miércoles, 26 de mayo de 2021

ZORITA DE LOS CANES. RECÓPOLIS.

 El otro día vimos en la tv2 un programa sobre viajes. Lo dedicaron, al menos una parte, a Zorita de los Canes, en la provincia de Guadalajara. En aquellos días aún no se podía salir de la Comunidad, así que pensamos que sería un buen lugar para visitar. Todo invitaba a ello: las ruinas de la ciudad visigoda, el castillo, la ciudad misma a orillas del Tajo y su solitario alejamiento de la civilización. Además la Posada y el restaurante que indicaban tenían muy buena pinta. ¿Por qué no probar? No hay tantos lugares dentro de nuestra Comunidad que no conozcamos, así que decidimos el viaje.

Castilla la Mancha es grande, por tanto, a no ser que viajes dentro de tu misma provincia, las distancias suelen ser largas. Si en un primer momento pensamos hacer el viaje en un solo día, vimos enseguida que nos harían falta dos.

Salimos a media mañana de Toledo e hicimos el viaje de un tirón hasta Tarancón. Las carreteras estaban desiertas. No obstante, después de tanto tiempo sin viajar, la ilusión y sensaciones eran las de emprender una gran aventura. 

En Tarancón aparcamos el coche a la entrada de la calle Rey Juan Carlos I (qué poco va a durar este nombre, pensé) y anduvimos hasta el centro, ya que se trataba de estirar las piernas.

Visitamos la plaza donde está ubicado el Ayuntamiento en el antiguo palacio de Riánsares y anduvimos por el centro. Vimos a lo lejos asomar la iglesia de la Asunción, a la que nos deberíamos haber acercado, pero no lo hicimos. Así que nos perdimos quizá lo de más interés, junto con el arco de la Malena, por el que hay que pasar.

Si hubiéramos pasado por el lugar, quizá no me habría traído una imagen tan mala de esta ciudad, la segunda en importancia de la provincia de Cuenca. No me gustaron nada sus calles desordenadas. Ni un edificio es igual al colindante, todos de alturas diferentes, estilos diferentes, fachadas distintas, feos. Lo mismo se puede decir de las aceras, cada una con su  ancho y su pavimento  especial. El urbanismo no existía, los coches campaban a sus anchas y no encontramos ni un solo rincón agradable. Ni siquiera en la plaza del Ayuntamiento, donde me senté en una banco para relajarme, lo conseguí. Han puesto una fuente que funciona a intervalos. El mecanismo que pone en marcha el funcionamiento de los chorros de agua, hace bastante ruido. Como el apagado y el encendido ocurre cada pocos minutos, los sobresaltos eran continuos. 

Era todo tan feo, que nos fuimos enseguida. Seguimos rodando por carreteras solitarias hasta  Zorita de los Canes. Antes de llegar, enseguida pudimos divisar el majestuoso castillo, de difícil  acceso.

Encontramos la Posada (se llama así) sin dificultad y en cuanto colocamos las cosas y nos refrescamos un poco bajamos a comer. En el restaurante Abuela Maravillas también habíamos reservado previamente. Subimos a buscar la mesa, pero resulta que la tenían preparada en la terraza que da al río. Mucho mejor. El Tajo no parecía allí el mismo río. El color marrón asqueroso de Toledo era allí verde semiclaro azulado. ¡Qué diferencia! Quizá influyera que el día estaba despejado, solo circulaban rápidas unas cuantas nubes, pero el sol se dejaba ver la mayor parte del tiempo. Los árboles rotos como consecuencia del paso de Filomena, (y los más jóvenes) estaban echados sobre el río y los pájaros saltaban de unos a otros compitiendo en canto. De vez en cuando alguno hacía un vuelo rasante sobre la superficie fluvial, no sé si para refrescarse o picar algún insecto.

La comida resultó muy bien, con los platos más abundantes que en las fotografías de la carta. Las alcachofas eran naturales. Gracias a las magníficas conservas de ahora en muchos restaurantes las ponen de bote, no era el caso, por fortuna. Las manitas de cordero tenían, en mi opinión, demasiado pimentón. Las sardinas ahumadas, los tomates, etc., todo de calidad.

Subimos a las habitaciones un rato a descansar y bajamos provistos de zapatillas, mochila y agua. Dimos un paseo por la orilla del río, pasamos por el cementerio y subimos hasta el camino que va al castillo. En esta época del año el campo está en todo su esplendor, pero además ese terreno parece propicio para la vegetación. No sé cuántas flores de diferentes colores pude contar y fotografiar. A medida que avanzaba la tarde se iban levantando nubes cada vez más negras, los pájaros estaban revolucionados. Siempre me da pena no distinguir los cantos de las diferentes especies. Sé que es primavera, que estamos en el campo, pero el concierto de trinos era realmente espectacular. En la breve parada en los bancos del cementerio, estuvimos releyendo lo que había escrito Cela sobre Zorita en su "Viaje a la Alcarria". Poca cosa. 

Para cenar nos acercamos a la vecina Pastrana, villa monumental. Muy recomendable. Es una delicia pasear por sus calles. Destaca también la hostelería, aunque después de la opípara comida del mediodía, quedaban pocas ganas.

A la vuelta, igual que a la ida, no nos cruzamos con ningún coche en la carretera.

Al día siguiente desayunamos en la misma posada. La única pega es que el zumo no era natural, por lo demás todo bien. Mucha limpieza, tanto en el pequeño comedor como en las habitaciones. Nos atendió la misma persona que está en recepción. Solícita y agradable. Solo había otra pareja más. Nos dirigimos en el coche a la visita de la ciudad de Recópolis, a uno o dos kilómetros de Zorita. Se trata de una completa ciudad visigoda que se encuentra todavía sin descubrir. Solo el 10% de ella está excavado.

No voy a describir aquí los monumentos de Pastrana, como tampoco los de Zorita, ni el origen de su nombre ni los suyos propios. Todo eso está en las guías, a un click de internet. Así como la historia de Recópolis, ciudad construida por el padre de Recaredo para él. En esa ciudad visigoda, la más completa de España, también hay muchas huellas de su posterior ocupación árabe. Solo diré que recomiendo mucho el viaje y las visitas. El personal de la Posada, del restaurante Abuela Maravillas y la guía a Recópolis sobresalientes.

Regresamos por las mismas carreteras solitarias, con alguna variante.









 

miércoles, 20 de mayo de 2020

MAS SOBRE EL COVID19

¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Qué lejos aquellos primeros días de confinamiento! ¡Qué poco podía yo imaginar, cuando me pedían un relato corto distópico, que aquello que escribí a mediados de marzo, se iba a cumplir!
Ahora, después de oír a la presidenta de la Comunidad de Madrid Díaz Ayuso decir que la "D" de COVID quiere decir "diciembre", que el gobierno odia a Madrid, y a Casado, presidente del PP, que esta última prórroga para mantener el Estado de Alarma es para sacar a etarras de la cárcel, por no hablar de los fascistas en las calles bien juntitos pidiendo libertad, ya estamos preparados para todo.
He tenido que leer las sensaciones y experiencias de mi primer post sobre el CV19 para recordar. Es verdad que casi cada quincena nos ha traído variaciones. A medida que avanzamos, vamos olvidando las primeras experiencias. Ya casi no me acuerdo de la felicidad que me producía bajar a tirar la basura. Increíble, ¿verdad? O aquella otra sensación de peligro cuando bajé a la primera compra y di un pequeñísimo rodeo. ¿Vendría la policía? Efectivamente, en mi primera salida me encontré de bruces con un coche policial que quería saber adónde iba y para qué.
Ahora seguimos con la prudencia al comprar, con los guantes, las mascarillas y las cremas desinfectantes, pero ya podemos salir a pasear, dos horas por la mañana y una por la tarde y, además, con la persona o personas con las que convivamos.  Como todos sabemos qué ha supuesto bajar a la calle acompañado estos días de primavera os voy a ahorrar la descripción. Afortunadamente vivo en una zona de Toledo con aceras anchas y zonas muy diferentes cerca de mi casa, así que los paseos son variados. Pero no puedo dejar de citar la impresión de ver la Avda de la Reconquista sin un solo coche circulando, o la subida del camino del cementerio solitaria. En esos paseos diarios, quería fotografiar todas las hierbas, las flores, los árboles, los pájaros, las nubes, todo era nuevo y maravilloso. Imagino la sensación que debe sentir una persona que haya estado presa varios años al salir a la calle por primera vez.
Ahora, hemos avanzado un poco más y ya podemos ir a comprar a tiendas de todo tipo, no solo de alimentación, y pedir para llevar a un restaurante o sentarnos en una terraza. Todavía no lo he hecho. Me da miedo ver a tanta gente incumplir las normas, pero seguro que pronto se me pasa. 
Esta semana también hemos podido ver a los hijos y a los nietos pero con tantas precauciones que se parecía más a verlos a través de la pantalla que otra cosa. Los humanos necesitamos el tacto. Tener a las personas que adoras a dos metros y no poder tocarlas, es muy duro. 
No sé qué me pasará en adelante, de momento se me han quitado las ganas de coger un lápiz, en cambio, los primeros días, salía un dibujo diario, por no hablar de las acuarelas.
Ahora vamos a esperar a la fase 2, que no sé en qué consiste ni quiero saberlo, cuando la alcancemos, me empaparé. Poco a poco.



domingo, 26 de abril de 2020

L A P. R. (RELATO CORTO)

Paula llegó a la terraza donde solía desayunar. Pidió café con leche y tostada. Hoy se sentía segura y salió de casa sin mascarilla; además, se pintó los labios de rojo chillón. Eligió una mesa para tres, máximo permitido, y se sentó en la silla próxima a la calle; se veía guapa y quería que los demás la vieran. Estaba terminando de pedir al camarero cuando apareció Begoña con la mascarilla roja, la PR, bien colocada, los guantes a juego, y se sentó frente a ella. Paula iba a preguntarle el porqué de esa mascarilla, la más segura, cuando vieron acercarse a Paco con aire jovial. Aunque aún no se había quitado la mascarilla PA, el achinamiento de sus ojos brillantes dejaba adivinar una amplia sonrisa. Se sentó entre las dos. Begoña no pudo reprimir un respingo pensando que se había acercado demasiado. Con disimulo, se separó ligeramente. ¡Con la cantidad de sitio que había! Efectivamente la terraza era grande y solo la ocupaban cuatro mesas, con el espacio obligado entre ellas.
Paula dejó de lado la pregunta a Begoña y se dirigió a Paco:
–Vienes muy contento, ¿no? 
–Sí, ayer estuve en casa de mis padres viendo fotos. Mirad, os he traído unas cuantas. Paco se quitó la mascarilla y la metió en el estuche desinfectante ad hoc. Sacó las fotos en un sobre protegido.
Ju Paula extrajo de su bolso unos guantes finos y ajustables y miró las fotos con deleite. A los abuelos de Paco se los veía jóvenes. Había varias: de solteros en la playa, con los niños pequeños, cincuentones… En todas estaban muy cerca, con el brazo por el hombro, con los niños encima del regazo… una gozada. Qué tiempos, pensó. Cuando se las pasó a Begoña, ésta las miró con una inevitable sonrisa.
Paco las recogió porque se acercaba el camarero con la comanda. Traía tres bandejas cubiertas con tapaderas ajustables. Qué pena, pensó Julia. La tostada no está crujiente si la cubres recién hecha. Los cafés de Paco y Julia como los antiguos, en taza y con cucharilla. El café de Begoña, en cambio, venía en vaso de papel plastificado y con una especie de canuto cuyo extremo podía introducirse perfectamente en la hendidura ajustable de la PR.

Pasaron todo el desayuno comentando las fotos. Todos recordaban haber visto parecidas en sus casas. Claramente los antiguos no tenían ningún empacho en pasar las manos por cualquier parte del cuerpo de los otros. Se abrazaban sin ninguna precaución. ¡Así les fue!
Cuando estaban a punto de despedirse Julia lanzó: 
–Begoña, no nos has contado el motivo de tu máscara roja. 
–Bueno, es que no podéis imaginar lo que me pasó ayer. Estuve con Marcos en la exposición de Gago y cuando nos íbamos a despedir, se acercó y me besó. ¡Y yo sin gel desinfectante! No me pude lavar hasta llegar a casa. Estoy muerta de miedo, todas las precauciones son pocas hasta pasar el próximo control médico.

viernes, 3 de abril de 2020

COVID 19

Ahora sí que ya no tengo excusa. Ya no. Todos estos días he estado dibujando, haciendo acuarela, collage, he terminado el paisaje al óleo que tenía empezado, he hecho una mascarilla, cosido lo que tenía atrasado aprovechando que he sacado la máquina de su cajón, y… es el momento de escribir las impresiones de estos duros días de encierro. Las ideas son muchas, pero ¿cómo ordenarlas? Ahí está la madre del cordero. ¿Hay tiempo? ¡Claro! Hay mucho tiempo, pero el ánimo está un poco bajo, aunque la mayoría de las veces predomina el  optimismo, la entereza y la esperanza.

¿Quién nos iba a decir que viviríamos esto? Esta frase la he oído ya en multitud de ocasiones. Se la he oído a las amigas con las que hablo por teléfono, a los tertulianos de la radio y televisión y, por supuesto, la he leído en las redes. Creo que incluso nos la hemos dicho Daniel y yo en alguna ocasión. Efectivamente, esto que nos está ocurriendo no podíamos siquiera imaginarlo hace tan solo un mes. Todavía los primeros días de la segunda semana de marzo estábamos haciendo planes, pagando y reservando entradas para conciertos, exposiciones…

Todo paró de golpe y fuimos dándonos cuenta, a medida que subían los  infestados y los muertos, de la gravedad del asunto. El Covid19 estaba aquí. Al temor por que enfermaran los seres queridos se unía la gran preocupación por la situación económica. Ambos temores hacían más llevadero el encierro. Tengo que reconocer que para mí, jubilada, tampoco ha cambiado tanto mi ritmo vital. No es lo mismo levantarte y hacerlo todo deprisa para llegar a fichar, que hacerlo sin premuras ni agobios de ningún tipo. Así que en ese sentido poca variación. Pero claro, hay más cosas. El ejercicio, las actividades diarias dentro y fuera de casa, las compras, las salidas a bares y restaurantes con amigos, el cine… Pero esto no es nada comparado con no poder ver a los hijos y a los nietos. Eso sí es duro. Afortunadamente existe una forma de vernos todos en la pantalla al mismo tiempo, si bien la conversación se hace un poco difícil. Aunque ya lo habíamos hecho con cada hijo por separado, para mí fue una fiesta el día que conectamos las cuatro casas a la vez. Muy emocionante.

Quizá los primeros tres o cuatro días primeros del confinamiento fueron los más raros, más difíciles para poner un ritmo al día, a un día que sabíamos que se iba a repetir una y otra vez. Después de eso, nos aclimatamos a las nuevas rutinas que fuimos creándonos. Después de la primera quincena de aislamiento ha venido una segunda y prefiero no pensar si habrá una próxima.

De momento, nos organizamos. En casa tenemos lavandería, peluquería, manicura, podólogo, taller de costura, de arte, de escritura… por supuesto de lectura. He terminado Un Amor, de Alejandro Palomas y he empezado con Elvira Lindo y su Corazón abierto. Sin olvidar (muy importante en estos días) el taller de cocina y el desagradable de la limpieza. Las compras por teléfono. El gimnasio varía mucho. Unas veces se utiliza el salón, la terraza si el tiempo lo permite, y sobre todo los pasillos intentado recorridos lo más largos posible. La alfombrilla del yoga me está viniendo muy bien. Afortunadamente la tenía en casa.

Es curioso cómo han cambiado los hábitos: antes aprovechaba los viajes por la casa. Si iba desde la cocina al dormitorio, llevaba conmigo todo aquello que tuviera que ir dejando por el camino, en la entrada, servicios, otras habitaciones… Esto me suponía llevar tres o cuatro cosas en la mano, más alguna pequeña en el bolsillo para aprovechar. Con frecuencia esta se quedaba luego allí durante algunos días olvidada; daba igual, yo me sentía útil y aprovechadora de tiempo. Ahora es justo al revés: si hay en el salón algún papel para reciclar,  por muy pequeño que este sea, voy a la terraza a dejarlo en la bolsa correspondiente. Lo mismo hago con una taza de café, una pinza, una horquilla. Cada cosa merece su paseo para dejarla en su lugar. Nunca me he asomado tanto a las ventanas para observar todo aquello que se mueva: algún perro, por supuesto acompañado, un gorrión, una paloma, una urraca, alguien que pasa con prisas y poco más. El cuidado de las plantas me distrae.

También estoy pendiente de las redes. Es tremendo el odio, la inquina, el mal rollo que hay. La campaña montada por la derecha y su prensa afín -casi toda- (si excluimos un par de digitales) por dañar al gobierno, es tremenda. No voy a poner ejemplos porque llenaría este espacio y el de cuarenta entradas más que escribiera. En las comparaciones con los demás países siempre salimos mal parados, a los periodistas les encanta dar los datos negativos. Cuando queremos dar alguno positivo, que los hay y muchos, tenemos que recurrir a la prensa extranjera que, esa sí, los refleja. Si se nos ocurre a nosotros poner una comparación que nos beneficia, dicen: mal de muchos, consuelo de tontos. Y así. No me resisto a citar el ejemplo de la representante de una organización de trabajadores autónomos que al ser preguntada por las ayudas del gobierno dijo que le parecían bien, que eran incluso mejores de lo que ellos habían solicitado. El periodista-tertuliano enfureció e intentó cortarla. Ella no se arredró y siguió: mire, por primera vez en nuestro país, tal, por primera vez en nuestro país cual, (y citó uno a uno todos los beneficios). El periodista no tuvo más remedio que callar. Pero junto a todos estos agoreros, cenizos, que solo les interesa lo negativo, aumentado y repetido mil veces, silenciando lo positivo, tenemos afortunadamente el ejemplo de gente que colabora, ayuda a los demás, pone su punto de humor y su predisposición.

Ahora no suelo escuchar noticias, tengo que conservar mi salud. Veo las comparencias (no enteras, son larguísimas) oficiales diarias de los expertos a cargo y las muchas también de los ministros. Sigo también las del presidente del gobierno, que ha aparecido con frecuencia estos días. A partir de ahí, apago, no quiero interpretaciones de lo que ya he visto y oído. Sobre todo porque, en la mayoría de los casos, hay tergiversación.

Y estamos viendo mucho cine, series, programas pendientes.

Se me ha olvidado citar una actividad que se ha convertido en la más importante del día: la salida a las ventanas a aplaudir. Sobre todo desde el cambio de hora. Ahora ya nos vemos, nos miramos, nos saludamos. Siempre somos los mismos, así que ¡ya nos vamos conociendo! ¡Después de veinte años!

miércoles, 31 de julio de 2019

LA ENCINA DEL POZO MELILLA


Algunos días, con buen tiempo y si no tenía escuela, acompañaba a mi madre a lavar. Mi casa no tenía pozo. El más cercano, el de la caseta de Moraño, no tenía pila y, además, según mi madre, el agua no era muy buena, era "gorda".  El siguiente más próximo estaba en la cerca del Coronel, nuestro vecino. Algunas veces mi madre cogía de ahí el agua, pero nunca para lavar. Si era buena para beber, también tendría que serlo para lavar, pero el caso es que mi madre no lavaba allí. Supongo que por sentido de la responsabilidad. El agua era un bien preciado y para una colada se necesita mucha. De ese pozo dependía mucha gente entonces, también animales.

El caso es que mi madre, los veranos, iba a lavar al pozo Melilla. Por lo visto ese agua era buenísina, muy "fina", ideal para dejar la ropa como un jaspe. Lo de la denominación supongo que sería por lo alejado que estaba.

Mi madre me levantaba sobre las siete de la mañana. Me echaba un poco de café de cebada en un gran tazón lleno de leche y rápidamente salíamos cargadas con la ropa dentro de un lavapiés de cinc y un cubo del mismo material (aún no conocíamos el plástico) con la soga atada para sacar el agua. Yo llevaba la bolsa con el almuerzo y, a veces, un cantarito pequeño que me habían comprado para, a la vuelta, traerlo lleno.

Para llegar allí había dos caminos, el de Torrubia, y el que sale detrás de la Fonda. Nosotras utilizábamos con más frecuencia este último. Otras veces, las menos, pasábamos por la casa de nuestros vecinos y, después del corral, atravesábamos la cerca en línea recta y llegábamos enseguida.

Por el camino de la Fonda, el campo estaba cercado en los terrenos próximos a las casas, pero una vez que te alejabas cercas y vallas empezaban a desaparecer. Entonces los caminos y veredas estaban muy transitados y la yerba amarilla quedaba aplastada, indicándote involuntariamente el camino a seguir. El sol, muy bajo en el horizonte, empezaba a proyectar grandes sombras de cualquier cosa que se pusiera en su camino, ya fuera una pared, una encina o nuestras propias figuras delgadas y alargadas como hilos. A esa hora tan temprana el aire era fresco y conservaba la humedad del arroyo cercano.

Una vez allí, mi madre se ponía enseguida a la faena. Las pilas se encontraban un par de metros más abajo, antes de llegar.  Ahora pienso que con toda la intención: para que el agua, llena de suciedad y jabón, corriera cuesta abajo cuando se vaciaban y no fuera a parar a la veta que alimentaba el pozo. Este es el razonamiento que hago ahora –tampoco estoy segura de si con fundamento– pero entonces no me planteaba tales asuntos.

Además del barreño, el cubo y la merienda, había que llevar el jabón -hecho en casa- y el tapón o tapones para las pilas. Estos consistían en un montón de tiras de trapos viejos bien apelotonados que se incrustaban en los agujeros de desagüe  hasta dejarlos bien taponados.

Alguna vez coincidíamos allí con alguna vecina del barrio de la estación y entonces era más divertido, había gente con quien hablar. Mi madre no era partidaria de que la ayudara porque yo debía ser más bien un estorbo, pero a veces me dejaba, por capricho mío y para conformarme, lavar alguna prenda pequeña: unas braguitas, unos justillos, un peinador... Mi misión consistía en quedarme a la sombra de la gran encina que quedaba un poco más arriba vigilando la merienda. ¿Por qué me llevaba mi madre a lavar si yo no ayudaba? Supongo que por no ir sola o quizá también para no dejar a mi padre con dos niños. 

Como me aburría bajo la sombra del chaparro, continuamente me ofrecía para colaborar: poner o quitar el tapón, dar jabón a algún pañuelo y tenderlo bien extendido al sol... Mi madre me reconvenía: "anda, quítate del sol que te vas a poner como un humero", pronunciando la hache muda como se hace en Andalucía, como una suave jota.

Una vez que mi madre daba un primer jabón a la ropa, la tendía al sol para que éste hiciera su trabajo sobre la manchas. Un gran lienzo abstracto multicolor aparecía entonces a mis pies y ése era el momento de que nos sentáramos juntas a tomar la merienda. No lo recuerdo, pero seguro que serían restos de la cena de la noche anterior, tortilla, chorizo, lomo..., lo que sí retengo es el momento: todo me sabía a gloria.

Después ya solo quedaba enjuagar y volver a tender. A las dos horas ya estábamos de vuelta con la ropa seca, limpia y doblada.


Cuando entro al pueblo por Azuel, rara es la vez que me olvido de mirar esa encina, perfectamente visible desde la carretera.


lunes, 18 de febrero de 2019

OTRA VEZ

Ayer, otra vez una mañana preciosa en Madrid. Otra vez tiempo soleado, aunque frío. Otra vez lecturas interesantes en el autobús: artículo de Elvira Lindo en El País, de Luis García Montero en Info Libre, encuestas en El Periódico y La Vanguardia, resumen del libro Manual de Resistencia, de Pedro Sánchez e Irene Lozano... Sensación de tiempo bien aprovechado. Otra vez café con leche y porras en Arpegio. Otra vez comprobación de que el suelo de la puerta de entrada al Auditorio madrileño no está solucionado de la mejor manera. Los tacones se traban peligrosamente en el gran espacio que hay entre adoquines, no bien lisos y pulidos, sino, al contrario, muy irregulares. Otra vez maravilloso e interesantísimo concierto. 
Y constatación, otra vez, de que los arquitectos no saben todavía que las mujeres necesitamos más servicios que los hombres puesto que, para la misma operación, orinar, necesitamos el triple de tiempo  que ellos. Debemos abrir una cremallera para  bajarnos pantalones o falda y unas bragas y sentarnos, levantarnos y rehacer la operación  o, la mayoría de las veces: subirnos la falda o el vestido, bajarnos los pantis, la faja (en su caso) y las bragas y, por fin, sentarnos. Levantarnos y volver a colocar cada cosa en su lugar. Eso lleva más tiempo que abrir y cerrar una cremallera sin cambiar de postura. Haced la prueba. Me pregunto: ¿los arquitectos no ven las colas de mujeres en los servicios de teatros, salas de fiesta, de conciertos, cines, estaciones de tren, de autobuses, bares de carretera cuando para un autobús, etc. etc? ¿No las ven? Si las ven, ¿qué piensan? ¿nos gusta hacer cola? Para mí está claro. Las mujeres tardamos más, luego en sitios donde haya 10 o 15 minutos para ir al servicio, necesitamos el doble de servicios que los hombres puesto que tardamos casi el triple de tiempo. ¿Esto hay que dárselo así de masticado? ¿Ninguno ha caído en la cuenta? Son años y años de comprobación. Me desespero.
El gran Zukerman, en el centro.

Y el concierto. Director: Ramón Tebar. Violín: Pinchas Zukerman

Joaquín Rodrigo, A la busca del más allá, Amadeus Mozart, Rondó para violín y orquesta en do mayor, Tchaikovsky, Serenata melancólica en sí bemol menor, opus 26, Beethoven, Romanza para violín y orquesta en sol mayor, nº 1, opus 40 y, en la segunda parte, Sergei Rachmaninov, Sinfonía nº 2 en mi menor, opus 27

Otra vez vuelta tranquila, con la cabeza llena de música y maravillosas sensaciones.

lunes, 26 de noviembre de 2018

CRUZAR LOS LÍMITES. Concierto



El Auditorio, aún sin público, aunque tampoco se llenó.



Qué gusto da viajar a Madrid sin tener que conducir y con poca gente en la carretera. Para que eso ocurra se tienen que dar varias circunstancias a la vez. Por ejemplo que sea un domingo por la mañana temprano, que los madrileños estén hartos de fiestas y rezagados esperando las próximas. Efectivamente el día 9 viernes había sido la fiesta de la Almudena, patrona de Madrid y, el que más y el que menos, aprovechó para hacer una escapadita. 

Y ayer, además,  fue la inauguración de la nueva Gran Vía. Bueno, de nueva tiene poco, pero es verdad que ahora sus aceras son mucho más anchas y están adornadas con perales, dicen que chinos. Hay nuevos semáforos, jardineras y bancos. También tuvo lugar el primer encendido de Navidad. Total, que entre estas circunstancias y que el tiempo estaba nublado con intervalos de llovizna, que era fin de mes y previendo las fiestas que se avecinan, mucha gente parece que se quedó en casa esa mañana de domingo. Eso propició que nosotros, nuestro autobús particular, que salió de Toledo antes de las diez, tardara unos cuarenta y cinco minutos en hacer su ruta, cruzó Madrid en un santiamén y llegamos al Auditorio Nacional con tiempo suficiente para dar un corto paseo y tomar otro café antes del concierto.

Sí, ayer estuvimos de concierto en el auditorio. Uno más. Si el día empezó bien, lo que vendría a continuación sería aún mejor. El auditorio no estaba lleno. Se notaba que era el tercer día.

De primer plato tuvimos Las Hébridas, de Mendelssohn, pieza romántica pero llena de energía. A pesar de las novedades que le siguieron fue con la que más disfruté.

A continuación escuchamos el Concierto para dos pianos, de Bryce Dessner, joven músico americano. Esta obra fue un encargo de la Orquesta y Coro Nacionales de España, London Philarmonic Orchestra, Borusan Culture Arts Centre, Dresden Philharmonie y Orchestre de París. Fue estrenada en Madrid, aunque, como digo más arriba, era el tercer día que la interpretaban. Dessner es el guitarrista de una banda de rock, The National, que también ha compuesto bandas musicales para el cine, como la de El Renacido. Dicen los entendidos que su música es deudora de las corrientes minimalistas y así lo sentí yo, bastante lega. Mucha percusión y una cosa que me llamó la atención: me encontré absolutamente pendiente de cada músico, cada movimiento.  Qué instrumento sonaba, cuál iba a sonar a continuación. Cuando en alguna ocasión cerré los ojos para que me embargaran los sonidos, enseguida volvía a abrirlos para disfrutar y unir al sentido del oído, el de la vista. Costaba trabajo separar los ojos de las manos de las pianistas, pero otros instrumentos requerían enseguida mi atención. Fue vibrante y emocionante. Las hermanas Labèque, Katia y Marielle, para quienes fue escrito el concierto, estuvieron magistrales al piano. 

Y después del descanso, Igor Stravinsky y su Petrushka. La obra, escrita para ballet en 1911, consta de un solo acto y cuatro escenas. 

El concierto de este ciclo se llama "Cruzar los límites" y eso es lo que hace, son todas ellas obras rompedoras, rabiosamente modernas, sobre todo la del joven Dessner.

A la vuelta Madrid seguía tranquilo y precioso. Bordeamos el Retiro y el sol hizo acto de presencia para que viéramos los ocres, verdes y amarillos de los árboles aún más luminosos. Después, por el camino, tuvimos más chaparrones.