miércoles, 31 de julio de 2019

LA ENCINA DEL POZO MELILLA


Algunos días, con buen tiempo y si no tenía escuela, acompañaba a mi madre a lavar. Mi casa no tenía pozo. El más cercano, el de la caseta de Moraño, no tenía pila y, además, según mi madre, el agua no era muy buena, era "gorda".  El siguiente más próximo estaba en la cerca del Coronel, nuestro vecino. Algunas veces mi madre cogía de ahí el agua, pero nunca para lavar. Si era buena para beber, también tendría que serlo para lavar, pero el caso es que mi madre no lavaba allí. Supongo que por sentido de la responsabilidad. El agua era un bien preciado y para una colada se necesita mucha. De ese pozo dependía mucha gente entonces, también animales.

El caso es que mi madre, los veranos, iba a lavar al pozo Melilla. Por lo visto ese agua era buenísina, muy "fina", ideal para dejar la ropa como un jaspe. Lo de la denominación supongo que sería por lo alejado que estaba.

Mi madre me levantaba sobre las siete de la mañana. Me echaba un poco de café de cebada en un gran tazón lleno de leche y rápidamente salíamos cargadas con la ropa dentro de un lavapiés de cinc y un cubo del mismo material (aún no conocíamos el plástico) con la soga atada para sacar el agua. Yo llevaba la bolsa con el almuerzo y, a veces, un cantarito pequeño que me habían comprado para, a la vuelta, traerlo lleno.

Para llegar allí había dos caminos, el de Torrubia, y el que sale detrás de la Fonda. Nosotras utilizábamos con más frecuencia este último. Otras veces, las menos, pasábamos por la casa de nuestros vecinos y, después del corral, atravesábamos la cerca en línea recta y llegábamos enseguida.

Por el camino de la Fonda, el campo estaba cercado en los terrenos próximos a las casas, pero una vez que te alejabas cercas y vallas empezaban a desaparecer. Entonces los caminos y veredas estaban muy transitados y la yerba amarilla quedaba aplastada, indicándote involuntariamente el camino a seguir. El sol, muy bajo en el horizonte, empezaba a proyectar grandes sombras de cualquier cosa que se pusiera en su camino, ya fuera una pared, una encina o nuestras propias figuras delgadas y alargadas como hilos. A esa hora tan temprana el aire era fresco y conservaba la humedad del arroyo cercano.

Una vez allí, mi madre se ponía enseguida a la faena. Las pilas se encontraban un par de metros más abajo, antes de llegar.  Ahora pienso que con toda la intención: para que el agua, llena de suciedad y jabón, corriera cuesta abajo cuando se vaciaban y no fuera a parar a la veta que alimentaba el pozo. Este es el razonamiento que hago ahora –tampoco estoy segura de si con fundamento– pero entonces no me planteaba tales asuntos.

Además del barreño, el cubo y la merienda, había que llevar el jabón -hecho en casa- y el tapón o tapones para las pilas. Estos consistían en un montón de tiras de trapos viejos bien apelotonados que se incrustaban en los agujeros de desagüe  hasta dejarlos bien taponados.

Alguna vez coincidíamos allí con alguna vecina del barrio de la estación y entonces era más divertido, había gente con quien hablar. Mi madre no era partidaria de que la ayudara porque yo debía ser más bien un estorbo, pero a veces me dejaba, por capricho mío y para conformarme, lavar alguna prenda pequeña: unas braguitas, unos justillos, un peinador... Mi misión consistía en quedarme a la sombra de la gran encina que quedaba un poco más arriba vigilando la merienda. ¿Por qué me llevaba mi madre a lavar si yo no ayudaba? Supongo que por no ir sola o quizá también para no dejar a mi padre con dos niños. 

Como me aburría bajo la sombra del chaparro, continuamente me ofrecía para colaborar: poner o quitar el tapón, dar jabón a algún pañuelo y tenderlo bien extendido al sol... Mi madre me reconvenía: "anda, quítate del sol que te vas a poner como un humero", pronunciando la hache muda como se hace en Andalucía, como una suave jota.

Una vez que mi madre daba un primer jabón a la ropa, la tendía al sol para que éste hiciera su trabajo sobre la manchas. Un gran lienzo abstracto multicolor aparecía entonces a mis pies y ése era el momento de que nos sentáramos juntas a tomar la merienda. No lo recuerdo, pero seguro que serían restos de la cena de la noche anterior, tortilla, chorizo, lomo..., lo que sí retengo es el momento: todo me sabía a gloria.

Después ya solo quedaba enjuagar y volver a tender. A las dos horas ya estábamos de vuelta con la ropa seca, limpia y doblada.


Cuando entro al pueblo por Azuel, rara es la vez que me olvido de mirar esa encina, perfectamente visible desde la carretera.


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