LA CÁMARA
Algunos días mi amiga y yo subíamos a la cámara. Allí se estaba bien. No nos veían y podíamos hablar de nuestras cosas sin que nos interrumpieran, a nuestro aire. Tampoco teníamos que cuidar nuestra forma de sentarnos. Subíamos a comernos aquellos trozos de bizcocho que antes habíamos cogido furtivamente de la orza de la bodega, pasando por la cocina con disimulo cuando el terreno estaba libre. Otras veces íbamos a la fresquera de mi madre a ver a qué podíamos echar mano. En la fresquera, normalmente magra, a veces encontrábamos alguna cosa apetecible. En la fresquera azul del comedor de mi casa, se mantenían frescos los alimentos y fuera del alcance de los gatos y las moscas, gracias a la tela metálica fina y tupida de sus puertas y a que estaba colocada encima de una mesa alta y grande.
Otras veces subíamos a la cámara a mirar aquellas hojas que nos encontramos de una vieja enciclopedia médica donde venía el dibujo del aparato reproductor femenino con todo lujo de detalles. Evidentemente aquellas hojas no podíamos mirarlas en público, ni siquiera podían saber que estaban en nuestro poder.
Allí arriba se estaba bien, nunca hacía ni mucho calor ni mucho frío. Dependiendo de la época del año, se guardaban unas u otras cosas y los olores por tanto variaban. Después de la matanza los jamones, claro. Pero también había cebada, trigo, patatas, calabazas. En verano muchos melones y sandías, uvas colgadas en septiembre y casi durante todo el año ristras de pimientos y ajos. Las cebollas por el suelo, encima de los sacos. En los poyos de las ventanas, los higos se secaban a los soles del final del verano. También la luz variaba. En verano la luz entraba a raudales y las ventanas que daban al este se tapaban con sacos o costales. Esa luminosidad no nos impedía quedarnos dormidas algunas siestas con la cabeza apoyada en alguno de aquellos costales listados. Ese era nuestro mundo, solo para nosotras, respirábamos un aire de tranquilidad y seguridad que nos proporcionaba relajación, felicidad.
El cigarral de mi profesora francesa de yoga en Toledo tiene unas cortinas naranjas echadas en verano y descorridas en invierno. A través de las ventanas se ven los pinos, los cipreses y olivos que rodean la casa. Las ramas de algunos árboles casi rozan los cristales; están cargadas de pájaros que se oyen enérgicos si las ventanas están abiertas, y más amortiguados pero también briosos con ellas cerradas. Mi profesora quiere que nos sintamos a gusto y ha dispuesto la gran sala, exenta, rodeada de minúsculas lamparitas con luces también anaranjadas que amortiguan las espesas pantallas. Durante la clase quema incienso o romero y la habitación se impregna de olores agradables. Cuando después de los ejercicios hacemos la relajación con la envolvente música hindú y antes del Om, con frecuencia me acuerdo de la atmósfera de aquella cámara de mi niñez.
Ahora sí que ya no tengo excusa. Ya no. Todos estos días he estado dibujando, haciendo acuarela, collage, he terminado el
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