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domingo, 1 de enero de 2012

PERIPLO ARGENTINO-CHILENO (11)



Cuando llegamos de Isla Negra, aparcamos el coche de alquiler en el garaje del apartamento para devolverlo al día siguiente. En España ese domingo había sido jornada electoral y los resultados los estaban avanzando las encuestas hacía días, así que no esperábamos sorpresas; no obstante, al llegar a casa Daniel se conectó en internet y empezó a leer en voz alta: "PP 186, Psoe 110, los catalanes suben, Rosa forma grupo..." _No me leas más, por favor, quiero dormir tranquila_. Cogí mi libro, me metí en la cama y leí hasta dormirme. Al día siguiente, me levanté temprano.


..-ººº-..


La ciudad de Santiago presenta una curiosa orografía. Se encuentra en el llano de una cuenca, como describí anteriormente,  con una altitud, dependiendo de las zonas, de hasta de 500 metros sobre el nivel del mar. Dentro de la ciudad, y también en los alrededores, se encuentran los cerros islas, formados como consecuencia del vulcanismo de la zona en épocas glaciares. Los hay de diferentes alturas, pueden llegar hasta 900 metros y son utilizados por locales y turistas para hacer escaladas, pasear y, en general, disfrutar de unas bonitas vistas de la ciudad. Forman un raro paisaje pues, cuando paseas por la ciudad llana, de pronto los encuentras ahí plantados, como grandes protuberancias que crecieran de repente.

Nos habían recomendado subir a uno de estos cerros. Un día que nos levantamos temprano, decidimos ir al más alto de la ciudad, el de San Cristóbal. Según he sabido, hacia 1900 se construyó en él un gran observatorio astronómico, hoy en desuso por inútil, debido a la contaminación lumínica de Santiago. También por esas fechas se reforestó y en 1925 se inauguró el funicular todavía en funcionamiento por medio del cual subimos a su cumbre. A este cerro se puede ascender y subir hasta su cima también en coche. Nosotros optamos por el funicular, mucho más típico. Pasé un poco de miedo viendo esa maquinaria antigua, rodeados de vegetación que casi se metía en las vagonetas donde viajábamos de pie. La pendiente es tremenda. Más o menos a medio camino hay una parada para la visita al zoológico. Allí se quedaron los chiquillos de un colegio que subieron con nosotros. 

Por desgracia, en Chile, como en España y en todos los países de ámbito católico, tienen la costumbre de adornar (destrozar en mi opinión) cualquier elevación de terreno con una imagen de su credo. El cerro de San Cristóbal no iba a ser menos. Éste está coronado, desde 1900, por un santuario dedicado a la Inmaculada y su correspondiente imagen. Hasta allí subimos en busca de un café, pero ese día no abrían hasta mucho más tarde porque preparaban un evento, con profusión de altares y parafernalia, así que una vez contempladas las impresionantes vistas nos bajamos por donde habíamos subido: el funicular de (la) película, nunca mejor dicho.





domingo, 25 de diciembre de 2011

PERIPLO ARGENTINOCHILENO (10)

El apartamento de Santiago era más pequeño, pero más coqueto que el de Buenos Aires,  tenía buena conexión a internet y una lavadora común en nuestra planta. Y era muy soleado.


A pesar de que mi nuera nos tenía preparada una bolsa con algunas viandas, frutas y zumos, fuimos esa misma tarde a un supermercado grande a llenar el frigorífico para los 10 días que teníamos por delante. Compramos cosas imprescindibles y cosas perfectamente prescindibles; es decir,  caprichos. Volví a comprar leche fresca del día en bolsas de plástico como las que hace años compraba en Madrid. En Chile, ese sistema de empaquetado lo he visto mucho: para yogur, mahonesa, salsas de tomate, etc.


Durante la cena en el restaurante peruano nos hicimos muchas fotos, también a los platos. Ahora, cuando las miro un mes más tarde,  nos veo con caras de felicidad; estábamos contentos, no era para menos. El restaurante resultó bastante bien, si obviamos la decoración. Era viernes por la noche y las mesas estaban llenas de parejas y grupos animados. Por el aspecto, la inmensa mayoría de clientes parecían del mismo país que el restaurante. En Buenos Aires existe una gran cantidad de trabajadores peruanos, muchos de ellos en el sector de la hostelería. Tomamos, cómo no, los platos típicos: ceviche y ají de gallina. Terminamos con el famoso pisco sour.
Al día siguiente quedamos para visitar el pueblito de los Dominicos. Se llegaba muy bien desde nuestra casa en metro, precisamente en una línea recién inaugurada. Al ser sábado y temprano, no iba demasiado lleno e hicimos un viaje rápido y cómodo hasta llegar a la estación del mismo nombre. En el lugar se encuentra la iglesia de San Vicente Ferrer (dominico, de ahí el nombre), monumento nacional que no llegamos a visitar y a su espalda está el llamado "pueblito", centro artesanal que cuenta con un montón de locales comerciales que forman varias calles y plazas, donde venden todo tipo de productos, artesanos unos y otros no tanto.

Antes de llegar recorrimos el famoso mercadillo de frutas y hortalizas del mismo nombre. El colorido era impresionante, variado, se me iban los ojos detrás de cada producto y hubiera querido comprar y probarlo todo. Tengo la impresión de que en América, igual que sus paisajes son más vastos, más grandiosos,    
también sus productos, ya sean del mar o de la tierra, guardan esa diferencia de proporciones. Por eso quizá algunos son más agrestes, más bravíos. Había alcachofas con apariencia de grandes flores abiertas, limones gigantes, apio, aguacates, chirimoyas y cuantos productos se puedan imaginar. Tenían también unas magníficas ostras que  nos llevamos para tomarlas en una de las terrazas del pueblito.


                               ...oo0oo...

Al día siguiente nos levantamos temprano para visitar la casa de Pablo Neruda en Isla Negra. Me hacía muchísima ilusión pasar el día fuera, cerca del mar, con mi hijo y mi nuera y visitar esa casa sobre la que había leído tantas cosas.
Alberto se levantó pronto para ir a buscar el coche de alquiler y con él nos dirigimos al lugar. Hicimos varias paradas, la primera para repostar: nosotros necesitábamos un café y el automóvil gasolina, la segunda para buscar una cerámica negra en su lugar de origen, Pomaire, pueblo de artesanos cuya tradición alfarera data de antes de la llegada de los españoles a Chile. Siguiendo con la costumbre, cientos de familias han hecho de la artesanía en greda su principal actividad.   Alberto y Amalia la conocían y querían comprar unas piezas.
En el camino también pasamos por Viña Matetic, distinguida por la revista Wine & Spirits como una de las 100 mejores del mundo.


El encuentro con el mar, siempre sorprendente, aquí no nos defraudó. Paramos primero para contemplarlo en una bar con terraza sobre las rocas en las que rompían las olas. De aperitivo las famosas empanadas, rellenas de carne o de cualquier otra cosa. Luego buscamos un sitio con frutos de mar como dicen los franceses. Ahí, también frente al mar, probé por primera vez las almejas gigantes chilenas.


Toda la costa es preciosa. Volvió a impresionarme la grandiosidad de la naturaleza, el mar, el batir de las olas. Era mi primera visión del Pacífico.


Casa de Neruda, enfrente, el Pacífico
Cuadro a la entrada y
Bar salón lleno de recuerdos.
La casa que fue de Pablo Neruda y donde vivió hasta su muerte con su tercera mujer, Matilde Urrutia, está en un lugar privilegiado frente al mar, en una especie de acantilado. Ninguna de las casas de Neruda es de lujo pero sí están llenas de antigüedades y cosas curiosas y raras que él fue coleccionando a lo largo de sus viajes. Esta de Isla Negra es grande porque le fue añadiendo piezas, la vista desde cualquiera de sus rincones o ventanas es impresionante. Ahora es un museo visitado por muchísima gente de todo el mundo. Durante la dictadura de Pinochet fue expropiada al partido comunista que es a quién la legó.


Salí de allí con nostalgia y con el firme propósito de comprarle a Amalia Confieso que he vivido.









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