Las cuerdas podían ser hechas con esparto o con juncia.
Las cuerdas podían ser hechas con esparto o con juncia.
El ejercicio era el siguiente: tenéis que imaginar que podéis quedaros con algo ajeno tranquilamente. Podéis robar, engañar, etc., con la seguridad de que nunca vais a ser descubiertos. A mí me salió lo que sigue:
.o0O0o.
Alguna vez había soñado (¿o lo había pensado?) que me encontraba en la cueva de Ali Babá o, al menos, lo que yo imaginaba que sería esa cueva: una habitación repleta de cofres con todo tipo de joyas, piedras preciosas de todos los colores y tamaños y cientos, miles de monedas de oro tiradas por aquí y por allá, en completo desorden. Seguramente esa idea provenía de alguna ilustración perteneciente a alguno de los cuentos leídos en mi niñez.
Bueno pues ahora ese sueño se había convertido en realidad. Tenía todas esas joyas y monedas a mi alcance. No eran tantas ni tan brillantes, pero sí había una buena cantidad ofreciéndose en los cajones abiertos de aquella mesa antigua de despacho.
Nadie podía suponer que yo estaba en ese momento en esa habitación. La llave había llegado a mis manos de forma anónima y un tanto rocambolesca, así que si yo decidiera quedarme con un buen montón de monedas y “piedrecitas” nadie, nunca, pensaría en mí. Además, y muy importante, llevaba sitio de sobra para camuflarlas. Sí, decididamente me las llevaría conmigo.
Empecé a llenar la bolsa con decisión mas, a medida que se completaban suss recovecos, me empezaron a asaltar algunas dudas: ¿qué haría con todo eso? Estaba claro que tendría que convertirlo en dinero contante pero ¿cómo?, ¿adónde lo llevaría?
Nunca había hecho una gestión así, no sabía a quién dirigirme y lo más seguro es que dejara rastro. Ese rastro se haría bien visible y su conocimiento llegaría a oídos de mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo… No, finalmente no podía hacer aquello. Comencé a vaciar la bolsa con parsimonia mientras seguía dándole vueltas al asunto. Siempre había sido un poco cobarde, además de pesimista. ¿Por qué tendrían que enterarse? ¿Por qué tendría que acabar mal? ¿Es que acaso no me podía salir algo bien alguna vez? Tenía que cambiar mi forma de pensar.
Lentamente volví a coger los puñados de monedas y gemas (ahora ya estaban mezcladas) y a introducirlas de nuevo en la bolsa, pero un hormigueo extraño empezó a agarrotarme los dedos y a subirme hacia las muñecas. Mis brazos de pronto se volvieron pesados, de manera que tenía que poner todo mi empeño para que me obedecieran. La tremenda fuerza ejercida me producía sudores. Mis miembros ya apenas me obedecían. En un supremo esfuerzo traté de limpiarme el sudor de la frente y el golpe que yo misma me propiné acabó despertándome.
