anécdotas ocurridas en viajes en avión.

.o0O0o.

La monotonía más o menos ordenada del devenir diario la rompen los viajes. Hoy día, el que más y el que menos hace unos cuantos a lo largo del año. Pueden ser cortos o largos, con más o menos riesgo, aburridos, monótonos, lejanos, próximos, entretenidos, románticos, interesantes, azarosos, exóticos, culturales, etc., pero todos tienen en común que rompen -lo decía al principio- la rutina del día a día.

Deja uno su lugar habitual de residencia y se marcha a ver otros paisajes, otras gentes, con otras temperaturas, otras costumbres. Si el viaje es en avión la mezcolanza empieza ya en el aeropuerto. Últimamente he observado que hay una especie de competición para ver quién va vestido de forma más estrambótica y desastrosa, sobre todo si es verano pues, con la excusa del calor, parece que todo estuviera permitido. Y no lo digo sólo por nosotros, ocurre también con otras nacionalidades aunque creo que, a más occidentalización, más rarezas.

Este verano he tenido que pisar el aeropuerto para hacer un viaje corto, dentro de la península. Mientras esperábamos para embarcar (yo estaba con mi hermano en ese momento), pasó una pareja de conocidos que yo no vi. Ellos a mí sí pero no se detuvieron porque me vieron emparejada y no era mi acompañante habitual ¡qué prudentes! Unos pasos más adelante se tropezaron con mi hombre y entonces, más tranquilos, lo saludaron a él y luego vinieron hacia mí. No saco a colación este viaje por esta anécdota, sino por la que viene a continuación. Estábamos a últimos de agosto y los controladores amagaban con la huelga. En la práctica no la hacían pero, de hecho, los retrasos eran cosa común. Así, cuando subimos al avión media hora más tarde de lo previsto, nos comunicaron que aún teníamos que esperar, pues no había pista libre.
Al rato de estar sentados y cuando todavía el avión seguía en la pista, observo por la ventanilla que se aproxima hacia nosotros un vehículo articulado (son los utilizados para el transporte del equipaje pero desconozco su nombre) con un conductor y un copiloto. Como estos viajes low cost son tan desastrosos digo en voz alta a mis acompañantes:_ ¿Qué os jugáis a que estos empleados se creen que acabamos de llegar y vienen a descargar el equipaje? Ambos me miraron con sorna pero sin emitir opinión alguna; no hacía falta, sus rostros denotaban lo que estaban pensando: "¡Esta Maluca, siempre con sus cosas!" Los operarios, mientras, seguían aproximándose a la panza del avión y procedían a abrir la puerta. Yo ya no tenía visión porque estaban debajo de mi posición pero sus movimientos y ruidos así lo indicaban. Al rato, uno de los operarios que estaba encima del vehículo (al otro no lo veía) saca una silla de ruedas perteneciente a una señora impedida que había sido de las últimas en subir. Será eso, pensé, la habrán subido por error y la señora la habrá reclamado para dejarla en tierra. Seguí observando y comprobé con asombro cómo, en efecto, procedían a vaciar el avión de maletas. Nuevamente lo comento con mis acompañantes y vuelven a mirarme con ojos de incredulidad, a pesar de que estaban viendo ya lo mismo que yo. Ni corta ni perezosa me levanto y voy a avisar de lo que pasaba al azafato.
-Es imposible, me dice.
-Sí lo es, mírelo usted mismo y lo llevo a una ventanilla de una fila de asientos que tuvimos que dejar libre (igual ocurrió a la vuelta, la próxima vez preguntaré la razón) y sin dar crédito a lo que estaba viendo se lanzó rápidamente a llamar por teléfono. Los del transporte seguían su labor: uno dentro sacando los equipajes, el otro fuera colocándolos en las vagonetas articuladas. Cuando llevaban la mitad de su tarea realizada, uno de ellos echa mano del teléfono y, tras unos segundos de charla, reemprende la operación esta vez en sentido contrario, introduciendo otra vez los equipajes dentro del avión.
Si no llego a mirar por la ventanilla y no hubiera avisado con tanta decisión, el avión hubiera viajado con pasajeros, pero sin equipajes. Nosotros, de todas formas, viajábamos con equipaje de mano. Esto pasa por viajar en vuelos baratos, nos dijimos, pero entonces recordé otra anécdota terrible, esta vez en una compañía de prestigio, Air France. Volvíamos a Madrid desde París y tomamos un vuelo que continuaba, después de la escala en Madrid, hacia un aeropuerto con destino en un país sudamericano, no recuerdo bien si Argentina, Chile o algún otro. Por esa razón la inmensa mayoría de los viajeros éramos castellanoparlantes. A pesar de eso nos teníamos que tragar toda la perorata que sueltan los altavoces en inglés, francés y, por último, español. Como soy curiosa, me gusta ir comparando los distintos idiomas: cómo se dice tal cosa en francés, cuántas cosas pillo en inglés, etc. Todo eso si logro vencer el malhumor que me produce la carrerilla que coge ahora esta gente leyendo: parece un concurso de velocidad, no importa que nadie se entere de nada, lo importante es cuántos segundos puedes ganar: absurdo lo mires por donde lo mires; se supone que si te dan alguna noticia por el altavoz es porque es importante que lo comprendas, no para que admires la velocidad y el atropello del parlante.

Así seguimos durante todo el viaje y sin variación, todas las informaciones seguían la misma norma: primero en inglés, luego francés y, por fin, español. Pero, de pronto, cuando llevábamos unos veinte minutos de vuelo, un anuncio nos heló la sangre a todos: había problemas en el avión, cuando nos fuera indicado teníamos que estar preparados para abandonarlo sin recoger siquiera nuestros bultos de mano ni pertenencia alguna. La voz nos pedía que siguiéramos atentos a la espera de instrucciones. Todo el mundo se miraba horrorizado. La gente se tomaba las manos y se miraba casi despidiéndose. Mi compañero de asiento también lo hizo: los niños... me dijo. Yo lo tranquilicé enseguida: se han equivocado, no temas, le dije con una sonrisa que intentaba hacer desaparecer el pánico. Pero la gente que nos rodeaba empezaba a hablar cada vez más alterada y las caras reflejaban angustia así que, también esta vez, pulsé el botón de llamada a la azafata. Esta vino rápidamente: Oui madame? Sabe usted lo que dice la cinta que nos acaban de poner en español? No, lo sentía, ni ella ni nadie de la tripulación sabía español. Inaudito. Le dije lo que acabábamos de oir y tranquilamente me contestó que seguramente su compañera se había equivocado al elegir la grabación.

Cuando hubo pasado el susto, mi compañero me preguntó por qué estaba tan tranquila y tan segura de que se habían equivocado. Muy fácil, le dije. La grabación sólo estaba en español cuando todas las anteriores las habían emitido en los tres idiomas y además las azafatas seguían con los preparativos del almuerzo como si tal cosa. Eso no se hace ante una catástrofe inminente.



domingo, 12 de septiembre de 2010

V U E L T A DE V A C A C I O N E S



Como este bloc de notas (eso es lo que es) lo leen sólo mis amigos, escribiré aquí a todos ellos mi carta de salutación después del verano. Éste ha sido largo e intenso, muy distinto para mí al de otras ocasiones, aunque sólo sea desde el punto de vista de la extensión. También y, lo más importante, es mi último verano de vacaciones. Me explico: no tendré que volver al trabajo. Supongo que empezaré a ser consciente de ello dentro de un tiempo, de momento, precisamente porque he estado de vacaciones, no me he percatado siquiera.
Gran parte de estos dos largos meses, casi tres, la he pasado por mi tierra, Los Pedroches, y una parte en la playa del sur que más visito y que más me gusta, Punta Umbría. Pero también he hecho una escapada entre medias a Madrid y a Toledo y otra un poco más larga al país vecino, Francia.
Así pues en mi pueblo he disfrutado de los amigos (los de antes, de ahora y de siempre) y de la familia, de la feria, de la piscina y de los paseos. Y en Punta y en Francia, también ha sido familiar la cosa (no podía serlo más, se trataba de una boda). Así que también familia, playa, paseos, restaurantes... y sobre todo charla.
En mi pueblo he tomado mojitos con los amigos, en la feria y después, en noches más tranquilas; he fotografiado muchas cosas, muchas, entre ellas los paisajes de siempre, las golondrinas posadas en mi ventana bien temprano, los tomates, en casa y en las cajas en el mercado; los he disfrutado de mil maneras aunque tratándose de esa clase sonrosada de piel finísima de por allí, pocos aditamentos necesitan.
He visto La Vaquera de la Finojosa en su lugar, Hinojosa del Duque, por supuesto y también La Posadera, de Carlo Goldoni, en El Guijo. He leído Una mañana perdida de Gabriela Adamesteanu. He tomado salmorejo en el albergue y también en El Volao y en ambos sitios buen jamón. He disfrutado enormemente con los baños de mis nietas, en la piscina y en el mar. He comprado en el mercado de Punta la mejor gamba blanca de Huelva del verano, cocida por mí y también allí he comido los langostinos más grandes, frescos y de piel más dura, cocinados por mi cuñado Chor con un perfecto punto de sal. Tenían la piel atigrada y brillaban como si fueran de plástico. Los recordaré durante un tiempo, quizá hasta el próximo verano. He conducido durante algunos kilómetros y he sido conducida durante bastantes más. He contemplado dos veces una luna grande, plena y maravillosa cuyo curso he ido siguiendo noche a noche. Por cierto la minúscula rayita creciente del día 10 en Conquista era para quedarse embobado un rato.
He limpiado el patio delantero de mi casa, ese que nunca se limpia, he pintado la valla, la reja y he podado con unas tijeras que apenas podía sujetar el tilo, la madreselva y los rosales. Tres horas de dos personas sólo separando y quemando restos... sin saber que la temperatura iba a alcanzar tan altas cotas .
He saludado a gente que hacía tiempo que no veía, he ido al mercado de Villanueva al que me encanta ir, sobre todo desde su remodelación; allí he comprado un pollo de corral de los de antes y también una merluza fresquísima (que sí, que sí) a Juan, el pescadero, exalcalde y, por supuesto, he comido churros en El Lagarto y en la calle principal de Punta. He visto a los hermanos Vigorra, cada uno en su pueblo natal. He discutido de política (o eso parecía, la conversación no seguía mucha lógica) con mis primos. He tomado cervecitas frías con Pedro y Ana debajo de su parra y con Mª Carmen y Manuel Eugenio en la terraza de mi casa alquilada. He disfrutado una larguísima sobremesa con mis cuñados en El Foreño, un lugar paradisíaco, tanto que llegamos a ver la puesta de sol, era difícil arrancar. Terminamos con huevos fritos con papas como cena.
He vaciado y llenado varias veces más de un frigorífico. Aunque llevaba pensado no hacerlo, una vez más no he podido resistir la tentación de coger alguna concha: tienen unos colores y unas formas tan caprichosas... También he probado los pelusos y los cagajones (tenías razón Edmundo).
Me han escaneado mi nervio óptico en la clínica de La Moncloa, he visto algún bodrio de película que ni siquiera merece ser citado y he visto con gozo niños con playeras en una boda . Todo eso y mucho más que no cito porque ya estaréis suficientemente aburridos, caso de que hayáis tenido la paciencia de leerme hasta aquí.
Y entre las cosas que me han faltado citaré sólo algunas: no he probado el conejo de Isabelo (aún sigue congelado), no he visto a Juan Rey en Rosas, y no he terminado de leer Piezas en fuga de Anne Michaels, también lógicamente se han interrumpido algunas relaciones epistolares electrónicas..., a cambio he disfrutado de todas las cosas que os cuento y de algunas que no cito.
Y como es una carta, no puedo terminar de otra manera: besos para todos.


sábado, 31 de julio de 2010

D E H E S A

Estoy escribiendo estas líneas desde uno de los lugares donde todos los años paso algunos días de vacaciones, mi pueblo, Conquista, en la provincia de Córdoba. Este año, por circunstancias, esos días se van a alargar más de lo habitual.
Aquí no hay mucho que hacer, así que una de las cosas que practico, por obligación y por devoción es el paseo. Mejor matutino que vespertino, aunque cada uno tiene sus encantos.
Las temperaturas aquí son extremas en todos los sentidos. En verano, calor asfixiante durante el día y mucho fresco en las primeras horas de la mañana y durante la noche. En invierno se invierte: frío insoportable durante la noche y más llevadero durante el día, excepto si sale el sol (cosa frecuentísima) y estás resguardado. Entonces, en las horas centrales, puedes hacer la vida en el exterior. Estos últimos días de julio estamos teniendo 37º de máxima y 18º de mínima, una diferencia térmica de 19 grados, ¡no está mal! En invierno la diferencia entre día y noche es aún mayor.
Mis horarios de paseos matutinos son un tanto caóticos, no son fijos. Van en función de mis despertares y éstos, al estar ociosa, sin obligaciones perentorias, pueden ir desde la madrugada hasta bien entrada la mañana.
Lo ideal es despertarse pronto y además descansada, cosas que no siempre van juntas. Cuando eso ocurre, calzo mis zapatillas de deporte, me cuelo cualquier cosa para resguardarme del frío mañanero y tomo algún camino de los que salen cerca de mi casa. Normalmente enfilo el de la antigua vía del tren, dirección Villanueva. Cuando el sol está saliendo, y luego, cuando aún sigue bajo en el horizonte, su luz tropieza con la inmensa cantidad de encinas, grandes y pequeñas que se interponen entre sus rayos y el paseante, en este caso yo.
Se proyectan en ese momento grandes sombras alargadas y son tan abundantes que esperas ansioso poder atravesar algún trozo de camino donde lleguen los rayos, todavía tímidos pero ya reconfortantes, del astro rey, ésos de los que, en un par de horas, correrás a esconderte.
Al llegar a la segunda caseta, la de las Anchuras, el camino se corta bruscamente. Alguien ha debido comprar el terreno y no se puede continuar porque han puesto una valla. Es un gran fastidio porque se te rompe el impulso que llevabas. Se puede continuar por otro carril que sale a la izquierda pero como ya se ha caminado un buen tramo da pereza ver esa cuesta empinada de arenisca dura y, la mayoría de las veces, desisto y emprendo el regreso. Las veces que he logrado vencer esa pereza me he alegrado y he gozado de la visión de ese paisaje tan familiar, virgen, ancestral, con un silencio que ya es difícil encontrar y al mismo tiempo cargado de ruidos: infinidad de cantos de pájaros que por desgracia no sé distinguir, vuelo de insectos, frotamiento de ramas y del manto amarillo pajizo que forma la abundante yerba seca, causado por algún animalillo que pasa desapercibido a la vista, pero que deja su rastro sonoro. Es la dehesa.

lunes, 19 de julio de 2010

E S P A Ñ A

Hace unos días me encontré por unvlog un vídeo muy chulo de uno de mis contactos. Me gustó. Era sobre el club de fútbol Atlético de Madrid. Estaba bien hecho y era muy emotivo, así que supuse que les iba a gustar también a todos los hinchas de ese club que entran en el foro de mi pueblo. Tomé la dirección de youtube y les puse el enlace.
Me lo agradecieron y uno de los atléticos sacó a colación, con la excusa de su club, "el orgullo de sentirse español". Es verdad, parece como si acabáramos de descubrir ese sentimiento. Estamos como niños con zapatos nuevos, que queremos que todo el mundo los vea y nos mostramos orgullosos enseñándolos. Durante estos días en que se ha desarrollado el mundial de fútbol, hemos visto más enseñas que nunca en los balcones, en los coches, en el cuerpo (sombreros, muñequeras, pañuelos, pins, camisetas) y era raro entrar a una oficina (aún dura), sea pública o privada, que no tuviera su banderita, aunque fuera minúscula, sobre el ordenador.
Yo descubrí que me sentía española hace mucho tiempo, cuando salí de España por primera vez con catorce años. También me sentí andaluza cuando llegué a Madrid y bastante madrileña cuando tuve que vivir, años más tarde, en Sevilla. Así es la vida.
Sientes que perteneces a un grupo con más intensidad cuando lo tienes lejos.
Igual te pasa cuando pierdes la amistad de algún buen amigo; la echas de menos y piensas que quizá tenías que haberla mimado un poco más porque valía la pena.
El dichoso fútbol ha venido a recordarnos que pertenecemos a un grupo y que sí, estamos orgullosos de pertenecer a él aunque, muchos, nos sintamos habitantes del mundo (pero un poco menos).

sábado, 10 de julio de 2010

T U R N E R

http://www.museodelprado.es/exposiciones/info/en-el-museo/turner-y-los-maestros/juego-identifica-a-turner/

Acabo de realizar un juego que propone el Museo del Prado en esta dirección que pongo al principio y he salido airosa de la prueba. Se trata de enfrentar una obra de Turner (a veces copia declarada) con otra parecida de otro autor. He acertado todas las preguntas. No tengo demasiado mérito porque la semana pasada estuve visitando la exposición sobre Turner (1775-1851) que se puede ver en el museo del Prado de martes a sábado durante julio y agosto. Acaban de ampliar el horario y se puede pasar hasta las 21.00 horas. El museo cierra a las 22.00

A pesar de que llevábamos una guía estupenda que hizo hincapié en ello y de que el otro día ya le había comentado a una amiga cómo se atisbaban rasgos modernizadores en la pintura de este autor, ha sido ahora, intentando adivinar qué cuadro era de Turner cuando lo he comprendido en toda su extensión pues esa ha sido la razón que me guiaba para optar por qué cuadro era suyo: la modernidad. Y no lo digo sólo por los de su última época, claramente rompedores ya.

El otro día en El País, Vicente Verdú hacía una crítica demoledora sobre esta exposición. La titulaba Turner o la impostura, con eso ya está todo dicho y el párrafo que habían resaltado, no sé si por iniciativa del periódico o del autor del artículo era el siguiente: "El pintor que despinta con luz lo que no sabe pintar claramente", "Aprender copiando" es otra de sus perlas y todo en esa dirección.

Verdú lo tacha de repetitivo y me pregunto ¿cómo se puede ser repetitivo y a la vez copiar a Poussin, Claudio de Lorena, Rembrandt, Watteau, Rubens, Gainsborough, Constable, Wilson y muchos otros?. Las dos cosas parece que no concuerdan. Para mí, sin haber leído nada, sólo por lo que vi, hay una cosa evidente: sus dos o tres últimas obras expuestas en el Prado son de una tremenda modernidad y ruptura con lo anterior . Que hubo otros? quizá, no lo sé, no soy experta.

A mí este pintor no me apasiona, pero tiene algo. Aborda infinidad de temas porque efectivamente sus "maestros" fueron muchos y diferentes. Es verdad que los originales que se exponen en el Prado son muy conocidos y nuestros ojos están habituados a verlos, por tanto, su "copia" nos parece eso, copia. Pero precisamente realizando este juego he visto más cosas, por eso quiero decirlo aquí.

Me gusta la nueva moda (?) de poner los antecesores del pintor protagonista y enfrentarlos con él. En alguna exposición reciente también sitúan al lado del protagonista, junto con sus maestros, a sus discípulos o seguidores.

Y a Verdú le preguntaría: ¿sabían pintar los primeros impresionistas?

viernes, 9 de julio de 2010

ZAFARRANCHO, MÁS O MENOS, Y RELAX (Recopilatorio 4)



El año pasado, justo por estas fechas, llegué un día de la piscina y me puse a escribir estas líneas. Ahora, un año más tarde, se repetirá la ceremonia, con pocas diferencias. Por eso creo que es el momento de colocar este zafarrancho aquí.

ZAFARRANCHO, MÁS O MENOS, Y RELAX. (RECOPILATORIO 4)

La mañana amaneció con el cielo totalmente cubierto. El día de antes, a pesar de que a primera hora de la mañana el tiempo había sido algo más fresco de lo habitual, conforme avanzaban las horas se iba haciendo más caluroso y, al anochecer, era ya bochornoso. Por eso había decidido ir a la piscina al día siguiente. Con lo que no contaba era con el nublado con que amaneció.

Llevaba tres días en el pueblo, así que ya había hecho las tareas más inmediatas: primero deshacer las maletas, además cuando vienes para una semana, cuando dispones de varias habitaciones y esa semana es la feria, sabes que no tienes por qué colocarlo todo en perfecto orden, para eso hay sitio de sobra, ahora que no están los hijos. Así que una vez las maletas deshechas y colocada más o menos la ropa, la compra hecha, más o menos, el frigo lleno, más o menos, y barrido y quitado el polvo, más o menos, podía irme a la piscina.

Esto de la limpieza se dice muy pronto pero es un poco más pesado hacerlo que describirlo. Por ejemplo, con la terraza de atrás se acaba rápidamente: se enchufa la manguera y en un dos por tres tienes todo como los chorros, más o menos, paredes, ventanas, techo, suelo y algún mueble quedan sólo para secar. Desaparecen muchas telarañas, todas las telarañas, infinitas telarañas. Hay que hacer un poco más de hincapié con los pelos dejados por los gatos encima de cualquier cosa que deje fuera, las cacas de las golondrinas y los gorriones. Raro es el año que las golondrinas no intentan hacerse su casa en la mía, a pesar de la red que hemos puesto para las palomas, para las que sí es eficaz. Luego, una vez terminado con la manguera, sólo queda secar con unos buenos trapos viejos de toalla todos los cristales, rejas, muebles….. El interior de la casa es más latoso pues no se puede enchufar ninguna manguera como a mí me gustaría y hay que ir quitando trastos (hay que ver la cantidad de ellos que se van acumulando con el tiempo). A las ventanas de la fachada delantera siempre les toca en verano pues en otras ocasiones, aunque haga buen tiempo, sólo vengo un fin de semana y hay que aprovecharlo para otras cosas. La escalera y la puerta delantera las dejo para el final.

Las baldosas que cubren el suelo de la terraza de la calle son espantosas. Había que ponerlas resistentes para que aguantaran los 40º grados del mediodía del verano y las heladas y los 10º bajo cero de los inviernos, eso sin contar las escarchas que con frecuencia se quedan de un día para otro. La casa tiene una pésima orientación y en esa época del año apenas da el sol en todo el día. Por eso no me detengo mucho en ellas, es inútil.

Pues como iba diciendo la decisión de ir a la piscina la había tomado el día de antes, por eso cuando vi el cielo no me arredré. El día anterior me había regalado mi primo Antonio Cecilia unos black-blass y los había dejado limpios y salados en el frigo para freirlos a la vuelta. Había puesto la lavadora y mis amigas aún no habían llegado, así que me fui.

Cuando llegué todavía estaban los niños que hacían el curso de natación nadando. Dentro sólo había un par de madres, las que esperaban a los niños más pequeños. Me fui hacia la última sombra grande de la derecha y allí planté la toalla y estuve leyendo casi una hora. El sol salía a ratos y hacía un aire que, a esa hora de la mañana, todavía no era demasiado caliente, sobre todo estando entre sol y sombra.
A veces dejaba un momento el libro y posaba la cabeza sobre la toalla, bocabajo. Desde esa situación veía un césped verde y tupido y tan agradable y húmedo que en algunos sitios habían crecido setas. Vi al menos dos especies distintas. La sombra de las acacias antiguas es fresquita y de lo más agradable. Estar debajo de una de ellas y ver enfrente bambolearse, por efecto del viento, las ramas de los jóvenes sauces llorones también lo es. La pila de la piscina invita al baño pues el agua llega hasta los mismos bordes, que quedan a ras de suelo. Estar allí rodeada del entorno seco y amarillento del exterior es una auténtica gozada. Me alegré de mi decisión.

Conquista, 22 de julio de 2009

domingo, 4 de julio de 2010

R E C E T A





Ahora, entre medias de los Recopilatorios vamos a meter una receta refrescante (si se opta por tomarla fría)
B E R R U É C A N O

Por si no lo sabéis, berruécano se le llama en mi pueblo a la calabaza alargada, con la piel a rayas verdes y amarillas.
Se toma un kilo más o menos de esta cucurbitácea y, tal como se indica en la foto, se parte a rodajas, después de quitada la piel. Como hay que hacerla a fuego muy lento para que se forme una pasta, mientras más pequeños sean los trozos, antes se terminará de hacer.
Se pone en la sartén con un poco de aceite. Se le añade la sal. Hay que tener en cuenta que reduce bastante.
Se pone pues a fuego lento y, cuando está casi hecha, se le añaden un par de dientes de ajo machacados y un par de cucharadas de vinagre. (Estas cantidades estarán en función de la cantidad de berruécano y del gusto de cada cual).
Se deja que se termine de hacer a fuego lento, moviendo cada poco.
Como véis es sencillísimo.

A mí me encanta caliente para acompañar a carnes y pescados pero también me gusta mucho frío y solo o helado, recién salido del frigorífico.

Como siempre, las fotos me han salido en el orden inverso y sigo sin saber ponerlas donde yo quiero pero todo se andará.

jueves, 1 de julio de 2010

MIS MAESTRAS (Recopilatorio 3)









Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, decía Antonio Machado. Si tuviera que empezar a hablar sobre mi infancia intentando imitar al poeta andaluz diría: mi infancia son recuerdos de una sierra, unas vías y un tendido eléctrico, en uno de cuyos postes habían construido un nido las cigüeñas. Ésas, efectivamente, eran las primeras imágenes que impregnaban mi retina al salir de mi casa. Ocurrió durante los primeros trece años de mi vida. Pero no quiero hablar ahora de mi infancia, en general, sino de mis maestras, las que tuve en esos años en Conquista.

Empecé a ir a la escuela de Doña Asunción muy pronto, según me contaban, pero no puedo precisar la fecha. Alguna vez oí hablar de los 3 años aunque no lo puedo confirmar. Sí supe, muchos años después, por una vecina que, mientras a mí me aceptaron pronto, a su hija, casi un año mayor que yo, le habían dicho que con tan poca edad no se admitía a nadie y eso que a esa escuela, la de los pequeños, niñas en este caso, se la conocía como la de los cagones. La amistad de mi familia con Doña Asunción (así era conocida por todos) y con su marido, Miguel Cantador, supongo que me proporcionó alguna clase de ventaja.

Mis recuerdos sobre aquella primera etapa son muy vagos. Ni siquiera veo con nitidez qué tipo de pupitres utilizábamos, creo que eran oscuros, ni qué sitio ocupaba, si pasaba frío o calor. Cuando intentas poner en pie historias de tu vida siempre echas de menos a alguien a quien preguntar y desde luego te arrepientes muchísimo de no haberlo hecho cuando tenías a tus padres cerca, o de no haberlas puesto por escrito cuando tenías un montón de datos frescos y al alcance de la mano. Tuve muchos recuerdos de aquella escuela durante mucho tiempo pero, con el paso de los años, se han ido borrando. Recordaba a muchas de mis compañeras de entonces, incluso a algún niño de la clase de al lado, la de Don Rufino. A veces nos subíamos a la pared del patio para verlos. ¡Los niños, sus juegos! ¡Qué lejanos y extraños me parecían!

De todas formas, hay algunas cosas de la escuela que aún conservo en la memoria: las perchas, las fotografías de Franco y de José Antonio, el crucifijo, los mapas, el armario donde guardábamos el ejemplar de Don Quijote donde Ramona y yo leíamos. No recuerdo si las demás niñas lo hacían. Nosotras dos éramos las dos más adelantadas, quizá porque éramos mayores y entre nosotras había una especie de competición soterrada por ver quién leía mejor y, sobre todo, quién avanzaba más. Tengo que confesar que, alguna vez, cuando Doña Asunción me decía: “¿por dónde vas?”, yo apuntaba un par de párrafos más adelante. Por alguna razón que desconozco, aunque puedo imaginarla, Ramona y yo estuvimos en esa escuela más tiempo del que nos correspondía.

Para dictarnos en cambio utilizaba Platero y yo de Juan Ramón Jiménez. Recuerdo también que algunas veces la maestra se ausentaba de clase y, en esos momentos, por arte de magia, aparecía en la clase su hijo Bartolomé, encargado de cuidarnos hasta su vuelta.

A Doña Asunción la recuerdo como una maestra agradable, sin ser demasiado afectuosa. Conmigo tenía un trato afable; no recuerdo ningún castigo ni nada parecido. Siempre me pareció una señora mayor, a pesar de que por aquellos años debía ser bastante joven, pero iba vestida siempre de oscuro o colores neutros La veo siempre con el pelo corto y se le debió poner blanco muy pronto, así como su piel, blanquísima, con manos y uñas siempre muy cuidadas.

No era especialmente estricta pero creo que se hacía respetar.

Siempre sentí gran cariño por ella y nunca desaproveché después las ocasiones que tuve para saludarla.

Cuando llegaba el mes de mayo me tocó ir más de una vez a su casa a por la imagen, los paños, puntillas, floreros, cajones, en fin, todo lo necesario para montar una especie de altar con aspecto de escalera, cuya base era una caja grande, la siguiente más pequeña y así hasta llegar al final donde estaba la imagen, creo que de una Virgen. Este altar, rebosante de flores colocadas en floreros de todos los tamaños, se mantenía durante todo el mes. Aún recuerdo a su moza o criada, como se decía entonces, (¿Catalina, María?) peinada con un rodete y el pelo totalmente blanco y más sorda que una tapia, pero con la cara siempre sonriente. A mí me encantaban aquellas tardes de mayo pues entre la preparación, la reposición de flores que teníamos la obligación de llevar y las canciones alusivas a dicho mes no dábamos golpe.

En mis primeros años en aquel colegio, me tocó vestirme de angelito para adornar el altar que se montaba el día del Corpus, justo delante de la casa de la maestra. Era tan pequeña que si no llega a ser por la foto que aún conservo no me habría quedado ningún recuerdo.

Otro acontecimiento digno de reseñar era el asco que pasaba cuando llegó la famosa leche en polvo americana y había que beberla. Cada niña tenía que llevar su vaso y para tomarla, formábamos una fila en el patio. Era obligatorio hacerlo. Lograba tragarla a base de echarle un montón de azúcar que llevaba de casa. Con todo, lo peor era el queso. Por la tarde nos daban una porción de un queso amarillento que sabía a rayos y que también había que comer a la fuerza. Yo tenía todos los huecos de las paredes del patio llenos de aquel maldito queso. Recuerdo una vez que se me ocurrió tirarlo al pozo que dividía el patio de los chicos del nuestro y se quedó allí, en el fondo. Se veía perfectamente nítido a través del agua quieta y clarísima. Pensé que todo el mundo me descubriría y estuve temblando toda la tarde, hasta que llegó la hora de salir. Los bolsillos del baby –blanco- eran otro lugar de alojamiento habitual para la famosa ración de queso, con el consiguiente aplastamiento y la mancha que yo pensaba que todo el mundo miraba. Muchas veces me he preguntado por qué me resultaban tan desagradables aquellos sabores a mí, que comía de todo en casa. Tal vez fuera por ser tan distintos y extraños a los que estaba habituada.

No sé decir con exactitud en qué año me trasladé a la escuela de Doña Virginia, debió ser en torno al 57. Estaba situada entonces en lo que se conocía como la escuela de Dª Catalina, en un primer piso de la calle Iglesia, en la fila de la derecha subiendo hacia el cementerio. Recuerdo vagamente los nervios y la expectación de ir a una escuela nueva y encontrarme con otras niñas y otra maestra.

Pero esa nueva maestra me gustó enseguida: era alegre, tenía la piel muy morena y el pelo negrísimo, recogido siempre en un moño de plátano o italiano. Su boca era grande, con labios carnosos pintados de rojo y una sonrisa franca que dejaba asomar unos dientes blancos y perfectos. La recuerdo alta, con falda estrecha negra y blusas de colores vivos. Esta apariencia, tan distinta a la de las mujeres de Conquista de aquel entonces, hizo que me resultara atractiva desde el primer momento. Yo creo que también le debí caer bien y desde el principio se estableció una buena relación maestra-alumna.

Tampoco recuerdo ningún castigo ni ninguna mala palabra con esta maestra, si exceptuamos un día que debí hacer algo muy gordo en compañía de otras niñas pues Doña Virginia nos hizo quedarnos a varias unas horas más por la tarde en el colegio. Creo que fue porque no terminamos alguna tarea. El caso es que no me recuerdo trabajando rápido para poder salir, sino tomándolo todo a broma y haciendo bastante teatro. Para mí era una situación insólita, nunca me había ocurrido y aunque en el fondo me daba un poco de vergüenza, al fin y al cabo era un castigo y como tal tendría que contarlo después, intentaba disimularlo. Los mismos nervios hacían que me tomara aquello como una diversión. Así que allí estábamos cuatro o cinco chicas intentando pasar aquel rato lo mejor posible. Hay que tener en cuenta que nos dejaron solas y encerradas. Enseguida nos pusimos a fabular y cada una decía una barbaridad mayor: y si viniera no sé qué monstruo, o no sé qué bicho…..Una de las chicas sintió ganas de orinar y yo, ni corta ni perezosa le dije que eso no era ningún problema, busqué algo y lo encontré: un vaso, el cual, una vez lleno, derramamos por una ventana que daba al patio trasero de la casa. Así, una por una, fuimos llenando el vaso por turnos. Esta niñería fue para nosotras motivo de diversión y risas sin control y al final resultó una de las tardes más divertidas que recuerdo.

En ese colegio debí estar poco tiempo, un año o dos, a lo sumo, enseguida pasé a “Los Grupos”, recién construidos. Este edificio nos causaba gran admiración. Nunca hasta ese momento habíamos visto en Conquista un edificio con semejantes ventanales, pintados además en aquel entonces de un verde chillón. Las clases eran por tanto muy luminosas, si exceptuamos las que daban a la parte norte, más pequeñas, umbrías y terriblemente frías. También nos causaba gran excitación el hecho de tener servicios flamantes con agua corriente y ¡cada uno con su puerta! Allí seguí con Doña Virginia durante un tiempo pero, para mi desgracia, pronto me pasaron con las mayores, clase de Doña Juanita, maestra de Villanueva, casada y con un bebé. Su marido, maestro como ella, se llamaba, otra coincidencia, Juan también. Me debieron pasar allí por la edad, porque recuerdo que hacíamos más o menos las mismas cosas, si exceptuamos que ya la enciclopedia Álvarez que usábamos era la de 3er grado. Yo sabía hacer raíces cuadradas y cúbicas, cosa que le causaba gran admiración al Coronel, el abuelo, que siempre me ponía de ejemplo ante sus nietos. El problema era que no sabía a qué aplicarlas ni para qué demonios serviría saber aquello.

En aquellos “Grupos” empecé a despertar a muchas cosas. Ya sí sentía el frío en invierno y recuerdo muy bien los juegos del patio. Había una niña, Basilia, con la que acababa enfrentada casi en cada juego. Nos temíamos y nos buscábamos. Recuerdo ir a pedir brasas para el brasero de la maestra, comprarme un bollo en la panadería de Paco algunos días, otros guardaba el dinero para los tebeos y, sobre todo, recuerdo las salidas del colegio y la vuelta hasta la Estación, la mayoría de los días, cuando hacía buen tiempo, Plazar abajo, atravesando el Arroyo Grande un poco más abajo del puente Triángulo. Aquellas pequeñas caminatas a escondidas de la gente se convertían para nosotras en toda una aventura. Íbamos cantando, riendo, fabulando, inventando personajes y situaciones….. mis amigas me llamaban “teatrera”.

Cuánto daría ahora por volver a vivir, aunque sólo fuera durante un minuto, aquella borrachera de luz y despreocupación.


Toledo, 5 de marzo de 2009.






Me tenéis que perdonar por el batiburrillo de fotos que he colado aquí, sin orden ni concierto. No sé subirlas en condiciones. Supongo que para el próximo post habré aprendido, lo siento pero así se va a quedar, soy muy impaciente.
La foto en blanco y negro es la de Dª Asunción y sus hijos, con mi tía y mi padre, en La Garganta, delante de la caseta en la que vivían, muchos años antes de que yo naciera.
La segunda en blanco y negro es en uno de los altares que ponían para el Corpus (justo el que describo)
Después está la escuela de niñas de Dª Asunción; la nombro así porque ella estuvo allí durante toda su etapa de maestra.
La segunda foto de escuela es una casa normal donde pusieron la escuela de Dª Virginia y, por último, lo que llamamos "Los Grupos", el edificio de grandes ventanales.