martes, 14 de junio de 2016

ÁRBOLES MOCHOS

Rama cortada con la guía dejada para que siga creciendo recta hacia arriba

Este asunto de los troncos mochos de los árboles me tiene preocupada desde hace mucho tiempo. He puesto con alguna frecuencia imágenes de árboles mal podados en mi muro de facebook, en tuitter, etc. Por supuesto, pasan desapercibidas. Excepto para algún alma sensible, esto son nimiedades, chorradas.

No puedo remediar sufrir cuando voy viendo cuántos árboles acaban secándose por una mala poda. Yo me pregunto si alguien que trabaje como jardinero recibe alguna lección al respecto antes de empezar en este oficio. Este tipo de desaguisados no los cometen sólo "profesionales", sino también aficionados rurales. Es algo que resulta incomprensible, cómo personas que han pasado la vida en el campo, en los huertos, cometen este tipo de errores (para mí atrocidades). ¿No lo saben?

Hace bien poco tiempo también denunciaba en mi muro la última moda: dejar sólo unas pocas hojas al final de las ramas de los olivos a modo de penacho y dejar el resto bien limpio de ramitas y hojas. Horroroso y otra forma de maltratar preciosos ejemplares.

Hoy he tenido una muy agradable sorpresa por parte de mi ayuntamiento y por eso quiero traerla aquí.

Este tronco de prunus que veis aquí cortado (en la foto del comienzo) iba creciendo doblado de forma que casi tocaba el suelo y además impedía el paso. Cada vez que pasaba pensaba que la rama no tardaría en troncharse y seguramente el árbol se perdería. No ha sido así y por eso, contenta, lo traigo aquí.

Han cortado la rama vencida, pero la han cortado por donde debían. Si la hubieran cortado un poco más arriba, definitivamente hubieran dejado el árbol mocho, no volvería a crecer y, lo que es peor, se acabaría secando. Pero lo han hecho bien: han dejado una ramita o guía, por donde el árbol puede seguir creciendo hacia arriba. 


Esta foto la puse hace tiempo para instruir y ver si alguien se daba por aludido.


Estos dos árboles del fondo los podaron hace dos años, sin dejarles guías, y ahí están sin retoñar. No lo harán nunca más.

Árboles mochos, no tardarán en secarse definitivamente



Se ve que hay más gente sensible. Esta y la anterior foto las he encontrado en la red.


jueves, 21 de abril de 2016

JULIETA, DE PEDRO ALMODÓVAR




Aunque suene excesivo, para mí, a veces, sólo con ver la presentación de las películas de Pedro Almodóvar, ya me compensa haber sacado la entrada. En esta última que acaba de estrenar y que vi ayer mismo (antes no pude) se superó en esas primeras imágenes que empiezan a embobarte desde los primeros planos de presentación del film. Era, al final se comprende, un raso o satén rojo, cómo no, de una bata. Ese satén formaba unos pliegues y unas formas que sugerían un corazón o una vulva latiendo acompasadamente con la música penetrándote por los sentidos y haciéndote seguir el ritmo de esos latidos de las alas o labios sugeridos por el movimiento e hinchazón de la tela. 

Otra cosa con la que disfruto es con la decoración de cada interior. Esos colores, esa amalgama de excentricidades que encajan perfectamente. Todo está buscado y para mí es como asistir a una exposición de cualquiera de mis pintores favoritos.

Ellas y ellos llevan peinados, pendientes, maquillaje, trajes, bolsos y zapatos que son dignos de otra exposición. No olvida ni el color del esmalte de uñas para cada escena. Todo está cuidado al detalle.

Y luego están los exteriores. Las ciudades son mucho más bonitas desde la mirada de Almodóvar. En Julieta tenemos paisajes urbanos, rurales, de montaña, marinos, para extasiarse, guiados por la música de Alberto Iglesias y la fotografía de Jean Claude Larrieu que te transportan y te hacen levitar.

Y metidas en todo este envoltorio están las historias que te presenta este director: intensas, dramáticas. Digo historias porque, como en todas sus películas, nunca es una sola, sino que, como las cerezas, van ensartándose unas en otras dentro del argumento.

Sus personajes, por más extravagantes que aparezcan en un primer momento, él los hace creíbles y consigue que te metas dentro de su drama. Esto sólo se consigue siendo un excelente director de actores como es él.

Comprendo que esto no es una crítica al uso, ni siquiera es una crítica, son sensaciones que me llegan tan dentro que no tengo más remedio que hablar de ellas. Porque para mí, las películas de Almodóvar son más que películas. Te suministran tal cantidad de sensaciones, de sentimientos, emociones, concentrados que es necesario volver a verlas. Por eso no acierto a comprender a aquellos a los que deja indiferentes. Para colmo, en Julieta ha elegido como partenaire, en una etapa de la vida de la protagonista, a uno de mis actores preferidos: Darío Grandinetti.



Incluso en una imagen anodina como esta ¿no véis esas rayas del jersey jugando con los tirantes de la mochila del viandante?

Y aquí las patas de la mesa y las piernas de Julieta? 

miércoles, 24 de febrero de 2016

Mis recuerdos del 23F



Estos días, con motivo del próximo aniversario del intento de golpe de Estado en 1981 por parte de los militares y encarnado en el teniente coronel Tejero, se está volviendo a hablar mucho del asunto. Hay previstos extensos reportajes en la prensa, la TV1 recupera su Informe Semanal de aquellos días, el equipo Crónica vuelve a emitir un programa de 2006, libros, ediciones especiales, etc. En la radio, en la prensa, vuelve a haber muchos testimonios directos e indirectos de cómo se vivió el acontecimiento.

En casa, con los hijos, se ha comentado varias veces aquella tarde. Pero quiero que mis nietos, dentro de 50 años, sepan, si quieren, cómo lo viví yo.

Esa tarde fuimos a recoger a los niños al colegio, en las instalaciones antiguas del colegio Siglo XXI. A mis hijos, desde bien pequeños, siempre les gustó ir a casa de sus amiguitos, incluso para quedarse a dormir, así que los intercambios eran constantes. Esa tarde, un amigo de mi hijo mayor (ya teníamos a los tres), Iñigo, se quiso venir a casa. Tenían entonces, mi hijo y su amigo, 7 años.

Nosotros, siempre interesados por la política, sabíamos que esa tarde sería la investidura de Calvo Sotelo, después de la renuncia de Suárez y que, además, la retransmitirían por televisión.

En casa éramos enemigos acérrimos de la tele, pero acabamos comprando un aparato pequeño, portátil, en blanco y negro. El hecho de que fuera pequeño parecía menos pecaminoso pues en la casa no ocupaba un lugar central, mejor dicho, no ocupaba ninguno, ya que solíamos guardarlo encima de algún lugar inaccesible. Cuando excepcionalmente queríamos ver algo, buscábamos una banqueta castellana, un poco coja por cierto y allí encima, bastante inestablemente, lo colocábamos. Más de una vez fue al suelo, pero la banqueta no era muy alta y debajo había una alfombra, así que aguantó durante bastantes años.

Pues aquella tarde pusimos ese pequeño televisor en blanco y negro encima de la banqueta y, mientras dábamos la merienda a los niños en la cocina, oíamos de fondo el run-run de las votaciones de los diputados. Hasta que ocurrió lo que todo el mundo sabe. Al principio no aparece el guardia civil pero ya los ruidos y sobre todo las caras y las actitudes de los miembros de la mesa denotaban que algo extraño ocurría. Nada más ver las primeras imágenes nos quedamos atónitos, no sabíamos qué hacer. Mi marido fue extraordinariamente rápido. Tuvo una reacción instantánea. En aquel entonces éramos militantes de la agrupación socialista del barrio. Daniel era secretario general y llamó inmediatamente al presidente de dicha agrupación para que se desplazara allí (la agrupación se abría un poco más tarde) e hiciera desaparecer los archivos de los militantes. Ya sabíamos cómo se las gastan los fascistas cuando toman el poder y desconocíamos cómo se iba a resolver aquello. Cómo no iba a saberlo el presidente de aquella pequeña agrupación, Ramón Araujo, el socialista más honesto (en todos los sentidos de la palabra) que hemos conocido. Ramón estuvo preso por sus ideas políticas durante mucho tiempo y, cuando salió de la cárcel franquista, sus hijos ya eran adultos.

Por eso, cuando Daniel llamó a Ramón, éste se le había adelantado. La experiencia.

Ni que decir tiene que continuamos pegados a la radio y a la tele. Al poco llamaron los padres de Iñigo diciendo que venían a recogerlo. Creo que vivía por Arturo Soria. Lo comprendimos.

En casa no quedaba pan para la cena y bajé a la tienda de abajo. Cuál no sería mi sorpresa cuando me encontré con un montón de gente acaparando víveres por lo que pudiera pasar. La gente ya tenía miedo, las miradas eran recelosas, sobre todo en las personas mayores.

Esa misma tarde vino a casa, a esa plaza "de la gasolinera" que he descrito en la entrada anterior, una pareja amiga, socialistas también, que se quedó hasta que el Rey  salió a hablar en directo y pudimos comprobar todos que aquello había terminado. Antes, con los tanques por las calles de Valencia y el general Milán del Bosch, pasamos miedo. Íbamos de radio nacional a la Ser y de ésta a la tele. He de decir que  me fui a la cama antes porque al día siguiente había que trabajar y yo al menos presentí que el peligro había pasado.

Al día siguiente llevamos a los niños al colegio y yo me fui a trabajar al ministerio en el autobús, eso sí, con el abrigo lleno de pegatinas y chapas. Recuerdo una gran chapa roja del Psoe con el puño y la rosa, otra con el yunque y el tintero, otro broche de cerámica con la bandera de Andalucía y la silueta de mi región y una gran pegatina diciendo “Viva la libertad”. Ahora todo eso me parece un poco ingenuo pero no hay que olvidar que todavía teníamos que luchar por esas ideas: seguían siendo muy mal vistas por muchos.

Para el día 27 de febrero se convocó, por parte de todos los partidos y a iniciativa del Psoe (me suena que la socialista Carmen García Bloise jugó ahí un gran papel), una gran manifestación a la que asistimos cientos de miles de madrileños de todas las ideologías que estaban por seguir avanzando en la senda democrática. He estado en muchas manifestaciones a lo largo de mi vida, pero no recuerdo ninguna tan emocionante ni con tanta gente como aquella. Nunca se me borrarán las imágenes de todas las vías que confluían en la plaza de Carlos V, conocida como Atocha. Abarrotadas por abajo, ocupando los jardines y también las de arriba, las provenientes de lo que se conocía entonces como el scalextric que cruzaba, a distintos niveles, esa glorieta.


Hay un detalle más que quiero señalar porque también tiene relación con esta historia. Cuando el teniente coronel fue condenado a treinta años, rebajados luego a la mitad, ingresó en una prisión militar de La Coruña. Allí tuvo la desgracia de convivir con él porque le tocó ir a vigilarlo, mi hermano pequeño, que entonces estaba cumpliendo su servicio militar. Aquella mili nunca la olvidará tampoco mi hermano. Mientras la tropa pasaba hambre, a Tejero le enviaban diariamente desde todos los puntos de España, tartas, bandejas de marisco y todo tipo de carísimas viandas, así como bebidas alcohólicas, vino, cava, licores… La expresión “vivir a cuerpo de rey” se queda corta para describir aquella estancia en la "prisión" de 60 m2 solita para él.

miércoles, 10 de febrero de 2016

PLAZA DE LA GASOLINERA

Mi barrio.

Yo tengo un barrio, igual que tengo un pueblo. Podría no tenerlo, pero lo tengo. Mi barrio, o lo que yo considero mi barrio, no pertenece a la ciudad donde actualmente habito. Mi barrio es un barrio de Madrid. Adonde llegué con mis padres en los primeros años sesenta y donde viví hasta que definitivamente me fui de Madrid en el año 87.

A los dos años de llegar, ya era mi barrio. Después vinieron los años de África y, a la vuelta, seguí viviendo allí. Luego me casé, pero seguí viviendo en el barrio. Llegaron los hijos y continuamos viviendo allí. Luego de una estancia corta en Sevilla volvimos otra vez al barrio. De haber seguido viviendo en Madrid, es allí adonde me gustaría seguir viviendo.

Recién casada me fui a vivir cerca de mis padres, a una plaza que, lógicamente, tenía un nombre, pero todo el mundo la conocía por la plaza de la gasolinera. En aquel entonces sólo existía esa gasolinera en la zona. A esa plaza daban algunas ventanas de mi casa, aunque otras, incluido el portal, se asomaban a una plaza interior, siempre llena de niños jugando. Luego, a la vuelta de Sevilla, compramos en otra plaza cercana, pero es la plaza de la gasolinera la que queda en nuestra memoria.

Recientemente un hijo mío que había colgado una foto en Internet de cuando él era pequeño jugando al balón delante del portal, recibió una nota de otra persona (niño también en aquella época) diciéndole que aquél también había sido su portal.

Mi hijo nos lo contó y los recuerdos se agolparon.

A esa casa nos fuimos a vivir recién casados como acabo de contar y allí nacieron nuestros tres hijos. Éramos muy jóvenes. Mis vecinas, años después, me confesaron que les sorprendió ver a una delgaducha chica de veintipocos años pero aparentando menos, en pantalón corto, subir y bajar muebles y saber que iba a ser la vecina del segundo.

Siempre he dicho que Madrid es la ciudad más abierta y acogedora de todas cuantas he conocido. Allí fuimos bien recibidos y al poco, los vecinos subíamos y bajábamos unos a casa de otros con cualquier excusa. Juan se presentaba en casa a cualquier hora pidiendo un cigarro porque se le había terminado el paquete de tabaco. De paso, si olía algo en la cocina, él mismo proponía probarlo. Lita nos pidió durante unos meses una máquina de escribir porque la necesitaba para hacer un trabajo y a Isidro y Marisa les regalé unas sillas que nos sobraban. A nosotros nos encantaba visitarlos a todos porque sus casas estaban más animadas; la nuestra estuvo durante unos años vacía de niños. Ellos ya tenían a todos los hijos y siempre éramos bien recibidos, sobre todo en casa de Juan y Mª Nieves. Nieves era enfermera y le hizo a mi hija los agujeros en las orejas cuando ésta ya lo pidió, con cinco o seis  años. Antes, como buena mamá moderna, yo no había querido horadar un cuerpo ajeno sin permiso.

También había algún vecino no tan amable, por qué no decirlo. La mujer del "practiquito", como la llamábamos en casa, usaba zuecos de madera  de enfermera, pero sin la protección de goma de la suela, ya despegada por el uso, para andar por toda la casa a cualuquier hora del día o de la noche. 

A esos vecinos, a los buenos, que nunca hemos olvidado, los visitábamos alguna vez recién partidos de Madrid, cuando acudíamos el barrio, igual que el bar de enfrente, La Alfarería, de tantos recuerdos. Las visitas se fueron espaciando y ahora ya llevábamos muchos años sin noticias. Por eso nos hemos alegrado tanto de este pequeño contacto.

En aquella época, cuando nos veíamos, no nos preocupábamos de cómo estaría la casa, en qué vaso serviríamos el vino o la cerveza y qué pondríamos de tapa. Así era entonces, con aquellos añorados vecinos y con los amigos que nos rodeaban en aquellos años, que eran muchos y que luego se fueron (nos fuimos) desperdigando. Los vecinos y los amigos se presentaban, sin más. Actualmente nadie va a casa de nadie sin invitación previa. Ahora, cada vez que “invitamos” a casa, es un rompedero de cabeza. Hay que pensar en qué le puede gustar a cada uno, que el menú esté bien compensado y equilibrado y que la casa esté impecable. Por supuesto hay que acertar con entradas, primeros, segundos y postres. También hay que tener previsto el aperitivo y después las copas. Todo ello servido en copas/vasos/platos adecuados. ¿Por qué nos hemos complicado así la vida? ¿Son los años, los tiempos, somos nosotros? No sé, pero me gustaba mucho más lo anterior.



viernes, 22 de enero de 2016

MI TÍA MARIQUITA

En el patio de la sastrería del Rinconcillo. La tía Mariquita planchando, mi madre, a la máquina.


Mi madre tenía 5 hermanos. Cuatro chicas y un chico; con ella eran seis. Como ocurría en aquellos años, alguno murió en la primera infancia, pero esos son los que quedaron.

El día 12 de enero murió mi tía Mariquita, la más pequeña en edad y la  última en morir. Su entierro fue muy emotivo porque todos los primos la queríamos y también porque sabíamos que era un fin de ciclo. Mi tía era entrañable me atrevo a decir que para todos nosotros. Ella, la pequeña, y su hermana mayor, Feliza, fueron las únicas que se quedaron a vivir en el pueblo, las únicas que no siguieron el mismo camino que  nosotros. Antes se había ido la tía Ana María y luego siguió el tío José y la tía Juana. Pero la tía Feliza fue la primera en morir, así que Mariquita era ya la sola que siguió en el pueblo y suponía una especie de pequeño refugio, un anclaje a lo anterior en nuestras visitas, sobre todo al final, cuando ya no quedaba la casa de ningún otro tío.

Mi tía forma parte esencial de mi infancia. Cuando ella se casó yo ya tenía 10 años y hasta entonces había formado parte de mi vida, como acabo de decir. No sé si porque en la familia eran conscientes del desvalimiento de mi madre, siempre delicada de salud, o porque mi tía seguía soltera, el caso es que la recuerdo con mucha frecuencia formando parte de mi familia: en la sastrería, los domingos cuando salíamos de excursión al puente del triángulo o a las primeras casetas o también, cómo no, de acompañante a visitar a mis padres a Córdoba, donde mi padre estaba hospitalizado por el desgraciado accidente ferroviario. También la recuerdo en situaciones mucho más alegres. Alguna noche de reyes que se quedó en casa -yo no debía ser tan pequeña- y recuerdo oírlas a ella y a mi madre cuchichear poniendo los regalos, que para entonces yo ya sabía que eran de los padres.

También la recuerdo en el huerto, en las pilas cercanas a los pozos donde acompañaba a mis tías a lavar. Aquellas mañanas eran deliciosas para mí. Supongo que no tanto para ellas, que debían manejar sábanas y la ropa de toda la semana. Se salía al huerto temprano, después de haber desayunado, cargadas con la ropa sucia. El trabajo se prolongaba casi todo el día. Había que enjabonar la ropa, extenderla sobre el suelo al sol para que éste hiciera su trabajo con las manchas, volver a lavar y a dar varios aclarados, tenderla a secar y, por último, doblarla.

Me gustaba oír hablar a mis tías entre ellas. Y yo creo que a ellas les gustaba que yo estuviera allí. Hasta que no cumplí 7 años no nació ninguna otra niña en la familia materna y hasta esa edad estuve rodeada por tanto de primos varones, ocho para ser exactos. Cuando mi prima Amparo, la siguiente niña,  alcanzó los cinco años yo ya tenía doce, por tanto nunca tuve ninguna prima con la que jugar. Mis tías decían cosas extraordinarias que yo creía a pie juntillas: si revoloteaba una mariposa blanca entre las viñas o entre las matas de los pimientos era porque íbamos a recibir carta de mi tía Ana María, que se hallaba en un convento en Sevilla. Estas cosas solía contarlas la tía Juana, la más interesante -y también la más severa- de mis tías. A mediodía comíamos la merienda debajo de alguna de las grandes higueras.

 Esas mañanas en el huerto ya las empezaba a disfrutar la noche de antes, yendo a dormir con mi tía Mariquita o, si me tocaba, con el chacho Calón.

Cuando ya me fui del pueblo y venía de visita siendo mocita, mi tía me contaba muchas anécdotas que yo no recordaba. En verano, por ejemplo, en época de recogida de frutas, melones y sandías, la casa y la cámara se quedaban pequeñas y había que recurrir a los bajos de las camas como despensa mientras se consumían o se vendían. Por lo visto una noche que dormía con ella, me debí caer de la cama y, en la oscuridad, mi tía no me encontraba. En casa de mi abuela, en aquella época, sólo había una bombilla eléctrica en la entrada (salón-comedor-cocina) de la casa. Para el resto de las habitaciones o para subir a la cámara, salir al corral, etc. todavía se usaba el candil. Mi tía empezó a llamarme en la oscuridad: “niña, niña, ¿dónde estás?”  y al fin contesté: “tita, estoy aquí, en las sandías”.

Al día siguiente del entierro dejamos el pueblo temprano y mientras atravesábamos la dehesa escarchada recordaba esta y otras historias que, en aquellos tiempos sin apenas comunicaciones y por supuesto sin televisión, se repetían en la familia. También fue ella la que me contó cuando le respondí al chacho Calón que yo era "más mala" (peligrosa) que todos los animales fantásticos de los que nos hablaba para embobarnos y meternos miedo. Por lo visto los dejé a todos boquiabiertos, pero ya he contado que estaba rodeada de niños y no podía dejar que creyeran que era una cobardica precisamente por ser niña.

Recuerdo perfectamente el noviazgo de mi tía, con el novio en la puerta y luego ya entrando en la casa y su boda. El verano siguiente la acompañé durante 15 días al cortijo de la familia de su marido, mi tío Juan. Ella ya estaba embarazada y tenía que atender la casa y preparar la comida de un montón de hombres. No creo que yo le sirviera de mucha ayuda pero para mí fue una experiencia enriquecedora e inolvidable. Si alguien no ha dormido nunca al raso, en una era, sin ningún foco lumínico que entorpeciera el brillo de las estrellas en kilómetros, no sabe lo que se pierde.

Luego vino la separación, no sólo de la tía Mariquita, también de mis abuelos, mi casa, mi escuela, mis amigas, mi sierra, la sastrería, el cerro, la estación, el arroyo (que entonces llevaba agua), mi entorno, todo mi entorno en definitiva, todo lo que había sido mi mundo hasta ese momento.

Entonces empezó para mí otra vida totalmente diferente a la que me costó adaptarme y cuando casi lo estaba logrando, sufrí un cambio aún mayor con mi traslado a África, pero ésa es otra historia.

Mientras escribía sobre mi tía, no he podido dejar de acordarme de mi madre. Recuerdo viajes al pueblo sola, a la vuelta de África, pero sobre todo, después, recién casada, llevando a mis padres. Primero solos, y luego con uno, con dos, con tres hijos. Cuantas veces llevamos a mi madre en coche, lo primero era la visita, una vez que los abuelos hubieron muerto, a las tías. A todas ellas, hasta que también poco a poco se fueron yendo, de una u otra forma y al final sólo quedaba la tía Mariquita.

Estoy segura de que la próxima vez que vaya, será distinto, algo faltará, igual que fue muy diferente la primera vez que volví a la casa paterna y ya no pude gritar en la puerta “mamá” porque sabía que nadie me respondería.



miércoles, 30 de diciembre de 2015

T E B E O S









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Me gustaba leer tebeos cuando era pequeña. En mi pequeño y aislado pueblo rural era raro encontrar en las casas que yo frecuentaba libros o cualquier otro material impreso. Por eso toda publicación en papel nos llamaba mucho la atención en aquellos lejanos años. Si además lo impreso tenía fotos o dibujos la ilusión era mayor.
Intentando recordar cuándo sería “mi primera vez con un tebeo” he de decir que no lo tengo claro, pero una cosa es segura: en mi casa los había y mi padre los leía y se reía y yo, aun sin saber leer, los miraba y a veces algún dibujo también me hacía sonreír.
Tengo que hacer un pequeño paréntesis para decir que en casa de mis padres debió hacerse desaparecer todo rastro de cultura por temor a que pareciera subversivo, después de que detuvieran a mi abuelo.
Cuando aprendí a leer, devoraba lo poco que había por casa. Algún periódico usado y antiguo, alguna hoja desprendida de un libro, el boletín parroquial cuando iba a casa de mi abuela materna…, el poco texto que acompañaba a un antiguo atlas que había en casa… Las cartillas y más tarde la enciclopedia Alvarez que entonces teníamos en la escuela, yo las llevaba siempre adelantadas. Mi alegría era tremenda cuando algún familiar venía de viaje con algún cuento. Aquí tengo contado el disgusto tan grande que me llevé cuando mi amiga Mari me rompió la ollita de miel de mi querido cuento de Caperucita.
Con los años, se hizo más fácil conseguir estos queridos amigos, los tebeos, en mi pueblo. Había incluso quien los vendía y los cambiaba. De todas formas seguían siendo tesoros. A mí me gustaba cualquier cosa que cayera en mis manos. Leía los “de hadas”, sí, pero no me apasionaban, la prueba es que no recuerdo ni un solo nombre. Disfrutaba con todos los personajes pero en aquellos ejemplares  antiguos me iba derecha en primer lugar a la "Familia Ulises".


Más tarde fueron cambiando los formatos y con ellos los dibujantes y los personajes. Entre éstos, los más entrañables y familiares: 
Don Pío
Doña Urraca:
Las hermanas Gilda:
Zipi y Zape:
Rompetechos 



 los inefables Mortadelo y Filemón

y la famosísima 13, rue del Percebe.



En cuanto a los de aventuras, tan deseados, mi preferido era el Capitán Trueno
    y, en segundo lugar, Roberto Alcázar y Pedrín.

  Después venía, por orden de preferencia, El Jabato 

y El Guerrero del Antifaz, con su novia Ana María, como mi amiga del alma. 


Confieso que en aquellos primeros años los dibujos  tenían casi más importancia que el texto, por eso El Guerrero está en último lugar, por su barroquismo; yo prefería los dibujos más simples, más limpios.

Ahora, con las posibilidades que ofrece internet, podría llenar esto de datos, fechas, autores, personajes, etc., pero no,  quiero poner aquí sólo lo que ha retenido mi memoria. Lo primero que me ha venido a bote pronto. Qué leía cuando niña es un dato que sólo a mí me incumbe o ¿interesará a alguien dentro de cincuenta años? ¿Tal vez a mis nietos? ¿Qué leía una niña de un pueblo perdido de Córdoba en los años cincuenta? Pues aquí lo dejo.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Priego de Córdoba y Don Niceto


La provincia de Córdoba, mi provincia, es muy grande y no la conozco muy bien. De norte a sur hay más de doscientos kilómetros. Yo soy del norte, de los Pedroches, así que es esa zona la que mejor conozco y de ahí hacia Córdoba. Pero más al sur, sólo he estado de paso. De paso, dependiendo del origen, a Jaén, Málaga, Granada, Almería. Precisamente por este desconocimiento hice una vez, hace algunos años, la ruta del Califato, partiendo de Fernán Núñez y recorriendo toda la subbética cordobesa. Me parecía interesante conocer esos grandes e importantes pueblos cargados de historia, -Montilla, Montemayor, Lucena, Cabra, Aguilar, Zuheros, Luque, Baena- cuna muchos de ellos de personajes ilustres y, en todo caso, pueblos todos con historia, que no conocía. También aproveché aquella ocasión para visitar el pequeño pueblo origen de mi apellido.


Busto de Niceto Alcalá-Zamora y encina gigante en el patio de su casa



 Calle de Priego (Córdoba)



Bueno, pues ahora he tenido la oportunidad de conocer además otro gran pueblo de ese sur cordobés: Priego.


Portada de la casa del Presidente de la República

Se presentaba un libro en el que había participado un amigo junto con otros investigadores y acompañamos al amigo y su mujer otras dos parejas. Ha sido una convivencia corta y muy agradable, llena de paseos, charlas y ¡ay! comidas.

El libro se titula El "botín de guerra" en Andalucía (Cultura represiva y víctimas de la Ley de Responsabilidades Políticas, 1936-1945) y es el fruto de varios años de investigación de historiadores de distintas universidades andaluzas.
Lo presentaron dos de los coordinadores, Fernando Martínez López y Antonio Barragán Moriana, en la casa-museo de Don Niceto Alcalá-Zamora, primer presidente de la II República. Ahí mismo me enteré que Don Niceto era oriundo de Priego.
El acto de presentación fue interesante y emotivo. Hubo gráficos que mostraban, aunque en preciosos colores, hechos que reflejaban los dramas que padecieron muchas familias. No sólo las muertes, fusilamientos, etc., sino las penas de prisión, los saqueos, incautaciones, sanciones y depuraciones de todos aquellos que no comulgaban con las ideas de los fascistas golpistas.
Afortunadamente, aunque mucho tiempo después, hay investigaciones sobre este negro período de la guerra española. Alguien (quizá Ángel Viñas o Santos Juliá) citaba a Paul Preston el otro día y su recomendación a los historiadores españoles de que profundizaran en esos años. Parece que lo han escuchado.
El libro viene acompañado de un cd con todo tipo de gráficos.

Copio aquí el extracto de la contraportada: 
El 'botín de guerra' en Andalucía es el resultado de varios años de investigación de historiadores de las diversas universidades andaluzas sobre la represión económica llevada a cabo durante la Guerra Civil y la posguerra en tierra andaluza. Analiza las intervenciones de las Comisiones Provinciales de Incautaciones de Bienes en las provincias ocupadas por las tropas rebeldes a la República y las actuaciones de los Tribunales de Responsabilidades Políticas en toda la región entre 1939 y 1945. Para este proyecto se ha desbrozado una documentación de miles de referencias y expedientes correspondientes a cerca de 60.000 personas.
El libro está dividido en tres partes. La primera aborda una reflexión sobre la violencia política en Andalucía y el marco legislativo de este de represión, por lo general poco conocida, y realiza un balance sobre el alcance económico y el impacto que tuvo en las bases sociales y políticas de los partidos republicanos y el movimiento obrero andaluz. La segunda está dedicada al análisis de los procesos de incautaciones y sanciones económicas en cada una de las ocho provincias andaluzas. Y la tercera, bajo el título de "La invención del enemigo", trata su repercusión sobre las mujeres y la élite política republicana andaluza, profundiza sobre los informes emitidos por párrocos, alcaldes, Guardia Civil y Falange sobre los procesados, y analiza el perfil de las élites jurídicas de los tribunales de excepción en Andalucía.