La
ciudad de Guadalajara es la capital de la provincia del mismo nombre, la situada más al
norte de Castilla La Mancha, a la que pertenece. Tiene en torno a 85000
habitantes. Ya conté cómo cuando era pequeña me gustaba ese nombre, esa
palabra, cómo me gustaba que se me llenara la boca de aes pronunciando Guadalajara… en fin, no me voy a
repetir.
Más
tarde, cuando crecí, se me olvidó la urgencia de conocer la ciudad. No
obstante, no pasó mucho tiempo sin que lo hiciera. Mi tía Ana María, monja
adoratriz, pasó unos días en esa ciudad y allí fuimos a visitarla. La orden de
las adoratrices fue fundada por Micaela Desmaissières en Guadalajara y tiene su
sede en el edificio central de la fundación de la marquesa de la Vega del Pozo.
Me llamó mucho la atención, aquel día, el panteón de esta marquesa, de estilo
ecléctico-neogótico. (La denominación del estilo me la invento porque no sé dónde encuadrarlo).
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| Panteón de la marquesa de la Vega del Pozo |
Viviendo
en Madrid, Guadalajara no era sin embargo una ciudad que eligiéramos para escapadas o
excursiones, sí íbamos con frecuencia a otras capitales de provincia de los
alrededores: Segovia, Toledo, Cuenca… y a los pueblos, Chinchón, Sigüenza, a
los de las sierras de Madrid…, pero nunca a Guadalajara.
Años
después, por motivos laborales, pensábamos que iríamos a trabajar y vivir allí.
Recuerdo que un domingo por la tarde dejamos a los niños con mi madre y allí
nos fuimos desde Madrid, en un viaje rápido de ida y vuelta para curiosear un
poco el centro. Al final no fue a Guadalajara, sino a Albacete adonde nos
trasladamos. Una vez en la región visité con cierta frecuencia Guadalajara pero
siempre para ir a algún sitio concreto, varias veces a algún concierto en el teatro Moderno… nunca para
patearme la ciudad. Así que esto es lo que hemos hecho este último fin de
semana y es lo que os cuento aquí.
A
últimos de los setenta, no sé muy bien por qué, conocimos en Meco, pueblo de
Madrid, un restaurante donde se comía buen marisco y a buen precio. En aquel
entonces tenía aspecto de mesón. Su publicidad, que siguen conservando, decía algo así: el marisco más fresco en el pueblo más
alejado de la costa. Estuvimos en varias ocasiones y se lo dimos a conocer
a algunos amigos.
Camino
de Guadalajara decidimos parar allí a comer y comprobar si seguían teniendo tan buen género. Antes nos dimos un
paseo por el pueblo y nos sorprendieron sus calles arregladas, muchas
peatonales, todas sin aceras, con uniformidad entre éstas y la calzada. Muy
cómodas para andar.
| Plaza e iglesia de Meco (Madrid) |
El
precio ya no es tan económico, tampoco el aspecto sigue siendo el mismo, ahora
es un restaurante moderno, decorado en tonos ocres y celestes, pero quedamos muy
satisfechos con un fresquísimo y lleno buey de mar y unas alcachofas con
almejas (mejor las almejas que las alcachofas, por cierto).



