lunes, 17 de enero de 2011
SI ME PIERDO...
Hoy quiero hablar de gastronomía, pero no quiero daros ninguna receta, ni hablar de calorías, ni hacer ningún recopilatorio de ventajas nutritivas, ni enumerar especialidades regionales, ni nada de eso. Solo quiero hacer un pequeño comentario. Cuando se trate de picar, tapear, ir de cañas, de vinos, tomar algo más o menos en serio, cenar, comer, etc., etc., buscadme por el sur. Luego también me podéis buscar en Galicia y en general en toda la costa cantábrica. También en Cataluña, cómo no, y después en las dos Castillas y en el resto de regiones de España, incluídas las islas. Adonde no debéis ir a buscarme para estos menesteres (porque no estaré) es a la Comunidad Valenciana.
Quería encontrar la versión de El Pali pero no la he encontrado, así que pongo un enlace a unas antiguas de él y "Si me pierdo..." del Grupo Albero, de Alcalá de Guadaíra.
http://www.youtube.com/watch?v=vVYVRlS1YvY
http://www.youtube.com/watch?v=clJw0b5tB-o
domingo, 16 de enero de 2011
PINCELADAS SOBRE UN PAÍS (2)
Queridos alumnos: tal como os prometí el primer día en la clase de apertura, os voy a hablar un poco de mi país, España. No os voy a contar cosas que podréis encontrar en en los libros o en la red (número de habitantes, superficie, etc.) o, al menos, no todas las que podréis consultar, sino curiosidades que os pueden llamar la atención.
A España se la llama “la piel de toro”, precisamente porque su silueta tiene la forma de la piel extendida de este animal. Está situada al sur de Europa y se dice que es la puerta a dicho continente para los africanos. Al norte de España está situada Francia y, al oeste, Portugal. Es un dicho común en mi país decir que España vive de espaldas a Portugal y hay bastante razón en ello: en efecto, a pesar de formar ambos países la Península Ibérica, los españoles apenas conocemos a nuestros vecinos.
El clima, aunque varía mucho de las regiones del norte a las del sur, es continental, por tanto extremo, pero en la mayoría de las regiones gozamos de muchos días de sol. Esta razón y la cantidad de monumentos y obras de arte existentes hacen que recibamos millones de turistas a lo largo del año.
Una de las cosas por las que somos conocidos los españoles es por las corridas de toros. Aunque seguramente todos vosotros sabréis en qué consisten, lo explicaré brevemente: el toro sale a la plaza y enseguida se le empieza a hacer daño. Primero con una larga lanza que lleva un hombre a caballo y que lo deja gravemente herido, a continuación se le asaetea con unos instrumentos punzantes, las llamadas “banderillas”, para, al final, morir a manos del torero con una larga espada que introduce hasta el mango encima de su testuz. Hay muchos aficionados a este espectáculo llamado “fiesta” y no voy a negar su colorido y plasticidad.
Otra cosa muy típica nuestra es el flamenco, muy desconocido entre los mismos españoles. Esta forma de cante y baile se da sobre todo en Andalucía donde es muy valorado. Existe otro flamenco para consumo turístico que no tiene nada que ver con el auténtico.
Y, dejando aparte los “tipismos”, España está considerada un país moderno, europeo, que va por delante en muchas leyes y asuntos sociales.
En otra ocasión profundizaremos, si queréis, en estos y otros asuntos. Ahora, abriremos un minicoloquio, por si hay alguno de vosotros que quiera preguntar algo concreto.
jueves, 6 de enero de 2011
PINCELADAS SOBRE UN PAÍS (1)
Carmen, mohína, dejó las bolsas en el suelo y se acercó al buzón para ver si tenía correo. Le fastidiaba ese vano ejercicio de tener que cambiarse el bolso de mano, soltar momentáneamente lo que portaba en su derecha, sacar las llaves y abrir el buzón para encontrarse solo propaganda o, como mucho, alguna carta del banco. Llevaba días esperando respuesta a su solicitud de trabajo como profesora de español nada menos que al otro lado del mundo. A medida que pasaba el tiempo se convencía de la inutilidad de aquella ilusión: nunca la aceptarían, pero ¡caray, al menos podrían contestar!
Como era lunes, el buzón estaba rebosando de propaganda con todo tipo de ofertas. Los carteros comerciales debían hacer horas extras los fines de semana. Cogió todos los folletos arrugándolos con la mano izquierda mientras se dirigía a la papelera con gesto cansino. Entonces notó en medio de los papelotes algo con más cuerpo. Abrió la mano y dejó caer todo en la papelera para que quedara visible cuanto antes lo que podía ser aquello que notaba más voluminoso: la carta que esperaba con tanta ansiedad. Sí, sí, le habían contestado, vaya, al menos eran educados. Llamó al ascensor, recogió en un santiamén su carga y -sin saber cómo- aguantó sin abrir la carta hasta que no estuvo en su casa.
Le decían que la aceptaban. Su currículo era bueno y esperaban contar con ella a primeros del mes siguiente. Adjuntaban un contrato que debía devolver firmado. No se lo podía creer: qué suerte, pero qué suerte, se repetía.
Por fin cumpliría el sueño de viajar a Brisbane, Australia, aquel país lejano que tanto la atraía y que la haría olvidar todos los malos tragos pasados durante los últimos años: podría olvidar a Carlos (o intentarlo) y mostrarse ante sus padres como una mujer independiente, sin necesidad de pedir ayuda extra a fin de mes. Así, mataría dos pájaros de un tiro. Volvió a la enciclopedia y estuvo leyendo por enésima vez todas las noticias sobre la que sería su nueva ciudad. Miraba con avidez las fotos y los planos. Conocía ya de memoria la situación del aeropuerto, los meandros del Brisbane River e intentaba imaginar dónde estaría el colegio en el que tendría que trabajar, en qué barrio encontraría casa, cómo serían sus compañeros de trabajo…
En España estaba empezando el verano y había leído que allí casi todo el año hacía buena temperatura, así que puso en sus maletas toda la ropa de temporada que tenía en el armario. Se iría sin avisar, solo se lo comunicaría a sus padres, claro. A los amigos les escribiría desde allí dándoles la sorpresa. De pronto se sintió superior. Muchas veces la habían hecho sentirse pusilánime e indecisa y ahora disfrutaba con la idea de sorprenderlos. También la verían con otros ojos, quién sabe si con envidia o admiración. Pero con lo que se relamía de gusto era imaginándose la cara de Carlos cuando conociera la noticia. Entonces ella estaría ya lejos y suponía que estando a tantos kilómetros habría desaparecido, o al menos se habría apaciguado, esa tormentosa dependencia de sus noticias.
Encontró un vuelo bastante asequible y una semana más tarde estaba facturando sus maletas en el mostrador de Air New Zealand. Cuando desembarcó encontró esperándola a un empleado del colegio, con el típico cartelito en el que ponía: Ms. Martinez. Él se ocupó de trasladarla al hotel y le proporcionó todo tipo de información sobre posibles alquileres, además de brindarse a ayudarla en todo lo que necesitara. La acogida no había podido ser mejor. No se sentía nada extraña, tenía la sensación de estar en cualquier ciudad cerca de la suya. La desazón que la había preocupado desde que recibió la carta, estaba empezando a desaparecer.
También comenzaba a sentir lejano a Carlos ¡por fin! Unas semanas sin noticias suyas habían sido un martirio y en cambio dos días fuera del país estaban surtiendo el efecto deseado. La aventura que la había mantenido los dos últimos años pendiente del correo, del teléfono, empezaba a dar señales de flaqueza: podría olvidarlo.
Camino del hotel, John le iba dando todo tipo de explicaciones; no era un simple empleado del colegio, como había entendido al principio, sino que, además de formar parte de la junta directiva y hacer las veces de secretario, impartía Literatura Inglesa: vaya, se complementaban, pues su asignatura de Lengua Española o “Español” incluía un apartado de literatura. John le narró en pocas palabras su corta historia en el colegio. Hacía solo tres cursos que se había incorporado. Mientras el coche avanzaba despacio, le iba dando explicaciones de los sitios por donde pasaban y, a veces, él mismo se quedaba mirando demasiado tiempo lo que le mostraba. Le divertía su parsimonia y al mismo tiempo le preocupaba la conducción tan desenfadada.
Cuando se despertó a la mañana siguiente fue la primera vez en mucho tiempo en que el recuerdo de Carlos no apareció de inmediato. ¿Cómo había podido soportar a un tipo tan egoista? Se veían cuando a él le venía bien. Entonces, es verdad, se dedicaba a ella por entero, pero después volvía a desaparecer durante días y, si alguna vez ella lo llamaba, tenía la habilidad de hacerla sentir inoportuna. Bah, ahora sí podría olvidarlo. Una vez más, como había hecho en infinidad de ocasiones, empezó a enumerar mentalmente las desventajas de aquella relación para convencerse de su inconveniencia. Esta tarea, que ella se imponía para darse seguridad y sentirse menos vulnerable, había resultado siempre inútil, pero ahora los argumentos tomaban cada vez más fuerza y, además, se dijo para sí y como colofón: ni siquiera era buen amante.
Carmen había identificado la salida de España con la ruptura con Carlos. La única solución que se le ocurría ante la opresión y la asfixia que sentía cuando no conseguía quitarse de la mente la presencia de éste, era abandonar el país, yéndose lejos, muy lejos. Por eso vio el cielo abierto cuando encontró aquel anuncio: el trabajo que más le gustaba, en el continente que más la atraía.
A medida que se enfrascaba en esta nueva aventura que la ilusionaba, la mantenía viva, despierta, pendiente de mil asuntos, se iba olvidando de la otra historia cuyo principal motivo de preocupación era estar pendiente de que sonora el dichoso teléfono.
A Carlos tardó en olvidarlo menos de lo que había imaginado. John resultó un joven encantador y estuvo ayudándola durante todo el mes hasta dejarla bien instalada en un apartamento próximo al suyo y cerca, a su vez, del colegio. John era joven, activo, desenfadado y muy divertido. Todo lo contrario de Carlos, mayor que ella, divorciado y con gesto siempre adusto, aunque educado. Cuando se acordaba de cómo la había hecho sufrir sentía una euforia interior y un alivio que le dejaba los músculos relajados, se sentía flotar.
La ciudad era imponente, necesitaría varios años para descubrirla, a pesar de haber leído tantas cosas sobre ella. Se había confeccionado unos apuntes con unos cuantos datos: un poco de historia, temperaturas, economía, y ahora, en su segundo día de clase, se sorprendía llevando unas notas sobre su propio país. Resulta que tenía que hablar de lo que quería olvidarse a toda costa. Tuvo que hacer un esfuerzo para distanciarse y ponerse en la piel de alguien que no ha oído hablar nunca o casi nunca de un lugar.
El día anterior, el primero, una vez hechas las presentaciones de rigor, y para romper un poco el hielo con sus alumnos, les planteó que eligieran ellos el asunto sobre el que tratarían en su primera clase. A los alumnos les había llamado la atención su nombre y su país de origen, España, y querían saber cosas sobre ese país. Pero ¿qué cosas les interesaban? Pues harían lo que se llama una tormenta de ideas (brainstorming), pero, en vez de cantarlas de viva voz, cada uno escribiría aquello que más le llamara la atención o le produjera curiosidad. Cuando todos hubieron terminado y clasificaron los diferentes aspectos que querían tocar, comprobó con horror cómo predominaba la palabra “toro”.
No solo tenía que hablar del país del que quería olvidarse, sino también habría de tocar un tema que no le atraía en exceso (siempre había encontrado incomprensión por parte de Carlos al respecto) y que, la mayoría de las veces, cuando surgía entre sus amigos, acababa en bronca pues, indefectiblemente, terminaba apareciendo el maltrato animal.
Mientras preparaba en casa las palabras que dirigiría al día siguiente a sus alumnos, comprendió varias cosas a la vez: que adoraba su país, España, que ya lo echaba un poco de menos y que a Carlos lo notaba lejano. Tanto, que ya no le dolía pensar en él. Podía recrearse en su pensamiento, enumerar mentalmente sus defectos sin la disciplina de recurrir a la lista e, indefectiblemente, ya nunca tendría que unir su ciudad, su país a él. Elaboró un pequeño texto con los temas que habían salido en la brainstorming y que le serviría posteriormente para empezar a analizar algunas frases desde el punto de vista gramatical.
Carmen disfrutó confeccionándolo. Carlos no acudió ni una sola vez a su pensamiento.
lunes, 27 de diciembre de 2010
SIGNOS DE PUNTUACIÓN
He dejado guión y ésos y aquéllos con acento pues en aquel momento todavía la Academia no había dictado sus normas ni sobre el primero ni sobre los pronombres.
Considero este articulillo-ejercicio "de interés general". Intentadlo, es divertido :))
La joven madre gestante empezó a buscar nombres para bebé desde los primeros meses de embarazo, teniendo en cuenta siempre, por supuesto los gustos de su pareja; a ella le gustaban aquéllos que tenían “olor a pueblo”: los que había oído en su infancia y le recordaban el olor a candela, a cortijo, a la cámara de su abuela, pero… ¡a lo mejor ésos no eran del agrado de su compañero!, ¿o sí? En todo caso (antes de planteárselo abiertamente), tendría que tantearlo.
viernes, 17 de diciembre de 2010
UN VERANO
Alberto bajó a la calle en mangas de camisa. Mediaba septiembre, había empezado a refrescar y el cielo, de un gris oscuro, amenazaba lluvia. Sintió el aire fresco nada más salir del portal y pensó que tenía que haber cogido algún jersey, pero no se había querido parar porque regalaban una película de Cuerda con el periódico y no quería que se agotara. Enseguida notó las primeras gotas. Eran unos goterones gruesos y pesados que empezaron a caer espaciados, pero pronto tomaron un ritmo creciente, hasta molestarle en su incipiente calva. Decidió volver a casa para coger el paraguas y ponerse algo de abrigo.
Vivía solo desde hacía bastantes años. El destino quiso respetar los tiempos y esperó para llevarse a su madre hasta que estuvieron instalados en aquel piso, pequeño pero suficiente para los dos. Además, había encontrado su primer trabajo. Fue inmediatamente después de cumplir sus servicios para la comunidad como objetor de conciencia.
A partir de ese momento tuvo que aprender muchas cosas. Cosas sencillas que a él antes, en vida de su madre, ni se le ocurrían: guardar la comida en el frigorífico, tener la precaución de poner de vez en cuando la lavadora para no encontrarse sin calcetines limpios o llevar los pantalones al tinte, pues, aunque también había aprendido a planchar, no había forma de conseguir que la raya quedara derecha. Con los vaqueros en cambio daba gusto, pero, claro, esos solo podía usarlos los fines de semana. Al banco debía llevar traje y corbata.
Todas esas cosas, de las que antes se ocupaba su madre, las fue aprendiendo poco a poco. Algunas por intuición, otras oyendo a sus compañeras de trabajo a la hora del café y otras viéndolas hacer –ahora sí se fijaba- a alguna de las chicas que, de tarde en tarde, subían a su casa. Más de una se había quedado solo un rato, aunque la mayoría pasaba allí la noche. Solo en un par de ocasiones hubo una convivencia más larga, pero, al final, la cosa no funcionaba y la mujer de turno volvía a desaparecer. Hasta que encontró a Marta.
Este año, por problemas laborales, se había visto obligado a tomar las vacaciones en junio y eligió una playa del norte, al lado del pueblo de un antiguo compañero y amigo, Andrés. Marta era vecina de Andrés y maestra. La conoció el primer día que visitó a su amigo: los encontró a ambos en el jardín de la entrada. Enseguida surgió algo entre los dos. Estaba terminando el curso, así que, cuando a él se le agotó el mes de vacaciones, se volvieron juntos a Madrid. El verano pasó volando. Alberto no notó ni el agobio ni el bochorno de otros veranos. Jamás hubiera imaginado que esos meses de calor en su ciudad y trabajando pudieran transcurrir de forma tan placentera. Apenas salían de casa; solo los fines de semana subían a la sierra. A ella le gustaba dar largos paseos aunque él, la verdad, acababa un poco extenuado. Con ella descubrió árboles, arbustos y todo tipo de plantas cuya existencia, antes, le había pasado desapercibida. Cuando volvían después de cenar, traían con ellos en el coche algún manojo de yerbas aromáticas. Otras veces eran flores silvestres que Marta ponía nada más llegar en un florero con agua, aunque, como no solían aguantar, había que tirarlas al día siguiente.
Cuando Marta cogió el autobús para volver a su casa, dejó, junto al olor de todas esas yerbas, el suyo propio. Si él hubiera imaginado por un momento el accidente, no la habría dejado ir. Por fin había encontrado a una mujer que lo llenaba –habían hecho planes de futuro- y la perdió de pronto en una curva tonta del camino. Se sintió más huérfano que nunca.
En todas esas cosas iba pensando mientras subía las escaleras. Bueno, mientras subía las escaleras y a todas horas. La verdad es que estos quince días sin ella habían sido los peores de su vida.
Alberto abrió el armarito de la entrada, cogió el paraguas y una cazadora ligera que se había quedado colgada en la percha desde que deshizo la maleta, al volver de la playa. Metió la mano en el bolsillo izquierdo y, durante unos segundos, Marta volvió a estar con él, allí y en su jardín, en el campo y en todos los paseos que dieron juntos. El romero seco se había quedado en los bolsillos desde que ella se lo dio aquella primera tarde de junio. Seguía conservando todo su aroma.
viernes, 10 de diciembre de 2010
CARTA (IMAGINARIA) AL DIRECTOR
Señor director:
Aunque sé muy bien que esta carta no va a servir de nada, deseo enviársela. También sé que usted no la publicará, pero aun así, no quiero dejar de comunicarle una vez más (es mi quinto escrito con el mismo argumento y su misma no-respuesta) mi protesta por que ustedes sigan publicando anuncios sobre sexo.
Comprendo muy bien que les resulte difícil prescindir de los ingresos que proporciona esta publicidad, a pesar de los beneficios obtenidos por su periódico. Sigue extrañándome que un medio tan prestigioso como el suyo no reaccione ante resoluciones como el Plan contra la Trata, o la decisión tomada recientemente por la Secretaría de Medios de Comunicación de “no insertar nunca más anuncios de contactos en las páginas de ningún medio escrito”, anuncios que no son otra cosa que publicidad para la compra-venta de sexo.
Resulta hipócrita que, por un lado, su diario defienda los derechos de la mujer y, por otro, fomente la prostitución y la trata. Además, este tipo de anuncios utiliza un lenguaje obsceno, denigrante y vejatorio para la mujer, amén de que puede caer en manos de menores, ya que está al alcance de cualquiera.
Me gustaría mucho ver publicada esta carta, pero me gustaría aún más dejar de ver la citada publicidad en su periódico.
Le saluda atentamente
jueves, 2 de diciembre de 2010
P A I S A J E S
EL CAMINO
El camino de tierra a veces se acerca al arroyo que transcurre paralelo y sigue, aproximadamente, su mismo recorrido. Son las huellas del ferrocarril de vía estrecha que hubo en tiempos y que tuvo una vida no demasiado larga: unos cincuenta años del siglo pasado. Ahora, cuando hace más de treinta que sus últimas traviesas desaparecieron, es utilizado por la gente del pueblo fundamentalmente mujeres para pasear. A veces es transitado por alguna piara de cerdos o un rebaño de ovejas. Otras, algún vehículo de motor se atreve a recorrerlo. Cuando llueve se forman charcos en sus partes más blandas. Sólo quedan secas, sobresaliendo, las zonas de arenisca dura. La dehesa verdea a su alrededor, ya desde octubre, con las primeras lluvias. Qué diferencia con el verano, cuando el color dominante es el amarillento de los pastos.
LA LLANURACarmen había pasado sólo tres años en aquella ciudad y nunca imaginó que se le iba a quedar tan adentro al dejarla. Mientras se alejaba en el coche, que rodaba a una velocidad estable por la recta y tranquila carretera, sintió por primera vez el influjo que ese paisaje sereno había ejercido sobre ella. Nunca antes se había parado a pensarlo, pero ahora, al notar las pequeñas punzadas, comprendió que esas llanuras inacabables la habían calado más de lo que creía.
Delante, a través del parabrisas, una planísima extensión, horizonte y cielo infinitos. Luz a raudales. Las gafas de sol eran una buena excusa para no dejar ver sus ojos húmedos. De vez en cuando un árbol, un caserío, únicos impedimentos al torrente de luminosidad. Más de tarde en tarde, algún campo de maíz regado por aspersión, en cuyas gotas se formaba, a veces, un trozo de arcoíris.