miércoles, 14 de diciembre de 2011

PERIPLO ARGENTINO-CHILENO (6)

Una tarde, paseando por la avenida de las Heras y yendo en dirección a la plaza de Italia, atravesamos un pequeño parque, de los muchísimos que hay en la zona.Empecé a notar unas gotas que cada vez eran más persistentes. Creí haberlas sentido en algún otro momento pero entonces pensé que sería quizá el rocío mañanero; sin embargo ahora hacía una tarde soleada y el cielo lucía totalmente despejado. Pensé en algún pájaro, alguna hoja que contuviera todavía humedad, pero no, por más extrañeza que me causara, mientras más atención ponía, más se parecía a la lluvia. Hasta tal punto llegó mi desconcierto que al cabo de un rato de "persistente lluvia" pregunté a una transeúnte. Es de los árboles, sueltan gotitas, se llama "llanto de las tipas" me respondió comprensiva. Al día siguiente, curiosamente, vi un artículo en el periódico Clarín que hablaba del "llanto de las tipas". Este fenómeno estaba en todo su apogeo. Las tipas son unos árboles introducidos en Buenos Aires a mediados del XIX y aclimatados rápidamente. Tienen unas preciosas flores amarillas que abren en diciembre. Por desgracia no llegamos a verlos floridos, habría que haber comparado su amarillo al lado del lila de las jacarandás.
El fenómeno se debe a un insecto llamado chicharrita. Éste coge la savia de la tipa
y la que no asimila genera una espuma alrededor de su cuerpo: es lo que gotea. Afortunadamente no mancha, es como agua azucarada.

Nuestro hijo, que había visitado hacía poco tiempo Buenos Aires, nos había recomendado: a la Boca hay que ir, pero la visita no merece más de cinco minutos. Es exactamente así.
Habíamos pensado tomar el bus turístico que recorre la ciudad. En teoría es muy práctico. Se paga un billete, creo que de unos 75 pesos, y puedes subir y bajar cuantas veces quieras. En la práctica no salió bien. Esperamos durante más de media hora y cuando pasó no quiso o no pudo recoger a los turistas que estábamos esperando.
Paramos un taxi.
El barrio está sucio, descuidado, lleno de tiendas para turistas y de parejas "disfrazadas" de tanguistas en cada local, cada esquina, con música de lata sonando a toda pastilla. -Voulez vous dancer tango, madame? A pesar de todo lo anterior, me moría de ganas de decir que sí, pero me pudo la vergüenza y dije: non, merci.
No sé cuál será la razón de que, cuando estoy fuera de España (aquí también me ha pasado más de una vez) me tomen por francesa.
Recorrimos un par de calles, entramos en otras tantas tiendas, nos paramos con algún artista de los que pintan al aire libre y nos marchamos. Tenemos en casa un cuadro de 1985 del pintor argentino Jorge Terrones Acuña que refleja fielmente lo que es el barrio de La Boca. Casas de mil colores, vallas, rejas, ventanas y puertas compitiendo en gamas de imposible combinación.
No vimos el gran estadio del Boca Juniors, la Bombonera. Y eso que llevaba el encargo de un amigo. Pasamos cerca de otro más pequeño pero pregunté al taxista que nos llevaba y nos contestó (molesto de que pudiéramos confundirlo) que no era ese.

A Buenos Aires no quise llevarme lectura. Lo que tenía en el libro electrónico no me apetecía y no quería cargar con libros, pero comprobé que en casa, en las horas de descanso, necesitaba leer y la ciudad está llena de librerías. En una cerca de casa, compré algunos de antiguas ediciones y baratos para poderlos dejar allí una vez leídos. Me apetecía entretenerme así que compré Los elefantes pueden recordar, de Agatha Christie, La suma de los días, de Isabel Allende y un ensayo de Ernesto Sábato que me defraudó y no terminé. Los dos primeros me los bebí y se quedaron en Santiago, el de Sábato lo dejé para el camino de vuelta y al llegar a casa lo solté sin terminar y no sé siquiera por dónde anda.
Después de andar toda la mañana fuera, a mediodía volvíamos a casa para descansar un rato. Eso era después de comer, en torno a las cuatro de la tarde. A esa hora, había un pájaro que se ponía a cantar. No era un canto desagradable pero tampoco ameno. Parecía de un ave grande y sonaba insistente, rítmico, monótono. También nos amenizaba los despertares. Después de dos días pregunté al portero qué vecino era el que sacaba a la terraza la jaula del pájaro. No es de ningún vecino -me dijo-, son los pájaros de la calle que anidan en los árboles del patio interior. Julio aseguró que se llamaban zorzales cuando yo pregunté, pero creo que no hablábamos del mismo pájaro.

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