martes, 26 de abril de 2011

Corresponsables de la estabilidad

Andreu Mas-Colell, Consejero de Economía y Conocimiento de la Generalidad de Cataluña, escribe en El País del día 26 de abril pasado, en la sección de Opinión, un artículo con el título que encabezo este mío.
El responsable de su publicación (o quien sea) resalta esta frase: Si el paro es tan crónico en España es por la organización del mercado de trabajo. Siempre me ha llamado la atención que en España, desde tiempo inmemorial, incluso en épocas de bonanza económica, la tasa de paro es superior a la de otros países europeos (y no solo ocurre ahora, como quieren hacernos creer). Así que me lanzo ávidamente sobre el artículo para ver cómo está aquí organizado el mercado de trabajo y en qué se puede corregir. Vano intento. Ni una sola aclaración más a la frase resaltada en negrita. Eso sí, piropos al gobierno de Mas y alguna queja de paso.
¡Qué decepción! ¡Para este viaje no necesitamos alforjas!
http://www.elpais.com/articulo/espana/Corresponsables/estabilidad/elpepiesp/20110426elpepinac_12/Tes

domingo, 3 de abril de 2011

OTRA SIESTA

Los chiquillos se quedaban solos a la hora de la siesta. Los padres se iban a la habitación de la cortina de cretona. El otro cuarto, el dormitorio conyugal con la gran cama de madera heredada de la abuela Emilia, no se usaba hasta la noche. Solo los días posteriores a los partos había visto usar esa cama durante el día. También en los días en que había grandes tormentas con mucho aparato eléctrico, pero, entonces, la madre y las muchachas, silenciosas, se metían ahí y se sentaban asustadas sobre la cama tocándola apenas, hasta que los truenos y relámpagos se alejaban. Alguna rezaba bajito.

Una vez solos, los niños se tumbaban en una manta vieja que la madre les tendía previamente en la cocina. Ellos se negaban a acostarse y como contrapartida tenían que permanecer ahí, quietos y en silencio durante las horas de más calor, esas en que los machos de las cigarras cantan con todo su poderío. Jamás durmieron ahí una siesta.

La cocina estaba enlosada con baldosas bastas hechas en el tejar del pueblo. Era un barro cálido. No estaban tan frías como los baldosines del resto de la casa pero la niña sentía una sensación agradable al pisarlas descalza. De ese mismo barro rosáceo eran los bolos con los que su hermano pequeño jugaba a las canicas.

Desde la cocina se salía al primer corral, empedrado y cubierto por las parras, de sombra impenetrable. En esa época estaban cargadas de racimos, que no madurarían hasta septiembre. Las avispas y algún tábano, junto con las moscas, eran los únicos seres que se movían a esa hora. Las gallinas, en el segundo corral, retiradas a la sombra de su gallinero, permanecían quietas y en silencio.

Después de haber hecho a su hermano pequeño todos los ejercicios circenses de que ella era capaz (era lo único que lo entretenía un poco y lo mantenía en silencio) el inquieto chiquillo empezaba a hacer trastadas.

Una de las distraciones favoritas del niño era cazar moscas. Cogía un vaso de cristal y procuraba cazarlas poniéndolo encima de la mosca. Casi siempre lo lograba a l primer intento. A partir de ahí, las martirizaba con todo tipo de experimentos. Su madre y su hermana le recomendaba uno de latón porque muchas veces el vaso acababa con estrépito en el suelo, pero, claro, eso no tenía gracia, el latón no se trasparentaba.

La cocina, aunque no muy grande, una vez quitada la mesa donde comían, quedaba diáfana. En verano arrinconaban la gran estufa de carbón, que ocupaba el centro de la estancia, en cambio se le daba más espacio a la gran tinaja siempre llena de agua y al palanganero.

La niña sacaba agua de esa tinaja grande y la vertía en algún cubo porque no alcanzaba a meter toda la cabeza en la palangana de porcelana. Allí zambullía la cabeza y se refrescaba, aunque lo que realmente buscaba era peinarse con el pelo chorreando, sin secar. Se hacia una raya en un lado de la cabeza y, todavía con el cabello empapado, se lo peinaba hacia atrás, hacia un lado, con flequillo. Las gotas frescas le chorreaban por el cuello y bajaban por la espalda. ¡Eso sí que era frescor! Entonces su cabello se quedaba bien lisito pegado a la cabeza y ella se encontraba así más guapa. ¿Por qué el pelo no permanecería siempre así? ¿Por qué, en cuanto se secaba, tenían que aparecer aquellos odiosos rizos? Las vecinas, sobre todo la abuela Julia, decían que eran los más bonitos de todo el pueblo pero ella no estaba en absoluto de acuerdo. Además, ¿a ella que más le daba si no se quedaban como quería? Le gustaban los flequillos o las trenzas o el pelo liso de su madre, pero no los rizos.

Cuando se aburría, se ponía a cortar los zarcillos de la parra que quedaban a su alcance para masticarlos. O se asombraba preguntándose cómo esos secos y leñosos troncos deshilachados podrían dar aquellos frutos tan jugosos. Por desgracia para ella, no siempre había tebeos para leer.

Cuando su madre salía de la habitación, la niña dejaba sus juegos, sus ensoñaciones y empezaba el ajetreo, otra vida distinta. Al poco llegaban las costureras que ayudaban en la sastrería, bien repeinadas, con sus delantales impolutos. El sol había ya sobrepasado ampliamente su cénit y ellas sacaban las sillas al corral, cuyas paredes habían perdido el calor. La madre y la niña habían mojado con sendas regaderas, no solo las plantas colgadas o en el suelo, sino también las parras, el empedrado y las mismas paredes encaladas. Algunas mocitas se quedaban dentro, en el ancho pasillo, mucho más fresco. Su presencia, sus risas, su alegría, su juventud, animaban la casa.

Llegaba entonces la hora de la merendilla y luego, el tiempo mágico de la radio. Mientras se comía el pan con chocolate, la chiquilla se metía en la habitación oscura donde estaba la repisa con el aparato y allí, de pie, bien atenta, oía canciones, novelas, anuncios. Eso sí que era un mundo lejano y encantado. Aquellos sonidos, voces, músicas, relatos, eran ecos que penetraban y permanecían en la mente infantil, que atistababa otra realidad desconocida y extraña, pero atrayente.

miércoles, 30 de marzo de 2011

HONEYMOONS (Lunas de miel)

Ayer estuve viendo una buena película pero, en mi opinión, demasiado dura, conmovedora, desgarradora. Últimamente, no me gustan demasiado este tipo de películas. Cada vez es una más consciente del mundo donde le ha tocado tocado vivir, lleno de injusticias y sufrimientos y la verdad, después de echarle un vistazo a la prensa, ver u oir las tremendas calamidades en los noticiarios, el cuerpo no está para muchos sufrimientos más. Con todo, prefiero ver una película de este tipo, de denuncia, con historias reales y bien contadas que algo sin sustancia. Al fin y al cabo, son historias que están pasando delante de nuestras narices muchas veces y que, por desgracia, seguirán ocurriendo.

A las dos parejas protagonistas le ocurren todo tipo de contratiempos. La situación en el seno de sus respectivas familias es mala, por no decir trágica y el desenlace, para no destripar el argumento, no le va a la zaga. Lo único bueno si acaso es que el final queda un poco abierto a interpretaciones. Quizá acaben bien las historias paralelas de las dos parejas de jóvenes protagonistas, una serbia y otra albanesa.

La película obtuvo la Espiga de Oro en la Seminci de Valladolid. Destacaría el ritmo y las buenas interpretaciones. También el retrato que hace de las sociedades que refleja, de su momento histórico.

Aquí os dejo la ficha (la vi en versión original subtitulada):

Director: Goran Paskaljevic

Intérpretes: Nebojsa Milovanovic, Jelena Trkulja, Jozef Shiroka, Mirela Naska

País: Albania, Serbia

Año: 2009.

Fecha de estreno: 30-04-2010

Duración: 95 min. Género: Drama

Guión: Goran Paskaljevic, Genc Permeti

Fotografía: Milan Spasic

Argumento:Dos jóvenes parejas abandonan sus respectivos países. Melinda y Nik (Mirela Naska y Jozef Shiroka) huyen de Albania con rumbo a Italia, mientras que Vera y Marko (Jelena Trkulja y Nebojsa Milovanovic) se van de Serbia para instalarse en Austria, donde se supone que él ha conseguido un puesto de violinista en la filarmónica.

lunes, 21 de marzo de 2011

CARTA A LOS AMIGOS

Queridos amigos: paso a daros algunas noticias. Sé que algunos (me lo habéis hecho saber) estáis extrañados de mi inusual silencio, tanto aquí como en otros sitios. Esto tiene su explicación: he hecho un viaje, a través del Inserso (¡oh, Dios!, ¡qué dirán mis seguidoras treinteañeras!), a un balneario en Cádiz. Otro día abordaré este jugoso asunto.

Pues como os decía, bajé al sur, con escala en mi pueblo, que se halla a medio camino entre mi lugar de residencia y las playas que suelo visitar. El paisaje, no por conocido, deja nunca de interesarme . Me gusta ir deteniéndome en la transición de formas y colores entre la Castilla toledana (odian llamarse manchegos) y La Mancha propiamente dicha.

Como había llovido mucho y salido el sol , en cuanto dejé la ciudad y a pesar de que la primavera aún no había hecho acto de presencia oficial, empezaron a surgir mimosas, prunos, mirtos y almendros en flor, a veces en grupo, a veces solos y desperdigados aquí y allá.

Los olivares, muy abundantes en la zona, presentaban diferentes aspectos. Algunos agricultores habían sido madrugadores y ya los tenían podados y arados, con la tierra rojiza formando a su alrededor geométricos dibujos. Otros, más tardíos, habían decidido dejar esta tarea para más tarde, se veían descuidados y entre sus surcos amarilleaban las florecillas silvestres. Algún prado reverdecía con un color brillante y otros, más retrasados, mostraban los recientes surcos aún vírgenes e intactos. Las viñas, perfectamente alineadas, mondas y lirondas, descansaban esperando su tiempo. Aunque ya son escasos, a veces distinguía algún fresno.

Justo antes de llegar a la capital manchega, el embalse del Vicario . Seguía rebosante y con todo tipo de zancudas pescando en sus orillas. Las anátidas se solazaban más al interior y, aunque parecían tranquilas, también se notaba que aprovechaban para alimentarse pues, de cuando en cuando, introducían sus cabezas en el agua.

Arriba, el cielo, con fondo azul intenso, era un inmenso campo de ejemplos nubosos para pintores bisoños.

La estancia y sus anécdotas seguramente irán pronto en otro post aunque, a decir verdad, hay que ponerse en situación y os aseguro que me cuesta.

Ya de vuelta, me las prometía muy felices con multitud de planes cuando hete aquí que me agarra mi vieja conocida faringitis trimestral. Me tiene tanto cariño que no pasa más de un trimestre sin visitarme. Aunque, a veces, siente tanta nostalgia que incluso lo hace dos veces. Andaba yo bastante confiada pensando que la había burlado con la vacuna antigripal, pero no, ella sigue fiel a nuestras citas.

No os canso más, queridos lectores. En estas tres semanas largas que he tenido abandonado este sitio, han ocurrido muchas y variadas desgracias, seguidas, aunque con sordina, desde esa otra atalaya que no es la de los quehaceres del día a día. No obstante, es imposible no seguir los movimientos y evolución de los países árabes cercanos, tan prometedores (esperemos). Por desgracia, se ha comprobado a lo largo de la historia que nada se logra sin sufrimiento y muertes (casi siempre de los mismos). Me asombra un poco la sorpresa de muchos ante la cruenta reacción del dictador fantoche Gadafi. Ya lo conocemos hace tiempo y no podía ser otra. Esperemos que se resuelva la situación con la menor pérdida de vidas inocentes posible y veamos aparecer pronto, tanto en los países de nuestro entorno mediterráneo como en los más alejados, jóvenes y vigorosas democracias.

El asunto de Japón aún me tiene conmocionada por la magnitud de la tragedia y por las imprevisibles consecuencias. ¡Cuánto dolor para esa pobre gente!

domingo, 20 de febrero de 2011

SIESTA

Los ventiladores giraban cansinos a la hora de la siesta. Había dos en el techo del salón: uno sobre la mesa comedor y otro encima de los sillones más alejados, frente a la puerta que daba a la terraza. Los sillones, de forma ovoide, tenían armadura de hierro y madera y forraban los armazones unas tiras de plástico de colores vivos. Esos colores, rojos, verdes, azules, se alternaban con blancos, cruzándose también con ellos para rebajar la tonalidad. Se encontraban dispuestos en torno a una mesita baja, que usaban para dejar las bebidas mientras leían, charlaban o escuchaban música. Allí tomó ella por primera vez su sirope inicial. Al principio le supo a rayos debido a la alta salinidad del agua. Después se aficionó y los tomaba en vasos altos llenos de cubitos de hielo. Le encantaba mirar, a través de las perlitas que se formaban alrededor del vaso, el colorido de las bebidas de limón, de menta, de granadina...



La luz se colaba con fuerza en el salón atravesando las rendijas de las contraventanas de madera. A esa hora del día la temperatura rebasaba ampliamente los cuarenta grados y en el alejado dormitorio, donde la pareja dormía la siesta, funcionaba el aparato de aire acondicionado. El ruido que producía éste no llegaba al salón a través del pasillo, sino por la puerta que daba a la terraza, situada entre el salón y la habitación.

A ella le gustaba esa hora. Podía leer a escondidas novelas de serie negra que tenía prohibidas por sus escenas escabrosas, hacer girar en el tocadiscos una y otra vez sus discos preferidos o encerrarse en su habitación a mirar las musarañas, mientras el criado yemení trajinaba en la cocina intentando terminar su tarea rápidamente y marcharse a su casa. En su dormitorio no había aparato refrigerador, sino otro gran ventilador que ella ponía a toda velocidad. Allí, tumbada boca arriba en la cama, podía extender y separar las piernas a voluntad pues en los sillones, a pesar del trenzado de las tiras dejando pasar el aire, sus delgados muslos se tocaban y el sudor producido en ese frotamiento empezaba a resbalar enseguida. Frente a su cama, pegadas a la puerta con chinchetas, fotografías de chicos guapos del cine americano.




La pequeña gacela que le habían regalado dormitaba en la terraza. A veces levantaba la cabeza y miraba con sus inteligentes, grandes y tristes ojos negros, que parecían preguntarse por qué la tenían ahí, pisando un suelo tan resbaladizo. Hasta más tarde no le tocaba su biberón. Tenía un olfato bastante desarrollado pues, cuando se iba acercando la hora, se aproximaba a la puerta estirándose y dejando a continuación un reguerito de pequeñas cagarrutas. El momento en que la sombra de las ramas más altas de la palmera del patio acariciaba las contraventanas grises era la señal.

martes, 15 de febrero de 2011

G E N T E QUE CANTA


El otro día, mi amigo Tomás me recordó una canción de Carlos Cano. Eso me trajo a la memoria la primera vez que lo vi actuar en directo en una sala del centro de Madrid. Apenas era conocido entonces, mediados los setenta, pero tenía una voz agradable, hacía tiempo que nadie cantaba temas “andaluces” cercanos a la copla, cuando no copla pura, y me apetecía conocerlo. También abordaba en sus canciones temas políticos y eso lo hacía más atractivo. Me sorprendió su altura y delgadez –apenas había visto alguna foto suya-. Era desgarbado y soso. Todavía lo veo ahí, en el centro del escenario con su camisa blanca y sin saber muy bien qué hacer con los brazos.
También por la misma zona estuve viendo actuar a Amancio Prada y, años más tarde, ya en los ochenta, a Martirio, tan estrafalaria ella y tan buena cantando y, siguiendo por la zona, me viene también a la memoria el primer concierto al que asistí para ver a Camarón, éste en el Palacio de los Deportes, ya entonces con un lleno total. Esto sería en los primeros setenta.
Y siguiendo en el túnel del tiempo aunque ahora es mediados de los setenta, quizá 1977, recuerdo a Joaquín Sabina en La Mandrágora. Evidentemente, en aquel entonces no íbamos allí a ver a Sabina porque no sabíamos ni que existía. El local lo habían abierto entre varios socios y uno de ellos formaba parte del claustro de profesores de la escuela de mi único hijo en edad escolar entonces: Colegio Siglo XXI.
A La Mandrágora nos llevó un amigo, también con hijos en el mismo colegio, para ver a Juan Tamariz. Nono, así se llama, era muy aficionado a la magia y hoy él mismo es un gran mago. Comenzamos después a frecuentar el local de tarde en tarde. Allí alternaban sus actuaciones Alberto Pérez, Javier Krahe y Joaquín Sabina.
El local se encontraba en la Cava Baja del barrio de la Latina y era pequeño. A la entrada había una reducidísima barra y las actuaciones tenían lugar en la planta baja, un sótano donde sólo cabían una quincena de mesitas. Nos sorprendíamos de ver en vivo y en directo (notábamos su respiración y casi los tocábamos) a gente que, aunque desconocida, hacía las cosas tan bien. Y todo eso lo disfrutábamos cuatro gatos, mientras tomábamos nuestras copas y charlábamos con el local lleno de humo de cigarrillos. ¡Tiempos!