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miércoles, 16 de enero de 2013

...Y OTRA VEZ AL SUR

De nuevo, viajo a Andalucía. Son ya incontables esos trayectos, tengo la sensación de que toda la vida he estado haciendo eso: bajar al sur, subir después hacia el norte, a Madrid, Albacete, Toledo... Pero cada vez es distinto. En primer lugar, depende de la época del año. Esta vez ha sido a mediados de enero y, en esta época, hacía tiempo que no viajaba. Durante muchos años lo he hecho para pasar el fin de año pero hace algún tiempo que me quedo en casa para esas fechas. En esta ocasión, una vez más, he visitado mis dos lugares más frecuentados: el norte de Córdoba -mi pueblo- y el sur de Huelva -la costa-.

En cada viaje los placeres se renuevan y no por conocidos dejan de sorprenderte: el olor a leña de encina quemándose en la candela, oír crotorar a las cigüeñas sin llegar a verlas, contemplar la inmensa dehesa entre brumas y un gris que cubre cielo y tierra. Después, cuando la neblina va subiendo y se van dibujando las copas de las portentosas encinas, distingues también el aleteo de las zancudas en su atalaya y las cuentas para ver cuántas han venido este año.




La niebla se va retirando poco a poco, aunque todavía no deja ver la profundidad de la dehesa.




El pueblo huele a humo y a especias de matanza. Dicen que el letrero puesto en las columnas de los bares y que reza "Se hacen matanzas a domicilio" ha sido fotografiado y subido a internet por un sorprendido turista accidental.

La estancia ha sido breve pero suficiente para calmar la retina y el espíritu. Antes de dejar la dehesa, paramos en Cardeña para tomar un café en Casa Lucas, bar de la plaza con más de setenta años de antigüedad y convertido ahora en restaurante.

Pasada Sevilla comprobamos que han terminado de perpetrar un crimen seguramente inevitable: han ampliado un carril de la autovía que la une a Huelva y han desaparecido las adelfas. Siempre me sorprendía y maravillaba esa ancha cinta multicolor serpenteante que humanizaba el asfalto y que luego ha sido tan copiada.

Los primeros azules
A medida que nos acercamos a la costa, observamos los paulatinos cambios: cada vez hay más naranjos, preñados en esta época del año, cada vez menos mares de pinos y más de plástico.

Pero también aquí hay renovación de placeres: la primera vista de la playa, los primeros azules, las primeras pisadas matinales en una arena virgen de huellas, el rumor incesante de las olas, el viento salino frotándose contra tu cuerpo en un abrazo envolvente. Comprobar cómo clarea la línea del horizonte, dando la razón a Carlos, mi maestro de pintura.


Línea del horizonte con Mazagón al fondo.
Arena virgen de huellas




En esta época del año sólo hay algunos paseantes despistados, algún deportista, alguna pareja curiosa y  buscadores de coquinas con los pies hundidos en el lugar donde baten las  olas. También a primera y última hora, pescadores sentados en la orilla sin perder de vista el posible movimiento de sus cañas clavadas en la lisa y mojada arena.
Y, por qué no, las primeras coquinas,  las primeras cigalas, vivas unas horas antes




Otra desagradable sorpresa: así eran las aceras de Mazagón.








Así van a quedar. No han sido capaces de preservar los magníficos pinos.




Testigo de la visita a la mayor de las tres carabelas de Colón, la Santa María. Sensación de angustia al pensar en qué cáscaras de nuez (eso sí, las naves más modernas de la época) se embarcaron para "descubrir las Indias"


También quiero dejar constancia de nuestros hallazgos micológicos, perfecta excusa en esta ocasión para visitar una, vez más, mi querido sur.









Mientras regresaba, con la sensación todavía del sol de enero en la cara  y el suave acento andaluz de mis queridos amigos resonando en los oídos, me pregunto qué hago yo viviendo lejos de aquí. 

lunes, 20 de junio de 2011

PRIMER BAÑO

Hoy, a pesar de llevar varios días en la playa, ha sido mi primer baño. No es que no haya hecho antes intentos, que sí, pero el agua está fría, muy fría. Es lo que tiene el Atlántico y, aunque es algo más cálido que en el norte, el cuerpo se tiene que habituar. Luego, en los meses centrales del verano, es otra cosa.

En la misma orilla, el agua me engaña: está fresquita, pero cuando llega a la altura de la rodilla, el paso decidido que llevaba empieza a ralentizarse. Por fin tomo impulso y avanzo. Noto que el agua me va cortando allí donde me alcanza pero me he decidido, así que
no me queda más remedio que aguantar. En cuanto hay un poco de profundidad me lanzo y doy algunas brazadas. Es lo mejor: no pensarlo y moverse rápido. Al cabo de un rato ya no me parece tan fría y disfruto de un baño casi en solitario.

La salida es igualmente fría. Sólo tengo un pareo para cubrirme (había salido a pasear mi hora diaria) y cuento 120 pasos de arena blanca, lisa, dura y mojada hasta llegar a él.