miércoles, 10 de noviembre de 2010

C A L A B A Z A S



Ahora, que estamos en otoño, tiempo de castañas (qué ricas al notar el frío de la calle saliendo del Metro), de frutos secos, de setas, de calabazas, de batatas y boniatos, me apetece poner aquí esta foto. Y, de paso, reivindicar como muy nuestra la costumbre de vaciar las calabazas por arriba, hacerles agujeros en la piel simulando ojos y boca y meter una vela dentro. Esto también se hacía con las sandías; eran tiempos de penuria y había que aprovecharlo todo, por eso utilizábamos las que ya estaban muy maduras y se habían quedado sin comer. Las calabazas, si había pocas, teníamos que preservarlas para la matanza, ya cercana. También es verdad que para nosotros, niños, era más fácil portar una sandía (a la que se le ensartaban unas cuerdas para llevarla) que una gran calabaza. Las cuerdas podían ser hechas con esparto o con juncia.

Por tanto, la costumbre de Halloween no tiene su origen en EEUU, como nos repiten continuamente, ya la teníamos aquí hace muchos años. Ahora se empieza a decir que es celta, pero nunca se cita que aquí, desde hace muchísimos años, se vaciaban las calabazas para los Santos y Difuntos. Me consta que por toda Andalucía, pero, aunque no me he puesto a investigar, también he oído testimonios de otras zonas de la península.



miércoles, 3 de noviembre de 2010

R O B O

El ejercicio era el siguiente: tenéis que imaginar que podéis quedaros con algo ajeno tranquilamente. Podéis robar, engañar, etc., con la seguridad de que nunca vais a ser descubiertos. A mí me salió lo que sigue:

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Alguna vez había soñado (¿o lo había pensado?) que me encontraba en la cueva de Ali Babá o, al menos, lo que yo imaginaba que sería esa cueva: una habitación repleta de cofres con todo tipo de joyas, piedras preciosas de todos los colores y tamaños y cientos, miles de monedas de oro tiradas por aquí y por allá, en completo desorden. Seguramente esa idea provenía de alguna ilustración perteneciente a alguno de los cuentos leídos en mi niñez.

Bueno pues ahora ese sueño se había convertido en realidad. Tenía todas esas joyas y monedas a mi alcance. No eran tantas ni tan brillantes, pero sí había una buena cantidad ofreciéndose en los cajones abiertos de aquella mesa antigua de despacho.

Nadie podía suponer que yo estaba en ese momento en esa habitación. La llave había llegado a mis manos de forma anónima y un tanto rocambolesca, así que si yo decidiera quedarme con un buen montón de monedas y “piedrecitas” nadie, nunca, pensaría en mí. Además, y muy importante, llevaba sitio de sobra para camuflarlas. Sí, decididamente me las llevaría conmigo.

Empecé a llenar la bolsa con decisión mas, a medida que se completaban suss recovecos, me empezaron a asaltar algunas dudas: ¿qué haría con todo eso? Estaba claro que tendría que convertirlo en dinero contante pero ¿cómo?, ¿adónde lo llevaría?

Nunca había hecho una gestión así, no sabía a quién dirigirme y lo más seguro es que dejara rastro. Ese rastro se haría bien visible y su conocimiento llegaría a oídos de mi familia, mis amigos, mis compañeros de trabajo… No, finalmente no podía hacer aquello. Comencé a vaciar la bolsa con parsimonia mientras seguía dándole vueltas al asunto. Siempre había sido un poco cobarde, además de pesimista. ¿Por qué tendrían que enterarse? ¿Por qué tendría que acabar mal? ¿Es que acaso no me podía salir algo bien alguna vez? Tenía que cambiar mi forma de pensar.

Lentamente volví a coger los puñados de monedas y gemas (ahora ya estaban mezcladas) y a introducirlas de nuevo en la bolsa, pero un hormigueo extraño empezó a agarrotarme los dedos y a subirme hacia las muñecas. Mis brazos de pronto se volvieron pesados, de manera que tenía que poner todo mi empeño para que me obedecieran. La tremenda fuerza ejercida me producía sudores. Mis miembros ya apenas me obedecían. En un supremo esfuerzo traté de limpiarme el sudor de la frente y el golpe que yo misma me propiné acabó despertándome.

sábado, 23 de octubre de 2010

LA CURIOSA COMITIVA


Esta mañana, cuando iba a ver si Néstor tenía cebolletas frescas para acompañar el cocido de mediodía, me he encontrado con una curiosa comitiva. Sorprendente por lo inusual. Habían sacado a pasear por el pueblo a los ancianos de la residencia. Nunca me había topado así con ellos. Todo lo más, me había encontrado a algún viejo acompañando a algún familar a tomar un café o, en alguna ocasión, también con algún mayor que se desenvolvía bien por sí mismo, tomando el sol en el puente o a la puerta de la residencia, sentado con otros ancianos, viendo los pocos transeúntes que circulan por esa calle. Es difícil ver a mujeres, supongo que la razón es que ellas, cuando deciden ingresar, ya no se pueden valer por sí mismas y permanecen siempre en el interior. El caso es que al desembocar en el callejón del chorro me topé con ellos. Unos iban en carrito, otros con muletas, otros andaban por su propio pie ayudados por familiares o por cuidadoras de bata azul. Los grupos eran de dos, tres, cuatro personas.
Me impresionó ver esas caras de aspecto blanquecino y deterioradas por la edad. Más impresionante cuanto que esas figuras ahora pálidas en extremo estaba habituada a verlas morenas de sol. Gente de pueblo que pasaba una buena parte de su jornada al aire libre. Alguna de ellas había dejado de verla hacía tiempo y mi sorpresa fue comprobar que aún seguían estando ahí.
Los habían sacado a dar una vuelta por el pueblo, su pueblo, para que vieran que, fuera, seguía existiendo la rutina del día a día pero tan diferente a la de dentro, ésta estaba llena de vida: el sol estrellándose contra la cal de las fachadas, los árboles, los pájaros, las voces de algún chiquillo. Ignoro si esto se hace con frecuencia pero nunca antes me había tropezado con ellos y me pareció una idea extraordinaria.

L U C A S





La joven embarazada se puso a buscar nombres desde los primeros meses de gestación. Iba confeccionando con parsimonia dos listas de los femeninos y masculinos que más le gustaban para elegir después con su pareja entre ellos. Para las niñas elegía nombres de dulce sonoridad y que a ella, cada vez que los pronunciaba, le recordaban murmullos de yerba fresca y agua clara deslizándose entre pequeños guijarros. Eran Rosalía, Eulalia.... En la columna de los masculinos elegía nombres de sonidos más rotundos y contundentes, como Jerónimo.

En la familia había un nombre que le gustaba mucho pero cuando pasaba cerca de algún parque infantil o cuando preguntaba cómo se llamaba el niño de tal compañera, amiga, familar, etc. siempre oía la misma respuesta. Era la época de los danieles y davides, los había (y los oía) con profusión. Además imaginaba los inconvenientes de que en una casa hubiera dos miembros con el mismo nombre, aunque uno fuera el padre y el otro el hijo.

La madre pensó que quizá cuando el niño creciera no iba a estar muy conforme con ese potente y sonoro nombre esdrújulo que a ella le sonaba tan bien (era consciente de que no estaba de moda), por eso quiso añadir otro corto y claro. Para completar las razones a favor de Jerónimo y el nuevo nombre, estaba la musicalidad (tan importante) formada por los dos nombres y apellidos. Eran dos subidas y bajadas. Ella todavía no sabía lo importante que sería la música en la vida del vástago. Así, cuando el crío nació fue inscrito en el registro como Jerónimo Lucas.

Cuando el niño creció y tuvo uso de razón le dijo a sus padres que su nombre le parecía sencillamente horroroso y les preguntó que cómo habían podido ponérselo. No importa, dijo la madre, para eso tienes otro. El otro me parece aún más horrible, fue la respuesta. Así que Lucas fue desapareciendo de los papeles que la madre tenía que rellenar: matrículas, carnets de la biblioteca, de fútbol, de la piscina, inscripciones en las competiciones de fútbol-sala, excursiones, campamentos y demás registros. Jerónimo Lucas pasó a ser Jerónimo L. Pero los amiguitos preguntaban por el significado de esa L y el niño pasaba vergüenza teniendo que confesar ese nombre espantoso. Como los compañeros notaban cuánto molestaba ese segundo nombrecito gastaban todo tipo de bromas al pobre chaval. Por eso, la L punto despareció de todo papel y se perdió su rastro. El niño prohibió a su madre que revelara a nadie que tenía un segundo nombre.

Más tarde, cuando ya era un jovencito, confesó en gran secreto a algún amigo íntimo esta "barbaridad", que servía de risas y bromas durante un buen rato, siempre en privado, claro. La L era totalmente desconocida fuera del círculo íntimo.

El joven creció y se convirtió en un hombre y la L siguió siempre a buen resguardo. Tuvo pareja y al cabo de unos cuantos años su compañera quedó embarazada. En los primeros meses se habló alguna vez de posibles nombres pero entonces como posibilidad remota. Más o menos hacia el quinto mes de embarazo, cuando ya se conocía que iba a ser varón, la madre de Jerónimo se atrevió a preguntar qué nombre pondrían a la criatura. Entonces supo que su nieto se llamaría Lucas.

jueves, 7 de octubre de 2010

ESCUELA DE ESCRITORES

Desde que hace aproximadamente un par de años experimenté la agradable sensación de ver cómo salía algo que me habían encargado cuando me puse delante de un papel, he ido escribiendo algunas cosillas que voy dejando aquí. Precisamente para intentar mejorar estas "entregas" y también, todo hay que decirlo, porque ahora dispongo de tiempo libre, he decidido hacer un curso de escritura.Tendrá una duración de tres meses y probablemente seréis cómplices de mis peripecias en él.
Ayer fue la primera clase y, una vez que el profesor se hubo presentado y explicado someramente cuál sería el objetivo del curso y qué temas tocaríamos nos pidió un sencillo ejercicio: nos dio cinco minutos para escribir en una hoja de papel las cosas que nos gustaban. Sólo nos hizo unas cuantas indicaciones: teníamos que empezar todas las frases por "me gusta...", debíamos ser concretos, no valían frases del tipo "me gusta la bondad, la belleza, etc." y podía no tener relación una cosa con la anterior, no seguir ningún orden; es decir, podíamos escribir lo primero que se nos pasara por la cabeza, "me gusta el cielo azul en primavera" podía ir al lado de "me gustan los callos con garbanzos".
A mí, en momentos así, me gusta dar libertad absoluta a mi mente y dejarla vagar a su libre albedrío, yendo de la ceca a la meca,y nada de elegir cosas que me hagan quedar bien sino, eso, lo primero que se me ocurra. Por supuesto que siempre estás condicionado en estos momentos. Yo lo estaba aquella tarde por mi viaje desde Toledo, por el sol que me había dado en la cara mientras me tomaba un café haciendo tiempo en la glorieta de Bilbao, por el ambiente de ese momento en la habitación donde nos encontrábamos, etc., etc. En otra ocasión, otras circunstancias, estoy segura de que hubieran aflorado cosas muy diferentes. Estas son algunas de las cosas que me gustan, por supuesto, pero no son las que más, aquí van, esto es lo que me salió:

- Me gusta comer pipas y masticar chicle
- Me gusta ir calzada con zapato cómodo
- Me gusta sentir el sol del otoño en la cara
- Me gusta coger un libro y que me cueste trabajo dejarlo
- Me gusta usar ropa con bolsillos
- Me gustan los bolsos que tengan compartimentos
- Me gustan que vengan mis hijos a casa, sobre todo inesperadamente.
- Me gusta que me llamen o escriban mis amigos y me cuenten muchas cosas.
- Me gusta saber cosas de mis hijos, qué leen, qué escuchan, qué películas ven y qué hacen con sus amigos.
- Me gusta dormir por la mañana hasta tarde, cosa que casi nunca consigo.
- Me gusta tomar café cuando me levanto de descansar después de comer.
- Me gusta probar comidas que no conozco.
Ni que decir tiene que todo esto era una excusa para hablar de la redacción, de la ESCRITURA.

jueves, 30 de septiembre de 2010

A V I O N E S

Hoy me he encontrado a un amigo que me ha dicho que está harto de abrir mi blog para ver si hay algo nuevo, sin resultados. "La gente va a dejar de mirar, te lo advierto; se van a olvidar de ti" No es que tenga demasiado interés en que miréis mis notas pero ese comentario me ha servido de acicate para vencer la pereza y encontrar un momento para ponerme aquí. Os hablaré de algunas anécdotas ocurridas en viajes en avión.

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La monotonía más o menos ordenada del devenir diario la rompen los viajes. Hoy día, el que más y el que menos hace unos cuantos a lo largo del año. Pueden ser cortos o largos, con más o menos riesgo, aburridos, monótonos, lejanos, próximos, entretenidos, románticos, interesantes, azarosos, exóticos, culturales, etc., pero todos tienen en común que rompen -lo decía al principio- la rutina del día a día.

Deja uno su lugar habitual de residencia y se marcha a ver otros paisajes, otras gentes, con otras temperaturas, otras costumbres. Si el viaje es en avión la mezcolanza empieza ya en el aeropuerto. Últimamente he observado que hay una especie de competición para ver quién va vestido de forma más estrambótica y desastrosa, sobre todo si es verano pues, con la excusa del calor, parece que todo estuviera permitido. Y no lo digo sólo por nosotros, ocurre también con otras nacionalidades aunque creo que, a más occidentalización, más rarezas.

Este verano he tenido que pisar el aeropuerto para hacer un viaje corto, dentro de la península. Mientras esperábamos para embarcar (yo estaba con mi hermano en ese momento), pasó una pareja de conocidos que yo no vi. Ellos a mí sí pero no se detuvieron porque me vieron emparejada y no era mi acompañante habitual ¡qué prudentes! Unos pasos más adelante se tropezaron con mi hombre y entonces, más tranquilos, lo saludaron a él y luego vinieron hacia mí. No saco a colación este viaje por esta anécdota, sino por la que viene a continuación. Estábamos a últimos de agosto y los controladores amagaban con la huelga. En la práctica no la hacían pero, de hecho, los retrasos eran cosa común. Así, cuando subimos al avión media hora más tarde de lo previsto, nos comunicaron que aún teníamos que esperar, pues no había pista libre.
Al rato de estar sentados y cuando todavía el avión seguía en la pista, observo por la ventanilla que se aproxima hacia nosotros un vehículo articulado (son los utilizados para el transporte del equipaje pero desconozco su nombre) con un conductor y un copiloto. Como estos viajes low cost son tan desastrosos digo en voz alta a mis acompañantes:_ ¿Qué os jugáis a que estos empleados se creen que acabamos de llegar y vienen a descargar el equipaje? Ambos me miraron con sorna pero sin emitir opinión alguna; no hacía falta, sus rostros denotaban lo que estaban pensando: "¡Esta Maluca, siempre con sus cosas!" Los operarios, mientras, seguían aproximándose a la panza del avión y procedían a abrir la puerta. Yo ya no tenía visión porque estaban debajo de mi posición pero sus movimientos y ruidos así lo indicaban. Al rato, uno de los operarios que estaba encima del vehículo (al otro no lo veía) saca una silla de ruedas perteneciente a una señora impedida que había sido de las últimas en subir. Será eso, pensé, la habrán subido por error y la señora la habrá reclamado para dejarla en tierra. Seguí observando y comprobé con asombro cómo, en efecto, procedían a vaciar el avión de maletas. Nuevamente lo comento con mis acompañantes y vuelven a mirarme con ojos de incredulidad, a pesar de que estaban viendo ya lo mismo que yo. Ni corta ni perezosa me levanto y voy a avisar de lo que pasaba al azafato.
-Es imposible, me dice.
-Sí lo es, mírelo usted mismo y lo llevo a una ventanilla de una fila de asientos que tuvimos que dejar libre (igual ocurrió a la vuelta, la próxima vez preguntaré la razón) y sin dar crédito a lo que estaba viendo se lanzó rápidamente a llamar por teléfono. Los del transporte seguían su labor: uno dentro sacando los equipajes, el otro fuera colocándolos en las vagonetas articuladas. Cuando llevaban la mitad de su tarea realizada, uno de ellos echa mano del teléfono y, tras unos segundos de charla, reemprende la operación esta vez en sentido contrario, introduciendo otra vez los equipajes dentro del avión.
Si no llego a mirar por la ventanilla y no hubiera avisado con tanta decisión, el avión hubiera viajado con pasajeros, pero sin equipajes. Nosotros, de todas formas, viajábamos con equipaje de mano. Esto pasa por viajar en vuelos baratos, nos dijimos, pero entonces recordé otra anécdota terrible, esta vez en una compañía de prestigio, Air France. Volvíamos a Madrid desde París y tomamos un vuelo que continuaba, después de la escala en Madrid, hacia un aeropuerto con destino en un país sudamericano, no recuerdo bien si Argentina, Chile o algún otro. Por esa razón la inmensa mayoría de los viajeros éramos castellanoparlantes. A pesar de eso nos teníamos que tragar toda la perorata que sueltan los altavoces en inglés, francés y, por último, español. Como soy curiosa, me gusta ir comparando los distintos idiomas: cómo se dice tal cosa en francés, cuántas cosas pillo en inglés, etc. Todo eso si logro vencer el malhumor que me produce la carrerilla que coge ahora esta gente leyendo: parece un concurso de velocidad, no importa que nadie se entere de nada, lo importante es cuántos segundos puedes ganar: absurdo lo mires por donde lo mires; se supone que si te dan alguna noticia por el altavoz es porque es importante que lo comprendas, no para que admires la velocidad y el atropello del parlante.

Así seguimos durante todo el viaje y sin variación, todas las informaciones seguían la misma norma: primero en inglés, luego francés y, por fin, español. Pero, de pronto, cuando llevábamos unos veinte minutos de vuelo, un anuncio nos heló la sangre a todos: había problemas en el avión, cuando nos fuera indicado teníamos que estar preparados para abandonarlo sin recoger siquiera nuestros bultos de mano ni pertenencia alguna. La voz nos pedía que siguiéramos atentos a la espera de instrucciones. Todo el mundo se miraba horrorizado. La gente se tomaba las manos y se miraba casi despidiéndose. Mi compañero de asiento también lo hizo: los niños... me dijo. Yo lo tranquilicé enseguida: se han equivocado, no temas, le dije con una sonrisa que intentaba hacer desaparecer el pánico. Pero la gente que nos rodeaba empezaba a hablar cada vez más alterada y las caras reflejaban angustia así que, también esta vez, pulsé el botón de llamada a la azafata. Esta vino rápidamente: Oui madame? Sabe usted lo que dice la cinta que nos acaban de poner en español? No, lo sentía, ni ella ni nadie de la tripulación sabía español. Inaudito. Le dije lo que acabábamos de oir y tranquilamente me contestó que seguramente su compañera se había equivocado al elegir la grabación.

Cuando hubo pasado el susto, mi compañero me preguntó por qué estaba tan tranquila y tan segura de que se habían equivocado. Muy fácil, le dije. La grabación sólo estaba en español cuando todas las anteriores las habían emitido en los tres idiomas y además las azafatas seguían con los preparativos del almuerzo como si tal cosa. Eso no se hace ante una catástrofe inminente.



domingo, 12 de septiembre de 2010

V U E L T A DE V A C A C I O N E S



Como este bloc de notas (eso es lo que es) lo leen sólo mis amigos, escribiré aquí a todos ellos mi carta de salutación después del verano. Éste ha sido largo e intenso, muy distinto para mí al de otras ocasiones, aunque sólo sea desde el punto de vista de la extensión. También y, lo más importante, es mi último verano de vacaciones. Me explico: no tendré que volver al trabajo. Supongo que empezaré a ser consciente de ello dentro de un tiempo, de momento, precisamente porque he estado de vacaciones, no me he percatado siquiera.
Gran parte de estos dos largos meses, casi tres, la he pasado por mi tierra, Los Pedroches, y una parte en la playa del sur que más visito y que más me gusta, Punta Umbría. Pero también he hecho una escapada entre medias a Madrid y a Toledo y otra un poco más larga al país vecino, Francia.
Así pues en mi pueblo he disfrutado de los amigos (los de antes, de ahora y de siempre) y de la familia, de la feria, de la piscina y de los paseos. Y en Punta y en Francia, también ha sido familiar la cosa (no podía serlo más, se trataba de una boda). Así que también familia, playa, paseos, restaurantes... y sobre todo charla.
En mi pueblo he tomado mojitos con los amigos, en la feria y después, en noches más tranquilas; he fotografiado muchas cosas, muchas, entre ellas los paisajes de siempre, las golondrinas posadas en mi ventana bien temprano, los tomates, en casa y en las cajas en el mercado; los he disfrutado de mil maneras aunque tratándose de esa clase sonrosada de piel finísima de por allí, pocos aditamentos necesitan.
He visto La Vaquera de la Finojosa en su lugar, Hinojosa del Duque, por supuesto y también La Posadera, de Carlo Goldoni, en El Guijo. He leído Una mañana perdida de Gabriela Adamesteanu. He tomado salmorejo en el albergue y también en El Volao y en ambos sitios buen jamón. He disfrutado enormemente con los baños de mis nietas, en la piscina y en el mar. He comprado en el mercado de Punta la mejor gamba blanca de Huelva del verano, cocida por mí y también allí he comido los langostinos más grandes, frescos y de piel más dura, cocinados por mi cuñado Chor con un perfecto punto de sal. Tenían la piel atigrada y brillaban como si fueran de plástico. Los recordaré durante un tiempo, quizá hasta el próximo verano. He conducido durante algunos kilómetros y he sido conducida durante bastantes más. He contemplado dos veces una luna grande, plena y maravillosa cuyo curso he ido siguiendo noche a noche. Por cierto la minúscula rayita creciente del día 10 en Conquista era para quedarse embobado un rato.
He limpiado el patio delantero de mi casa, ese que nunca se limpia, he pintado la valla, la reja y he podado con unas tijeras que apenas podía sujetar el tilo, la madreselva y los rosales. Tres horas de dos personas sólo separando y quemando restos... sin saber que la temperatura iba a alcanzar tan altas cotas .
He saludado a gente que hacía tiempo que no veía, he ido al mercado de Villanueva al que me encanta ir, sobre todo desde su remodelación; allí he comprado un pollo de corral de los de antes y también una merluza fresquísima (que sí, que sí) a Juan, el pescadero, exalcalde y, por supuesto, he comido churros en El Lagarto y en la calle principal de Punta. He visto a los hermanos Vigorra, cada uno en su pueblo natal. He discutido de política (o eso parecía, la conversación no seguía mucha lógica) con mis primos. He tomado cervecitas frías con Pedro y Ana debajo de su parra y con Mª Carmen y Manuel Eugenio en la terraza de mi casa alquilada. He disfrutado una larguísima sobremesa con mis cuñados en El Foreño, un lugar paradisíaco, tanto que llegamos a ver la puesta de sol, era difícil arrancar. Terminamos con huevos fritos con papas como cena.
He vaciado y llenado varias veces más de un frigorífico. Aunque llevaba pensado no hacerlo, una vez más no he podido resistir la tentación de coger alguna concha: tienen unos colores y unas formas tan caprichosas... También he probado los pelusos y los cagajones (tenías razón Edmundo).
Me han escaneado mi nervio óptico en la clínica de La Moncloa, he visto algún bodrio de película que ni siquiera merece ser citado y he visto con gozo niños con playeras en una boda . Todo eso y mucho más que no cito porque ya estaréis suficientemente aburridos, caso de que hayáis tenido la paciencia de leerme hasta aquí.
Y entre las cosas que me han faltado citaré sólo algunas: no he probado el conejo de Isabelo (aún sigue congelado), no he visto a Juan Rey en Rosas, y no he terminado de leer Piezas en fuga de Anne Michaels, también lógicamente se han interrumpido algunas relaciones epistolares electrónicas..., a cambio he disfrutado de todas las cosas que os cuento y de algunas que no cito.
Y como es una carta, no puedo terminar de otra manera: besos para todos.