miércoles, 20 de mayo de 2020

MAS SOBRE EL COVID19

¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Qué lejos aquellos primeros días de confinamiento! ¡Qué poco podía yo imaginar, cuando me pedían un relato corto distópico, que aquello que escribí a mediados de marzo, se iba a cumplir!
Ahora, después de oír a la presidenta de la Comunidad de Madrid Díaz Ayuso decir que la "D" de COVID quiere decir "diciembre", que el gobierno odia a Madrid, y a Casado, presidente del PP, que esta última prórroga para mantener el Estado de Alarma es para sacar a etarras de la cárcel, por no hablar de los fascistas en las calles bien juntitos pidiendo libertad, ya estamos preparados para todo.
He tenido que leer las sensaciones y experiencias de mi primer post sobre el CV19 para recordar. Es verdad que casi cada quincena nos ha traído variaciones. A medida que avanzamos, vamos olvidando las primeras experiencias. Ya casi no me acuerdo de la felicidad que me producía bajar a tirar la basura. Increíble, ¿verdad? O aquella otra sensación de peligro cuando bajé a la primera compra y di un pequeñísimo rodeo. ¿Vendría la policía? Efectivamente, en mi primera salida me encontré de bruces con un coche policial que quería saber adónde iba y para qué.
Ahora seguimos con la prudencia al comprar, con los guantes, las mascarillas y las cremas desinfectantes, pero ya podemos salir a pasear, dos horas por la mañana y una por la tarde y, además, con la persona o personas con las que convivamos.  Como todos sabemos qué ha supuesto bajar a la calle acompañado estos días de primavera os voy a ahorrar la descripción. Afortunadamente vivo en una zona de Toledo con aceras anchas y zonas muy diferentes cerca de mi casa, así que los paseos son variados. Pero no puedo dejar de citar la impresión de ver la Avda de la Reconquista sin un solo coche circulando, o la subida del camino del cementerio solitaria. En esos paseos diarios, quería fotografiar todas las hierbas, las flores, los árboles, los pájaros, las nubes, todo era nuevo y maravilloso. Imagino la sensación que debe sentir una persona que haya estado presa varios años al salir a la calle por primera vez.
Ahora, hemos avanzado un poco más y ya podemos ir a comprar a tiendas de todo tipo, no solo de alimentación, y pedir para llevar a un restaurante o sentarnos en una terraza. Todavía no lo he hecho. Me da miedo ver a tanta gente incumplir las normas, pero seguro que pronto se me pasa. 
Esta semana también hemos podido ver a los hijos y a los nietos pero con tantas precauciones que se parecía más a verlos a través de la pantalla que otra cosa. Los humanos necesitamos el tacto. Tener a las personas que adoras a dos metros y no poder tocarlas, es muy duro. 
No sé qué me pasará en adelante, de momento se me han quitado las ganas de coger un lápiz, en cambio, los primeros días, salía un dibujo diario, por no hablar de las acuarelas.
Ahora vamos a esperar a la fase 2, que no sé en qué consiste ni quiero saberlo, cuando la alcancemos, me empaparé. Poco a poco.



domingo, 26 de abril de 2020

L A P. R. (RELATO CORTO)

Paula llegó a la terraza donde solía desayunar. Pidió café con leche y tostada. Hoy se sentía segura y salió de casa sin mascarilla; además, se pintó los labios de rojo chillón. Eligió una mesa para tres, máximo permitido, y se sentó en la silla próxima a la calle; se veía guapa y quería que los demás la vieran. Estaba terminando de pedir al camarero cuando apareció Begoña con la mascarilla roja, la PR, bien colocada, los guantes a juego, y se sentó frente a ella. Paula iba a preguntarle el porqué de esa mascarilla, la más segura, cuando vieron acercarse a Paco con aire jovial. Aunque aún no se había quitado la mascarilla PA, el achinamiento de sus ojos brillantes dejaba adivinar una amplia sonrisa. Se sentó entre las dos. Begoña no pudo reprimir un respingo pensando que se había acercado demasiado. Con disimulo, se separó ligeramente. ¡Con la cantidad de sitio que había! Efectivamente la terraza era grande y solo la ocupaban cuatro mesas, con el espacio obligado entre ellas.
Paula dejó de lado la pregunta a Begoña y se dirigió a Paco:
–Vienes muy contento, ¿no? 
–Sí, ayer estuve en casa de mis padres viendo fotos. Mirad, os he traído unas cuantas. Paco se quitó la mascarilla y la metió en el estuche desinfectante ad hoc. Sacó las fotos en un sobre protegido.
Ju Paula extrajo de su bolso unos guantes finos y ajustables y miró las fotos con deleite. A los abuelos de Paco se los veía jóvenes. Había varias: de solteros en la playa, con los niños pequeños, cincuentones… En todas estaban muy cerca, con el brazo por el hombro, con los niños encima del regazo… una gozada. Qué tiempos, pensó. Cuando se las pasó a Begoña, ésta las miró con una inevitable sonrisa.
Paco las recogió porque se acercaba el camarero con la comanda. Traía tres bandejas cubiertas con tapaderas ajustables. Qué pena, pensó Julia. La tostada no está crujiente si la cubres recién hecha. Los cafés de Paco y Julia como los antiguos, en taza y con cucharilla. El café de Begoña, en cambio, venía en vaso de papel plastificado y con una especie de canuto cuyo extremo podía introducirse perfectamente en la hendidura ajustable de la PR.

Pasaron todo el desayuno comentando las fotos. Todos recordaban haber visto parecidas en sus casas. Claramente los antiguos no tenían ningún empacho en pasar las manos por cualquier parte del cuerpo de los otros. Se abrazaban sin ninguna precaución. ¡Así les fue!
Cuando estaban a punto de despedirse Julia lanzó: 
–Begoña, no nos has contado el motivo de tu máscara roja. 
–Bueno, es que no podéis imaginar lo que me pasó ayer. Estuve con Marcos en la exposición de Gago y cuando nos íbamos a despedir, se acercó y me besó. ¡Y yo sin gel desinfectante! No me pude lavar hasta llegar a casa. Estoy muerta de miedo, todas las precauciones son pocas hasta pasar el próximo control médico.

viernes, 3 de abril de 2020

COVID 19

Ahora sí que ya no tengo excusa. Ya no. Todos estos días he estado dibujando, haciendo acuarela, collage, he terminado el paisaje al óleo que tenía empezado, he hecho una mascarilla, cosido lo que tenía atrasado aprovechando que he sacado la máquina de su cajón, y… es el momento de escribir las impresiones de estos duros días de encierro. Las ideas son muchas, pero ¿cómo ordenarlas? Ahí está la madre del cordero. ¿Hay tiempo? ¡Claro! Hay mucho tiempo, pero el ánimo está un poco bajo, aunque la mayoría de las veces predomina el  optimismo, la entereza y la esperanza.

¿Quién nos iba a decir que viviríamos esto? Esta frase la he oído ya en multitud de ocasiones. Se la he oído a las amigas con las que hablo por teléfono, a los tertulianos de la radio y televisión y, por supuesto, la he leído en las redes. Creo que incluso nos la hemos dicho Daniel y yo en alguna ocasión. Efectivamente, esto que nos está ocurriendo no podíamos siquiera imaginarlo hace tan solo un mes. Todavía los primeros días de la segunda semana de marzo estábamos haciendo planes, pagando y reservando entradas para conciertos, exposiciones…

Todo paró de golpe y fuimos dándonos cuenta, a medida que subían los  infestados y los muertos, de la gravedad del asunto. El Covid19 estaba aquí. Al temor por que enfermaran los seres queridos se unía la gran preocupación por la situación económica. Ambos temores hacían más llevadero el encierro. Tengo que reconocer que para mí, jubilada, tampoco ha cambiado tanto mi ritmo vital. No es lo mismo levantarte y hacerlo todo deprisa para llegar a fichar, que hacerlo sin premuras ni agobios de ningún tipo. Así que en ese sentido poca variación. Pero claro, hay más cosas. El ejercicio, las actividades diarias dentro y fuera de casa, las compras, las salidas a bares y restaurantes con amigos, el cine… Pero esto no es nada comparado con no poder ver a los hijos y a los nietos. Eso sí es duro. Afortunadamente existe una forma de vernos todos en la pantalla al mismo tiempo, si bien la conversación se hace un poco difícil. Aunque ya lo habíamos hecho con cada hijo por separado, para mí fue una fiesta el día que conectamos las cuatro casas a la vez. Muy emocionante.

Quizá los primeros tres o cuatro días primeros del confinamiento fueron los más raros, más difíciles para poner un ritmo al día, a un día que sabíamos que se iba a repetir una y otra vez. Después de eso, nos aclimatamos a las nuevas rutinas que fuimos creándonos. Después de la primera quincena de aislamiento ha venido una segunda y prefiero no pensar si habrá una próxima.

De momento, nos organizamos. En casa tenemos lavandería, peluquería, manicura, podólogo, taller de costura, de arte, de escritura… por supuesto de lectura. He terminado Un Amor, de Alejandro Palomas y he empezado con Elvira Lindo y su Corazón abierto. Sin olvidar (muy importante en estos días) el taller de cocina y el desagradable de la limpieza. Las compras por teléfono. El gimnasio varía mucho. Unas veces se utiliza el salón, la terraza si el tiempo lo permite, y sobre todo los pasillos intentado recorridos lo más largos posible. La alfombrilla del yoga me está viniendo muy bien. Afortunadamente la tenía en casa.

Es curioso cómo han cambiado los hábitos: antes aprovechaba los viajes por la casa. Si iba desde la cocina al dormitorio, llevaba conmigo todo aquello que tuviera que ir dejando por el camino, en la entrada, servicios, otras habitaciones… Esto me suponía llevar tres o cuatro cosas en la mano, más alguna pequeña en el bolsillo para aprovechar. Con frecuencia esta se quedaba luego allí durante algunos días olvidada; daba igual, yo me sentía útil y aprovechadora de tiempo. Ahora es justo al revés: si hay en el salón algún papel para reciclar,  por muy pequeño que este sea, voy a la terraza a dejarlo en la bolsa correspondiente. Lo mismo hago con una taza de café, una pinza, una horquilla. Cada cosa merece su paseo para dejarla en su lugar. Nunca me he asomado tanto a las ventanas para observar todo aquello que se mueva: algún perro, por supuesto acompañado, un gorrión, una paloma, una urraca, alguien que pasa con prisas y poco más. El cuidado de las plantas me distrae.

También estoy pendiente de las redes. Es tremendo el odio, la inquina, el mal rollo que hay. La campaña montada por la derecha y su prensa afín -casi toda- (si excluimos un par de digitales) por dañar al gobierno, es tremenda. No voy a poner ejemplos porque llenaría este espacio y el de cuarenta entradas más que escribiera. En las comparaciones con los demás países siempre salimos mal parados, a los periodistas les encanta dar los datos negativos. Cuando queremos dar alguno positivo, que los hay y muchos, tenemos que recurrir a la prensa extranjera que, esa sí, los refleja. Si se nos ocurre a nosotros poner una comparación que nos beneficia, dicen: mal de muchos, consuelo de tontos. Y así. No me resisto a citar el ejemplo de la representante de una organización de trabajadores autónomos que al ser preguntada por las ayudas del gobierno dijo que le parecían bien, que eran incluso mejores de lo que ellos habían solicitado. El periodista-tertuliano enfureció e intentó cortarla. Ella no se arredró y siguió: mire, por primera vez en nuestro país, tal, por primera vez en nuestro país cual, (y citó uno a uno todos los beneficios). El periodista no tuvo más remedio que callar. Pero junto a todos estos agoreros, cenizos, que solo les interesa lo negativo, aumentado y repetido mil veces, silenciando lo positivo, tenemos afortunadamente el ejemplo de gente que colabora, ayuda a los demás, pone su punto de humor y su predisposición.

Ahora no suelo escuchar noticias, tengo que conservar mi salud. Veo las comparencias (no enteras, son larguísimas) oficiales diarias de los expertos a cargo y las muchas también de los ministros. Sigo también las del presidente del gobierno, que ha aparecido con frecuencia estos días. A partir de ahí, apago, no quiero interpretaciones de lo que ya he visto y oído. Sobre todo porque, en la mayoría de los casos, hay tergiversación.

Y estamos viendo mucho cine, series, programas pendientes.

Se me ha olvidado citar una actividad que se ha convertido en la más importante del día: la salida a las ventanas a aplaudir. Sobre todo desde el cambio de hora. Ahora ya nos vemos, nos miramos, nos saludamos. Siempre somos los mismos, así que ¡ya nos vamos conociendo! ¡Después de veinte años!

miércoles, 31 de julio de 2019

LA ENCINA DEL POZO MELILLA


Algunos días, con buen tiempo y si no tenía escuela, acompañaba a mi madre a lavar. Mi casa no tenía pozo. El más cercano, el de la caseta de Moraño, no tenía pila y, además, según mi madre, el agua no era muy buena, era "gorda".  El siguiente más próximo estaba en la cerca del Coronel, nuestro vecino. Algunas veces mi madre cogía de ahí el agua, pero nunca para lavar. Si era buena para beber, también tendría que serlo para lavar, pero el caso es que mi madre no lavaba allí. Supongo que por sentido de la responsabilidad. El agua era un bien preciado y para una colada se necesita mucha. De ese pozo dependía mucha gente entonces, también animales.

El caso es que mi madre, los veranos, iba a lavar al pozo Melilla. Por lo visto ese agua era buenísina, muy "fina", ideal para dejar la ropa como un jaspe. Lo de la denominación supongo que sería por lo alejado que estaba.

Mi madre me levantaba sobre las siete de la mañana. Me echaba un poco de café de cebada en un gran tazón lleno de leche y rápidamente salíamos cargadas con la ropa dentro de un lavapiés de cinc y un cubo del mismo material (aún no conocíamos el plástico) con la soga atada para sacar el agua. Yo llevaba la bolsa con el almuerzo y, a veces, un cantarito pequeño que me habían comprado para, a la vuelta, traerlo lleno.

Para llegar allí había dos caminos, el de Torrubia, y el que sale detrás de la Fonda. Nosotras utilizábamos con más frecuencia este último. Otras veces, las menos, pasábamos por la casa de nuestros vecinos y, después del corral, atravesábamos la cerca en línea recta y llegábamos enseguida.

Por el camino de la Fonda, el campo estaba cercado en los terrenos próximos a las casas, pero una vez que te alejabas cercas y vallas empezaban a desaparecer. Entonces los caminos y veredas estaban muy transitados y la yerba amarilla quedaba aplastada, indicándote involuntariamente el camino a seguir. El sol, muy bajo en el horizonte, empezaba a proyectar grandes sombras de cualquier cosa que se pusiera en su camino, ya fuera una pared, una encina o nuestras propias figuras delgadas y alargadas como hilos. A esa hora tan temprana el aire era fresco y conservaba la humedad del arroyo cercano.

Una vez allí, mi madre se ponía enseguida a la faena. Las pilas se encontraban un par de metros más abajo, antes de llegar.  Ahora pienso que con toda la intención: para que el agua, llena de suciedad y jabón, corriera cuesta abajo cuando se vaciaban y no fuera a parar a la veta que alimentaba el pozo. Este es el razonamiento que hago ahora –tampoco estoy segura de si con fundamento– pero entonces no me planteaba tales asuntos.

Además del barreño, el cubo y la merienda, había que llevar el jabón -hecho en casa- y el tapón o tapones para las pilas. Estos consistían en un montón de tiras de trapos viejos bien apelotonados que se incrustaban en los agujeros de desagüe  hasta dejarlos bien taponados.

Alguna vez coincidíamos allí con alguna vecina del barrio de la estación y entonces era más divertido, había gente con quien hablar. Mi madre no era partidaria de que la ayudara porque yo debía ser más bien un estorbo, pero a veces me dejaba, por capricho mío y para conformarme, lavar alguna prenda pequeña: unas braguitas, unos justillos, un peinador... Mi misión consistía en quedarme a la sombra de la gran encina que quedaba un poco más arriba vigilando la merienda. ¿Por qué me llevaba mi madre a lavar si yo no ayudaba? Supongo que por no ir sola o quizá también para no dejar a mi padre con dos niños. 

Como me aburría bajo la sombra del chaparro, continuamente me ofrecía para colaborar: poner o quitar el tapón, dar jabón a algún pañuelo y tenderlo bien extendido al sol... Mi madre me reconvenía: "anda, quítate del sol que te vas a poner como un humero", pronunciando la hache muda como se hace en Andalucía, como una suave jota.

Una vez que mi madre daba un primer jabón a la ropa, la tendía al sol para que éste hiciera su trabajo sobre la manchas. Un gran lienzo abstracto multicolor aparecía entonces a mis pies y ése era el momento de que nos sentáramos juntas a tomar la merienda. No lo recuerdo, pero seguro que serían restos de la cena de la noche anterior, tortilla, chorizo, lomo..., lo que sí retengo es el momento: todo me sabía a gloria.

Después ya solo quedaba enjuagar y volver a tender. A las dos horas ya estábamos de vuelta con la ropa seca, limpia y doblada.


Cuando entro al pueblo por Azuel, rara es la vez que me olvido de mirar esa encina, perfectamente visible desde la carretera.


lunes, 18 de febrero de 2019

OTRA VEZ

Ayer, otra vez una mañana preciosa en Madrid. Otra vez tiempo soleado, aunque frío. Otra vez lecturas interesantes en el autobús: artículo de Elvira Lindo en El País, de Luis García Montero en Info Libre, encuestas en El Periódico y La Vanguardia, resumen del libro Manual de Resistencia, de Pedro Sánchez e Irene Lozano... Sensación de tiempo bien aprovechado. Otra vez café con leche y porras en Arpegio. Otra vez comprobación de que el suelo de la puerta de entrada al Auditorio madrileño no está solucionado de la mejor manera. Los tacones se traban peligrosamente en el gran espacio que hay entre adoquines, no bien lisos y pulidos, sino, al contrario, muy irregulares. Otra vez maravilloso e interesantísimo concierto. 
Y constatación, otra vez, de que los arquitectos no saben todavía que las mujeres necesitamos más servicios que los hombres puesto que, para la misma operación, orinar, necesitamos el triple de tiempo  que ellos. Debemos abrir una cremallera para  bajarnos pantalones o falda y unas bragas y sentarnos, levantarnos y rehacer la operación  o, la mayoría de las veces: subirnos la falda o el vestido, bajarnos los pantis, la faja (en su caso) y las bragas y, por fin, sentarnos. Levantarnos y volver a colocar cada cosa en su lugar. Eso lleva más tiempo que abrir y cerrar una cremallera sin cambiar de postura. Haced la prueba. Me pregunto: ¿los arquitectos no ven las colas de mujeres en los servicios de teatros, salas de fiesta, de conciertos, cines, estaciones de tren, de autobuses, bares de carretera cuando para un autobús, etc. etc? ¿No las ven? Si las ven, ¿qué piensan? ¿nos gusta hacer cola? Para mí está claro. Las mujeres tardamos más, luego en sitios donde haya 10 o 15 minutos para ir al servicio, necesitamos el doble de servicios que los hombres puesto que tardamos casi el triple de tiempo. ¿Esto hay que dárselo así de masticado? ¿Ninguno ha caído en la cuenta? Son años y años de comprobación. Me desespero.
El gran Zukerman, en el centro.

Y el concierto. Director: Ramón Tebar. Violín: Pinchas Zukerman

Joaquín Rodrigo, A la busca del más allá, Amadeus Mozart, Rondó para violín y orquesta en do mayor, Tchaikovsky, Serenata melancólica en sí bemol menor, opus 26, Beethoven, Romanza para violín y orquesta en sol mayor, nº 1, opus 40 y, en la segunda parte, Sergei Rachmaninov, Sinfonía nº 2 en mi menor, opus 27

Otra vez vuelta tranquila, con la cabeza llena de música y maravillosas sensaciones.

lunes, 26 de noviembre de 2018

CRUZAR LOS LÍMITES. Concierto



El Auditorio, aún sin público, aunque tampoco se llenó.



Qué gusto da viajar a Madrid sin tener que conducir y con poca gente en la carretera. Para que eso ocurra se tienen que dar varias circunstancias a la vez. Por ejemplo que sea un domingo por la mañana temprano, que los madrileños estén hartos de fiestas y rezagados esperando las próximas. Efectivamente el día 9 viernes había sido la fiesta de la Almudena, patrona de Madrid y, el que más y el que menos, aprovechó para hacer una escapadita. 

Y ayer, además,  fue la inauguración de la nueva Gran Vía. Bueno, de nueva tiene poco, pero es verdad que ahora sus aceras son mucho más anchas y están adornadas con perales, dicen que chinos. Hay nuevos semáforos, jardineras y bancos. También tuvo lugar el primer encendido de Navidad. Total, que entre estas circunstancias y que el tiempo estaba nublado con intervalos de llovizna, que era fin de mes y previendo las fiestas que se avecinan, mucha gente parece que se quedó en casa esa mañana de domingo. Eso propició que nosotros, nuestro autobús particular, que salió de Toledo antes de las diez, tardara unos cuarenta y cinco minutos en hacer su ruta, cruzó Madrid en un santiamén y llegamos al Auditorio Nacional con tiempo suficiente para dar un corto paseo y tomar otro café antes del concierto.

Sí, ayer estuvimos de concierto en el auditorio. Uno más. Si el día empezó bien, lo que vendría a continuación sería aún mejor. El auditorio no estaba lleno. Se notaba que era el tercer día.

De primer plato tuvimos Las Hébridas, de Mendelssohn, pieza romántica pero llena de energía. A pesar de las novedades que le siguieron fue con la que más disfruté.

A continuación escuchamos el Concierto para dos pianos, de Bryce Dessner, joven músico americano. Esta obra fue un encargo de la Orquesta y Coro Nacionales de España, London Philarmonic Orchestra, Borusan Culture Arts Centre, Dresden Philharmonie y Orchestre de París. Fue estrenada en Madrid, aunque, como digo más arriba, era el tercer día que la interpretaban. Dessner es el guitarrista de una banda de rock, The National, que también ha compuesto bandas musicales para el cine, como la de El Renacido. Dicen los entendidos que su música es deudora de las corrientes minimalistas y así lo sentí yo, bastante lega. Mucha percusión y una cosa que me llamó la atención: me encontré absolutamente pendiente de cada músico, cada movimiento.  Qué instrumento sonaba, cuál iba a sonar a continuación. Cuando en alguna ocasión cerré los ojos para que me embargaran los sonidos, enseguida volvía a abrirlos para disfrutar y unir al sentido del oído, el de la vista. Costaba trabajo separar los ojos de las manos de las pianistas, pero otros instrumentos requerían enseguida mi atención. Fue vibrante y emocionante. Las hermanas Labèque, Katia y Marielle, para quienes fue escrito el concierto, estuvieron magistrales al piano. 

Y después del descanso, Igor Stravinsky y su Petrushka. La obra, escrita para ballet en 1911, consta de un solo acto y cuatro escenas. 

El concierto de este ciclo se llama "Cruzar los límites" y eso es lo que hace, son todas ellas obras rompedoras, rabiosamente modernas, sobre todo la del joven Dessner.

A la vuelta Madrid seguía tranquilo y precioso. Bordeamos el Retiro y el sol hizo acto de presencia para que viéramos los ocres, verdes y amarillos de los árboles aún más luminosos. Después, por el camino, tuvimos más chaparrones.

lunes, 27 de agosto de 2018

VIAJE AL SUR DE FRANCIA


VIAJE AL SUR DE FRANCIA


Desde hace algunos años, una pareja amiga de Toledo nos propone pasar algunos días juntos durante las vacaciones de verano. Hubo un proyecto a Sicilia que se frustró y algunos otros que sí se llevaron a cabo: los visitamos en su casa de Mijas y ellos, a su vez, a nosotros en la nuestra de Conquista.

Ahora él tiene algunas dificultades de desplazamiento debido a una enfermedad en las piernas y, desde hace algunos años, eligen casas de planta baja en sitios tranquilos. Esta vez eligieron Ariège, en el sur de Francia, a los pies de los Pirineos del otro lado, concretamente en el pueblito de Saint Paul de Jarrat, donde ya habían estado el año pasado. Nos lo propusieron en el mes de mayo. Su casa era grande y, aunque sus hijos y nietos los iban a visitar, les quedaba libre la última semana de julio. Decidimos aceptar. Nos apetecía mucho volver a Francia, concretamente a esa zona que queda justo detrás de Andorra y que no conocíamos.

Como últimamente nos fatigan los kilómetros en coche, hicimos un combinado: a Lérida en tren desde Madrid y allí, en un coche de alquiler, conducir hasta el lugar.

Este viaje, aparentemente cómodo, no lo es tanto. Lo sería un poco más si viviéramos en Madrid, pero... ¡vivimos en Toledo! Así que hay que salvar ese primer pequeño obstáculo: un tren desde Toledo a Madrid. Una vez en Madrid es muy incómodo y una pérdida de tiempo salir de la zona de seguridad de la estación de Atocha y volver a entrar en ella para tomar el tren hacia otro lugar, en este caso, Lérida. Afortunadamente la espera entre un tren y otro no fue muy larga. El tiempo justo de hacer el traslado sin agobios de tiempo y tampoco tener que esperar demasiado.

Una vez en Lérida, el trámite del coche de alquiler fue rápido, no así la salida de la ciudad, sin indicaciones de ningún tipo. A esas alturas ya íbamos cansados y aún nos faltaban unos trescientos kilómetros de carreteras con no muy buen firme y de muchas curvas.

Sobre las tres y media de la tarde paramos a comer. No teníamos mucho apetito pero el temor a encontrar todo cerrado nos hizo detenernos.

A medida que nos acercábamos a la frontera, la vegetación se hacía más frondosa y abundante; el cielo se iba cubriendo. Qué sensación más extraña atravesar una frontera sin apenas darte cuenta. Qué diferencia de cómo lo hice la primera vez por carretera, precisamente por este mismo lugar, pero volviendo de Francia. La primera vez absoluta fue en el aeropuerto de Orly, en París, en tránsito hacia mi primer viaje al extranjero, Yibouti.


Las nubes eran cada vez más bajas, poniendo coronas de gasa gris perla a los picos y, arriba,  el cielo se tornaba más oscuro. Mi ánimo, creo que también el de Daniel, necesitaba ese frescor húmedo que respirábamos en las paradas que íbamos haciendo al borde mismo de la carretera, cuando el terreno lo permitía, para contemplar las altas montañas llenas de verdor. La lluvia hizo su aparición en varios tramos, pero nosotros íbamos felices. Teníamos ganas de "norte" y sus peculiaridades, no importaba que fuese julio.

Con alguna llamada pidiendo información y alguna parada para lo mismo logramos llegar. Claudia salió a nuestro encuentro en el centro del pequeño pueblo y nos guió hasta su casa, algo escondida.

La casa, blanca, con grandes contraventanas pintadas de verde, tenía un gran jardín y un huerto abandonado, que  denotaba haber sido cuidado con primor en otros momentos; la ordenación de los surcos, las plantas, las flores, así lo indicaban. Había muchos árboles frutales con las ramas vencidas por la cantidad de frutos que nadie recogía. La parte trasera, adonde daban los dormitorios estaba sembrada de hortensias que literalmente se metían por las ventanas. ¡Un espectáculo!


Los cuatro o cinco días pasados allí fueron tranquilos, con visitas a los pueblos de alrededor. La casa, dispuesta para ser alquilada, estaba llena de folletos con todo tipo de información sobre los lugares de interés. Hicimos una selección de aquello que más nos atraía y que no quedaba lejos pues, pensando en la vuelta, no nos seducía hacer demasiados kilómetros.



Marcamos para visitar algunos mercadillos de los pueblos cercanos, donde la gente lleva lo que recoge de sus huertos, jardines, granjas... y también lo que elaboran con sus manos, no sólo los típicos quesos y salchichones, sino platos preparados para llevar, con cosas tan impropias del lugar como unos calamares rellenos.

Estas visitas a los mercados nos servían para conocer el pueblo, su plaza, iglesia... visitamos la villa y el castillo de Foix, el de Montsegur, una curiosa iglesia en una gruta en Vals. Los franceses, tan fantasiosos, le llaman la iglesia "troglodita". El mercado más importante, también la ciudad, junto con Foix, fue el de Mirepoix, con una plaza porticada llena de terrazas atestadas de gente, no sé si sólo por ser día de mercado.
Monument national des guerrilleros. Encontramos muchos apellidos españoles por la zona.

Camino de estos mercadillos hacíamos incursiones en pueblos aún más pequeños en los que no encontrábamos a nadie por -a veces- la única calle. Pero nos encantaba el pintoresquismo de lo rural auténticamente francés. También disfrutamos del silencio y la prudencia de los vecinos.







Jugábamos con los nombres de las calles y lugares intentando averiguar cuáles estaban escritas en occitano, su significado, su comparación con el francés, español, catalán...

La vuelta la hicimos con más calma. Primer tirón hasta Puigcerdá, donde nos detuvimos para comer, estirar las piernas paseando el centro y luego seguir hasta Seo de Urgel, donde pernoctamos en un hotelito muy agradable y céntrico que reservamos sobre la marcha sin problemas. Llovía a cántaros cuando llegamos, después escampó. Nos gustó mucho recorrer sus calles mojadas antes de cenar y recogernos.

Al día siguiente nos dió tiempo a visitar Lérida y devolver el coche, no sin cierto nerviosismo al final, pues el tiempo se nos echaba encima y el tren no nos esperaría.  Llegamos a tiempo.