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jueves, 11 de octubre de 2012

LO UNO, POR LO OTRO




Ayer, como todos los lunes y miércoles por la tarde, tuve clase de yoga. Como este fin de semana viajo una vez más a mi pueblo y no había visto a mis nietas en toda la semana, decidí salir antes de la clase para ir a verlas, ya que se acuestan pronto para estar listas y bien despiertas para el cole al día siguiente.

Así pues, tras una hora de ejercicios, abandoné la clase perdiéndome la meditación que la profesora había preparado para ese día. Eran las 19.30 horas y, a la salida, me encontré con esta espléndida puesta de sol. Antes de coger el coche, saqué mi móvil y tomé esta foto. Aunque no es uno demasiado avanzado, creo que queda bien patente la belleza del atardecer. La meditación por la contemplación: una cosa, por la otra.

Pero hubo más, mucho más. Pude ver a mis nietas en su salsa. Daniela estuvo más de media hora haciendo todo tipo de piruetas en una bañera con el agua casi fría (así la quiere ella). Leonor  leyó el cuento y la poesía inventados por ella. Qué digo leer, ¡teatralizar! Nos dejó con la boca abierta ¡qué ingenio, tanto en la escritura como en la lectura! Y cantó y bailó canciones dramatizándolas. No tiene demasiado buen oído para lo que se estila en la familia pero su imaginación y recursos no tienen límites. Tampoco su habilidad, agilidad y flexibilidad en los movimientos.  

viernes, 11 de junio de 2010

UN JUGUETE

Hoy, en un foro de esos a los que te apuntas porque alguien te lo recomienda, preguntaban qué juguete era el que te había hecho más ilusión cuando eras pequeña. Contesté a bote pronto: un diábolo. Es verdad, ese diábolo me ilusionó mucho porque tenía muchas ganas de tenerlo y, cuando lo tuve, lo disfruté a tope. Me esforcé por llegar a dominarlo y, aunque nunca fui una virtuosa, sí sentía un placer intenso cuando lo tiraba muy alto y conseguía volver a cogerlo con la cuerda y que siguiera bailando.

Otra de las cosas que me hizo una ilusión enorme fue un juego de cocina. Era de un tamaño considerable, aunque de juguete, claro. Precisamente porque era como los de verdad, me gustaba tanto. Se componía de una olla, una cacerola y un cazo. Estaban hechos de aluminio y me gustaba manosearlos, mirarlos y jugar con ellos. Muchas veces me he acordado de aquellos cacharros que tanto me gustaron y que no sé adonde fueron a parar. Me los echaron los reyes un año en que vinieron muy cargados, por cierto. Un resquemor feminista me ha impedido citarlos. Me imaginaba a la gente pensando en una niña tonta y su juego de cacerolitas.

Pero haciendo memoria de una cosa que me hubiera gustado mucho, mucho, me acordé de una muñeca gigante que no me gustaba nada y de mi cuento –ése sí- adorado. Era un cuento de Caperucita Roja, de aquellos que venían recortados siguiendo la silueta del dibujo del personaje principal. En este caso se trataba de una preciosa caperucita rubia con su bonito gorro y capa rojos. Llevaba del brazo una ollita de miel y ese cacharrito sobresalía del cartón del cuento con una auténtica cuerda y era de cerámica de verdad. Me lo debieron traer mis tíos de fuera porque por mi pueblo no existían tales modernidades en aquellos años.

El caso es que se lo presté un día a una amiguita y vecina y me lo devolvió con la ollita de miel rota. No sé si lloré o no pero el dolor fue intenso. De alguna forma lo debí hacer notar porque la madre de mi amiga me dijo para calmarme: no te preocupes, cuando mi hombre vaya a Córdoba te traerá otro igual, nuevo.

Eso me calmó y a partir de entonces empecé a esperar ansiosa que se produjera uno de aquellos viajes. En cuanto me enteraba de que alguien de la familia de mi amiga emprendía un viaje, ya me ponía a saborear el cuento nuevo que me traerían. Desde el momento en que llegaban, le preguntaba expectante y nerviosa a mi madre si lo habrían traído. Mi madre intentaba quitarme el entusiasmo diciéndome que no creía que se hubieran acordado. Yo, hasta que no me lo confirmaba, no paraba de preguntar esperando secretamente anhelante que se hubieran acordado. Al cabo de muchos viajes comprendí que nunca me lo traerían y que nunca, seguramente, estuvo en sus pensamientos tal cosa.
No me veo capaz de transmitir la tremenda frustración que sentí cuando fuí consciente del engaño.
Nunca se deben crear falsas expectativas a un niño.