sábado, 26 de septiembre de 2026

L A C Á M A R A

LA CÁMARA

Algunos días mi amiga y yo subíamos a la cámara. Allí se estaba bien. No nos veían y podíamos hablar de nuestras cosas sin que nos interrumpieran, a nuestro aire. Tampoco teníamos que cuidar nuestra forma de sentarnos.  Subíamos a comernos aquellos trozos de bizcocho que antes habíamos cogido furtivamente de la orza de la bodega, pasando por la cocina con disimulo cuando el terreno estaba libre. Otras veces íbamos a la fresquera de mi madre a ver a qué podíamos echar mano. En la fresquera, normalmente magra, a veces encontrábamos alguna cosa apetecible. En la fresquera azul del comedor de mi casa, se mantenían frescos los alimentos y fuera del alcance de los gatos y las moscas, gracias a la tela metálica fina y tupida de sus puertas y a que  estaba colocada encima de una mesa alta y grande.


Otras veces subíamos a la cámara a mirar aquellas hojas que nos encontramos de una vieja enciclopedia médica donde venía el dibujo del aparato reproductor femenino con todo lujo de detalles. Evidentemente aquellas hojas no podíamos mirarlas en público, ni siquiera podían saber que estaban en nuestro poder. 

Allí arriba se estaba bien, nunca hacía ni mucho calor ni mucho frío. Dependiendo de la época del año, se guardaban unas u otras cosas y los olores por tanto variaban. Después de la matanza los jamones, claro. Pero también había cebada, trigo, patatas, calabazas. En verano muchos melones y sandías, uvas colgadas en septiembre y casi durante todo el año ristras de pimientos y ajos. Las cebollas por el suelo, encima de los sacos. En los poyos de las ventanas, los higos se secaban a los soles del final del verano. También la luz variaba. En verano entraba a raudales y las ventanas que daban al este se tapaban con sacos o costales. Esa luminosidad no nos impedía quedarnos dormidas algunas siestas con la cabeza apoyada en alguno de aquellos costales listados. Ese era nuestro mundo, solo para nosotras, respirábamos un aire de tranquilidad y seguridad que nos proporcionaba relajación, felicidad.


El cigarral de mi profesora francesa de yoga en Toledo tiene unas cortinas naranjas echadas en verano y descorridas en invierno. A través de las ventanas se ven los pinos, los cipreses y olivos que rodean la casa.  Las ramas de algunos árboles casi rozan los cristales; están cargadas de pájaros que se oyen enérgicos si las ventanas están abiertas, y más amortiguados pero también briosos con ellas cerradas. Mi profesora quiere que nos sintamos a gusto y ha dispuesto la gran sala, exenta, rodeada de minúsculas lamparitas con luces también anaranjadas que amortiguan las espesas pantallas. Durante la clase quema incienso o romero y la habitación se impregna de olores agradables. Cuando después de los ejercicios hacemos la relajación con la envolvente música hindú y antes del Om, con frecuencia me acuerdo de la atmósfera de aquella cámara de mi niñez.





martes, 15 de septiembre de 2026

CINE


  • Antes de que mi hijo Alberto se pusiera a organizar su podcast “La Cocina”, hizo una prueba con su padre y conmigo. Alternativamente, se metió con uno y otro en nuestra cocina para hacernos una entrevista. Puso todos los cachivaches encima de la mesa y grabó. 
  • Una de las preguntas que me hizo fue “cuál fue la primera película que viste?, qué recuerdo tienes?”. Se sorprendió cuando le dije que la primera había sido en Conquista. Lo relaté en uno de mis últimos post, en una “Carta a mis nietos”. Le hablé del “salón” en el que se celebraban bodas y bailes (hasta que un cura los prohibió) y se representaban obras de teatro. Gracias a ese cura prohibidor, más tarde tuvimos cine. Por supuesto las películas las elegía él. 

Pues sí, seguramente la primera película que vi fue en mi pueblo. Yo debía tener unos seis o siete años y apenas lo recuerdo, pero lo que no he olvidado ni olvidaré es la sensación de estar fuera de mi casa y acompañada de mi padre y mi madre. Juntos. Yo (sí, yo primero) y ellos conmigo. Esa sensación de bienestar y seguridad no fue luego tan frecuente, por no decir que rara vez se volvió a producir. Hubo más películas con mis padres, pero pronto dejaron de acompañarme. Yo seguí yendo al cine con mis amigas.

  

Y de ahí, un salto a Madrid, al cine en Technicolor con mis primas pequeñas y mi prima Margot (en realidad, prima hermana de mi padre). Margot hacía prácticamente de niñera o de “señorita de compañía”, como se decía todavía entonces. Con ellas iba a cines del centro, por Sol, Bilbao, Gran Vía, cines caros. Cuando empecé a moverme por mi cuenta, además de por mi propio barrio, lo hacía también por Goya, que era donde me llevaba el autobús desde Moratalaz, y sobre todo por el Puente de Vallecas, donde me llevaba el otro medio de locomoción del barrio,  un autocar o camioneta, la P-13, creo recordar. Algunas veces iba andando hasta los cines para ahorrarme el billete. Recuerdo el Cine Río y Excelsior, en la avenida de la Albufera donde, para ver “Lo que el viento se llevó” me puse unos taconcitos y un moño de plátano, tipo italiano, y parecer mayor. Había leído el libro con catorce años a hurtadillas en la playa durante el verano mientras los demás salían del apartamento y durante las siestas y me moría por ver la peli. 


 También me hice la mayor para ver “Esplendor en la hierba”, que me conmovió hasta dejarme hecha polvo y enamorada de los dos guapísimos protagonistas, Natalie Wood y Warren Beatty.  Recuerdo los aspavientos de doña Margarita, mi profesora de taquigrafía cuando una alumna con 18 años cumplidos, claro, le dijo que había visto la película. La profesora afeó su atrevimiento, ya que había oído decir que era para “18, con reparos”, es decir, peligrosísima. A mí me gustaban las películas para mayores y no las de Marisol o Rocío Durcal.


Con veintipocos años me marcaron dos películas: "Los Girasoles" con Sofía Loren y Mastroianni, donde me di una tupitina de llorar, y "Jhonny cogió su fusil". Antes, durante y después ha habido muchas películas, de todo tipo. Siempre he disfrutado con el cine. También tengo que decir que algunas veces -raras- me he salido del cine por no poder soportar la película, bien por violencia, bien por la calidad. En todo caso, lo que nunca he hecho en el cine es dormirme.


Esta es la respuesta que tal vez hubiera dado a mi hijo si me hubiera dejado extenderme un poco más (no era el momento) y el micrófono y la grabadora no me hubieran dejado tan "hipnotizada".