Hoy, en un foro de esos a los que te apuntas porque alguien te lo recomienda, preguntaban qué juguete era el que te había hecho más ilusión cuando eras pequeña. Contesté a bote pronto: un diábolo. Es verdad, ese diábolo me ilusionó mucho porque tenía muchas ganas de tenerlo y, cuando lo tuve, lo disfruté a tope. Me esforcé por llegar a dominarlo y, aunque nunca fui una virtuosa, sí sentía un placer intenso cuando lo tiraba muy alto y conseguía volver a cogerlo con la cuerda y que siguiera bailando.
Otra de las cosas que me hizo una ilusión enorme fue un juego de cocina. Era de un tamaño considerable, aunque de juguete, claro. Precisamente porque era como los de verdad, me gustaba tanto. Se componía de una olla, una cacerola y un cazo. Estaban hechos de aluminio y me gustaba manosearlos, mirarlos y jugar con ellos. Muchas veces me he acordado de aquellos cacharros que tanto me gustaron y que no sé adonde fueron a parar. Me los echaron los reyes un año en que vinieron muy cargados, por cierto. Un resquemor feminista me ha impedido citarlos. Me imaginaba a la gente pensando en una niña tonta y su juego de cacerolitas.
Pero haciendo memoria de una cosa que me hubiera gustado mucho, mucho, me acordé de una muñeca gigante que no me gustaba nada y de mi cuento –ése sí- adorado. Era un cuento de Caperucita Roja, de aquellos que venían recortados siguiendo la silueta del dibujo del personaje principal. En este caso se trataba de una preciosa caperucita rubia con su bonito gorro y capa rojos. Llevaba del brazo una ollita de miel y ese cacharrito sobresalía del cartón del cuento con una auténtica cuerda y era de cerámica de verdad. Me lo debieron traer mis tíos de fuera porque por mi pueblo no existían tales modernidades en aquellos años.
El caso es que se lo presté un día a una amiguita y vecina y me lo devolvió con la ollita de miel rota. No sé si lloré o no pero el dolor fue intenso. De alguna forma lo debí hacer notar porque la madre de mi amiga me dijo para calmarme: no te preocupes, cuando mi hombre vaya a Córdoba te traerá otro igual, nuevo.
Eso me calmó y a partir de entonces empecé a esperar ansiosa que se produjera uno de aquellos viajes. En cuanto me enteraba de que alguien de la familia de mi amiga emprendía un viaje, ya me ponía a saborear el cuento nuevo que me traerían. Desde el momento en que llegaban, le preguntaba expectante y nerviosa a mi madre si lo habrían traído. Mi madre intentaba quitarme el entusiasmo diciéndome que no creía que se hubieran acordado. Yo, hasta que no me lo confirmaba, no paraba de preguntar esperando secretamente anhelante que se hubieran acordado. Al cabo de muchos viajes comprendí que nunca me lo traerían y que nunca, seguramente, estuvo en sus pensamientos tal cosa.
No me veo capaz de transmitir la tremenda frustración que sentí cuando fuí consciente del engaño.
Nunca se deben crear falsas expectativas a un niño.