Hoy, a pesar de llevar varios días en la playa, ha sido mi primer baño. No es que no haya hecho antes intentos, que sí, pero el agua está fría, muy fría. Es lo que tiene el Atlántico y, aunque es algo más cálido que en el norte, el cuerpo se tiene que habituar. Luego, en los meses centrales del verano, es otra cosa.
En la misma orilla, el agua me engaña: está fresquita, pero cuando llega a la altura de la rodilla, el paso decidido que llevaba empieza a ralentizarse. Por fin tomo impulso y avanzo. Noto que el agua me va cortando allí donde me alcanza pero me he decidido, así que
no me queda más remedio que aguantar. En cuanto hay un poco de profundidad me lanzo y doy algunas brazadas. Es lo mejor: no pensarlo y moverse rápido. Al cabo de un rato ya no me parece tan fría y disfruto de un baño casi en solitario.
La salida es igualmente fría. Sólo tengo un pareo para cubrirme (había salido a pasear mi hora diaria) y cuento 120 pasos de arena blanca, lisa, dura y mojada hasta llegar a él.
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lunes, 20 de junio de 2011
domingo, 12 de septiembre de 2010
V U E L T A DE V A C A C I O N E S
Como este bloc de notas (eso es lo que es) lo leen sólo mis amigos, escribiré aquí a todos ellos mi carta de salutación después del verano. Éste ha sido largo e intenso, muy distinto para mí al de otras ocasiones, aunque sólo sea desde el punto de vista de la extensión. También y, lo más importante, es mi último verano de vacaciones. Me explico: no tendré que volver al trabajo. Supongo que empezaré a ser consciente de ello dentro de un tiempo, de momento, precisamente porque he estado de vacaciones, no me he percatado siquiera.
Gran parte de estos dos largos meses, casi tres, la he pasado por mi tierra, Los Pedroches, y una parte en la playa del sur que más visito y que más me gusta, Punta Umbría. Pero también he hecho una escapada entre medias a Madrid y a Toledo y otra un poco más larga al país vecino, Francia.
Así pues en mi pueblo he disfrutado de los amigos (los de antes, de ahora y de siempre) y de la familia, de la feria, de la piscina y de los paseos. Y en Punta y en Francia, también ha sido familiar la cosa (no podía serlo más, se trataba de una boda). Así que también familia, playa, paseos, restaurantes... y sobre todo charla.
En mi pueblo he tomado mojitos con los amigos, en la feria y después, en noches más tranquilas; he fotografiado muchas cosas, muchas, entre ellas los paisajes de siempre, las golondrinas posadas en mi ventana bien temprano, los tomates, en casa y en las cajas en el mercado; los he disfrutado de mil maneras aunque tratándose de esa clase sonrosada de piel finísima de por allí, pocos aditamentos necesitan.
He visto La Vaquera de la Finojosa en su lugar, Hinojosa del Duque, por supuesto y también La Posadera, de Carlo Goldoni, en El Guijo. He leído Una mañana perdida de Gabriela Adamesteanu. He tomado salmorejo en el albergue y también en El Volao y en ambos sitios buen jamón. He disfrutado enormemente con los baños de mis nietas, en la piscina y en el mar. He comprado en el mercado de Punta la mejor gamba blanca de Huelva del verano, cocida por mí y también allí he comido los langostinos más grandes, frescos y de piel más dura, cocinados por mi cuñado Chor con un perfecto punto de sal. Tenían la piel atigrada y brillaban como si fueran de plástico. Los recordaré durante un tiempo, quizá hasta el próximo verano. He conducido durante algunos kilómetros y he sido conducida durante bastantes más. He contemplado dos veces una luna grande, plena y maravillosa cuyo curso he ido siguiendo noche a noche. Por cierto la minúscula rayita creciente del día 10 en Conquista era para quedarse embobado un rato.
He limpiado el patio delantero de mi casa, ese que nunca se limpia, he pintado la valla, la reja y he podado con unas tijeras que apenas podía sujetar el tilo, la madreselva y los rosales. Tres horas de dos personas sólo separando y quemando restos... sin saber que la temperatura iba a alcanzar tan altas cotas .
He saludado a gente que hacía tiempo que no veía, he ido al mercado de Villanueva al que me encanta ir, sobre todo desde su remodelación; allí he comprado un pollo de corral de los de antes y también una merluza fresquísima (que sí, que sí) a Juan, el pescadero, exalcalde y, por supuesto, he comido churros en El Lagarto y en la calle principal de Punta. He visto a los hermanos Vigorra, cada uno en su pueblo natal. He discutido de política (o eso parecía, la conversación no seguía mucha lógica) con mis primos. He tomado cervecitas frías con Pedro y Ana debajo de su parra y con Mª Carmen y Manuel Eugenio en la terraza de mi casa alquilada. He disfrutado una larguísima sobremesa con mis cuñados en El Foreño, un lugar paradisíaco, tanto que llegamos a ver la puesta de sol, era difícil arrancar. Terminamos con huevos fritos con papas como cena.
He vaciado y llenado varias veces más de un frigorífico. Aunque llevaba pensado no hacerlo, una vez más no he podido resistir la tentación de coger alguna concha: tienen unos colores y unas formas tan caprichosas... También he probado los pelusos y los cagajones (tenías razón Edmundo).
Me han escaneado mi nervio óptico en la clínica de La Moncloa, he visto algún bodrio de película que ni siquiera merece ser citado y he visto con gozo niños con playeras en una boda . Todo eso y mucho más que no cito porque ya estaréis suficientemente aburridos, caso de que hayáis tenido la paciencia de leerme hasta aquí.
Y entre las cosas que me han faltado citaré sólo algunas: no he probado el conejo de Isabelo (aún sigue congelado), no he visto a Juan Rey en Rosas, y no he terminado de leer Piezas en fuga de Anne Michaels, también lógicamente se han interrumpido algunas relaciones epistolares electrónicas..., a cambio he disfrutado de todas las cosas que os cuento y de algunas que no cito.
Y como es una carta, no puedo terminar de otra manera: besos para todos.
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