
Esta mañana, cuando iba a ver si Néstor tenía cebolletas frescas para acompañar el cocido de mediodía, me he encontrado con una curiosa comitiva. Sorprendente por lo inusual. Habían sacado a pasear por el pueblo a los ancianos de la residencia. Nunca me había topado así con ellos. Todo lo más, me había encontrado a algún viejo acompañando a algún familar a tomar un café o, en alguna ocasión, también con algún mayor que se desenvolvía bien por sí mismo, tomando el sol en el puente o a la puerta de la residencia, sentado con otros ancianos, viendo los pocos transeúntes que circulan por esa calle. Es difícil ver a mujeres, supongo que la razón es que ellas, cuando deciden ingresar, ya no se pueden valer por sí mismas y permanecen siempre en el interior. El caso es que al desembocar en el callejón del chorro me topé con ellos. Unos iban en carrito, otros con muletas, otros andaban por su propio pie ayudados por familiares o por cuidadoras de bata azul. Los grupos eran de dos, tres, cuatro personas.
Me impresionó ver esas caras de aspecto blanquecino y deterioradas por la edad. Más impresionante cuanto que esas figuras ahora pálidas en extremo estaba habituada a verlas morenas de sol. Gente de pueblo que pasaba una buena parte de su jornada al aire libre. Alguna de ellas había dejado de verla hacía tiempo y mi sorpresa fue comprobar que aún seguían estando ahí.
Los habían sacado a dar una vuelta por el pueblo, su pueblo, para que vieran que, fuera, seguía existiendo la rutina del día a día pero tan diferente a la de dentro, ésta estaba llena de vida: el sol estrellándose contra la cal de las fachadas, los árboles, los pájaros, las voces de algún chiquillo. Ignoro si esto se hace con frecuencia pero nunca antes me había tropezado con ellos y me pareció una idea extraordinaria.
Me impresionó ver esas caras de aspecto blanquecino y deterioradas por la edad. Más impresionante cuanto que esas figuras ahora pálidas en extremo estaba habituada a verlas morenas de sol. Gente de pueblo que pasaba una buena parte de su jornada al aire libre. Alguna de ellas había dejado de verla hacía tiempo y mi sorpresa fue comprobar que aún seguían estando ahí.
Los habían sacado a dar una vuelta por el pueblo, su pueblo, para que vieran que, fuera, seguía existiendo la rutina del día a día pero tan diferente a la de dentro, ésta estaba llena de vida: el sol estrellándose contra la cal de las fachadas, los árboles, los pájaros, las voces de algún chiquillo. Ignoro si esto se hace con frecuencia pero nunca antes me había tropezado con ellos y me pareció una idea extraordinaria.