martes, 18 de enero de 2022

FEBRERO DE PANDEMIA. 2021


Me acabo de encontrar este escrito de hace exactamente un año y he decidido publicarlo. Lo dejé aparcado porque al final estaba aburrida, no era nada interesante y además contaba cosas de la familia y nunca sabes si va a gustar. Quito algunas cosas y aquí va:



FEBRERO 2021


Es uno de febrero de 2021 y pronto va a hacer un año desde que empezó la pandemia del coronavirus. El 13 de marzo del pasado año fue el día que decretaron el aislamiento en España. Los días anteriores fuimos a Conquista pero nos vinimos sin agotar nuestra prevista estancia porque las noticias eran preocupantes y los anuncios del posible confinamiento cada vez más verosímiles.


Desde entonces, hemos pasado muchas etapas. Primero la novedad y la incredulidad de la situación. Las mascarillas. La alarma diaria de la subida de la curva, el número creciente de muertos, los ingenios para movernos por la casa para hacer ejercicio. Solucionar la compra de comestibles se convirtió primero en otro problema, después en un desahogo. Podíamos salir a comprar lo estrictamente necesario, pero nuestros hijos nos aconsejaban que no lo hiciéramos y pidiéramos por teléfono. Los supermercados entonces te daban siete días para poder entregarte el pedido. Luego vinieron los aplausos en las terrazas. Entonces, solo entonces, empecé a interesarme por los vecinos que tenía en frente. En veinte años, no me había parado a mirar, es verdad que la calle es bastante ancha y quedan un poco lejos.


Sobre esta pandemia habrá mucha gente que haga la crónica. Se escribirá su historia desde muchos puntos de vista. Yo misma escribí un par de historias cortas haciendo referencia a ella (una cuando aún no estaba en la mente de nadie). Qué optimista estaba yo entonces, pensando que esto sería cosa de pocos meses. Ahora, al cabo del año, cuando estamos en la tercera ola y los ánimos empiezan a flaquear, quiero hacer una cosa sencilla. En este momento, en Toledo está cerrada toda la hostelería, no hay pues ni un bar ni un restaurante abierto. El toque de queda es a las 10 de la noche y los grandes almacenes también han cerrado, así como cines, teatros, conciertos. No hay nada, nada se puede hacer. Puedes quedar con alguna pareja para pasear (no más de cuatro personas juntas). A los hijos que viven en Toledo los vemos, una semana sí y otra no a J., y todas las semanas a R. Suele ser un rato para pasear o estar con ellos un rato. Siempre al aire libre. A. vive en Madrid, así que no lo vemos.


Por eso he pensado que es un buen momento para poner aquí las experiencias de mis monótonos días, con la idea de que, dentro de mucho tiempo, un día alguien pueda saciar un poco su curiosidad, caso de que exista.


Como hay poco que contar, (aparte de la lectura, los paseos, el dibujo, la costura y las clases de inglés), escribiré sobre lo que cocino a diario. Tampoco esto será divertido ni excesivamente variado, pero al menos reflejará qué se come en esta casa, hogar de dos personas mayores. Supongo que alguna vez pediré algo a algún bar/restaurante abierto donde vendan cosas para llevar o compraré algo ya preparado en alguna tienda para calentar. En principio me gusta cocinar, aunque el hecho de tener que hacerlo a diario me produzca hartazgo.


Sólo hablaré de la comida principal y no de la cena. Tampoco añadiré aperitivos ni esas cosas que siempre acompañan: el queso previo o al final, unas rodajas de salchichón, unas lonchas de jamón, unas aceitunas o unas patatas chips, antes de empezar.


Día 1

Judías verdes y champiñones rehogados con un huevo frito por encima.


Las judías verdes las hace Daniel al vapor y sabe darle el punto para que queden ‘al dente’. De los champis me he encargado yo. Me gusta comprarlos muy, muy frescos para que estén duros y crujientes. Los corto en láminas no demasiado finas y los rehogo con unos dientes de ajo también en láminas. Con las judías hago lo mismo, pero por separado. Después junto ambas cosas y frío un par de huevos y los pongo por encima.


Día 2

Higadito de cordero lechal y tomates aliñados en rodajas.


Ayer subimos al casco andando a buscar un almanaque a la sucursal bancaria. Una excusa como otra cualquiera para aprovechar la mañana haciendo, además, un poco de ejercicio. Al pasar por la Cuesta de Armas, vi la carnicería donde compré durante ocho años, aunque estaba en otro sitio entonces. Faltaba queso manchego y entramos. No me pude resistir al ver la asadurita en el mostrador. En casa no han gustado mucho las entrañas (excepto los sesos a Daniel) y por esa razón apenas tomamos cosas de casquería. Así que, ahora que estamos solos, aprovecho alguna vez, bastante de tarde en tarde. Le dije que la cortara en filetes. Salieron muy pequeños por el tamaño.

    _Tire usted todo lo que no sea hígado, dije al carnicero.

    _¿No tiene usted perros ni gatos?

    _No.


Lo hemos tomado como siempre; es una receta francesa. Se fríen los filetes en aceite y se van poniendo en una fuente. Cuando se sacan todos, ya bien fritos, se los cubre con mucho ajo y perejil finamente picado. Del aceite de haberlos frito -tiene que seguir bien caliente-, se le echan por encima varias cucharadas.  Los ajos y el perejil no se fríen, pero tienen que chisporrotear. Imposible no mojar pan después en esa salsa.


Día 3

Cumple de L. Lasaña y tarta de chocolate


Mi nieto L. cumple ya ¡diez añazos! Vinieron a comer su padre y él. Qué grande y qué guapo! No sé cómo será con 17, pero creo que llevará cola detrás de él.  Mantuvimos todas las precauciones. Mascarillas todo el rato, excepto los momentos de ingerir la comida, claro. Cada pareja en un pico de la gran mesa abierta del comedor y con las ventanas abiertas. Afortunadamente hizo buena temperatura y pudimos mantenerlas así y la casa ventilada todo el rato. 


Desgraciadamente no pudieron venir sus primas. No nos podemos reunir en las casas más de cuatro personas si no somos convivientes. (Nueva palabra utilizada continuamente ahora).


Puse unos aperitivos y enseguida la lasaña, ya que L. no debe comer antes mucho, si no, come mal. Con todo, comió mal porque encontró mucha cebolla. La tarta estaba rica. Fui a comprarla el día anterior a Santo Tomé. Yo la quería más pequeña pero no tenían. Me traje la que en teoría era para cuatro personas. Después de repetir, nos sobró más de la mitad. Mi amiga Claudia me acompañó y aprovechamos para dar un paseo.


La lasaña la hago de forma sencilla: rehogo la carne picada con cebolla, ajos, sal y pimienta. Tomate frito de bote, que es el que más gusta a los niños por desgracia. Por encima, abundante bechamel. Como no tenía queso rallado, aproveché el último resto de un manchego curado para espolvorear y cubrir antes de meterla al horno.


4 de febrero

Sopa de fideos y gallos fritos. 


Saqué un caldo de cocer alcachofas y le puse un trozo de tocino añejo, un hueso de jamón, una patata y una cebolla. Una vez hecho y colado, para adornar, y también para dar sabor, añadí unos pocos guisantes y corté en rodajas muy finitas unos palitos de apio. (Siempre tengo verduras congeladas). Al final, eché los fideos finos, que se hacen en un momento.


La fritura de los gallos no tiene misterio. Bueno, a mí me gusta usar la harina especial para freír pescado que venden en Andalucía. Como no tenía, le añadí a la de repostería un pelín de pan rallado para enharinarlos después de ponerles la sal. Freír en abundante aceite, claro.


5 de febrero

Hoy es viernes y vamos a recoger a los pequeños al cole. Dicen que los enanos contaminan menos, así que nos arriesgamos a meter a los niños en el coche. Es un momento, ya que la mayor parte del trayecto la hacemos andando. M. tiene cinco años y S. tres. Van al mismo cole y todavía comparten patio. 


Ver a los pequeños es una gozada. Dan energía, son absolutamente encantadores, llenos de vida. Nos piden que nos quedemos un ratito en su casa. Así lo hacemos. El patio de mi hija tiene una orientación estupenda, con poco sol que asome, proporciona una temperatura ideal para estar al aire libre. N., mi yerno, sale un poco antes los viernes, así que también estaba allí. Entre mi hija y él nos sacaron un vino y un tapeo. Luego llegaron las mayores del instituto, L. y D. Tan maravillosas y tanto tiempo sin poder estrujarlas… en fin. Al final, nos quedamos a comer, claro. Ese par de horitas de charla y convivencia, incluso con todas las distancias, nos vino de perlas.


Por fin pude convencer a Daniel de no llevar cosas con azúcar para los niños y compré un par de piñas que nos vinieron muy bien para el postre. Se las llevamos ya cortadas en rodajas con el estupendo aparato, sencillo y práctico, que tenemos en casa.


6 de febrero

Escalivada y salmón ahumado.


Este es el plan de comida para hoy, pero es sábado y me gusta dar una vuelta por la pescadería. Me pongo la mochila a la espalda y las zapatillas de andar, sin olvidar la dichosa mascarilla. Habrá una distancia de poco más de un kilómetro. A la vuelta, si tengo ganas y no vengo muy cargada, alargo el paseo por el barrio de Palomarejos. 


Llevaba ganas de un buey de mar, pero no había. He traído almejas, mejillones de roca (pequeños) y un par de filetes de atún rojo. Veremos.


He decidido dejar el salmón ahumado para otro día y he hecho las almejas y los mejillones. Los he hecho al estilo belga, con hierbas. Han salido deliciosos.


7 de febrero

Filetes de atún rojo y ensalada


Hoy he decidido empezar un nuevo cuadro. Un bodegón pequeño, a ver qué tal. Ahora compro lienzos minúsculos pues el espacio en casa escasea. Por esa misma razón, hago acuarela y dibujo. Los cuadernos ocupan menos que los lienzos, por pequeños que sean. El paseo lo hemos dejado para la tarde. 


Cuando hemos salido hacía un día desapacible y ventoso, pero el aire frío en la cara vivificaba y se agradecía. 

Mucha gente debió pensar lo mismo porque éramos muchos en “la vuelta al parque”.


Nos dieron ganas de alargar el paseo, pero las gotas minúsculas que cayeron al principio, se fueron haciendo más gordas. Terminamos la caminata sin dificultades, yo solo abrí el paraguas un rato antes de llegar a casa.


8 de febrero

Puré de verduras y tortilla de berenjenas, setas y gambones.


Las berenjenas se encargó Daniel de hacerlas en la sartén. Cuando me levanté ya salía el olor de la cocina. Las setas (de pie azul, lepista nuda) las habíamos cogido al final del otoño cerca de casa y las tenía congeladas, así como los gambones.


El puré, como siempre, aprovechando lo que hay en casa. En esta ocasión le he puesto dos calabacines, una patata, dos zanahorias y la parte verde de éstas, así como la parte verde de un manojo de cebolletas. Sal, pizca de pimienta y mantequilla.


Me he pasado la mañana pintando y en la cocina, aunque al final, como todos los días, he dejado un ratito para el inglés.


En cuanto deje esto, me bajo al súper, que es lunes y faltan muchas cosas en la nevera.


9 de febrero

Sobras.


Cuando quedan restos de aquí y de allí que hay que terminar, es cuando mejor comemos, más variado. A veces los restos, aderezándolos debidamente, pueden resultar platos exquisitos.


También hoy dejaremos el paseo para la tarde, aunque, igual que ayer, hay previstas lluvias y el viento que no ha cesado de rugir seguirá haciéndolo todavía. Mi casa está en una zona alta de la ciudad y es el último piso, exterior por dos costados, así que lo notamos de lo lindo.


Como no tengo que hacer comida, después del inglés, tendré más tiempo para leer. Estoy con “El infinito en un junco”, una historia de los libros, por resumir, aunque toca muchos aspectos históricos. Es muy entretenida y bastante relajante, después de los últimos libros de asunto político que he leído. Por una casualidad, he leído seguidas las Memorias de Michelle Obama, las de Barack Obama y el libro sobre Trump de su sobrina Mary L. Trump.


10 de febrero

Cocido


He terminado mi minibodegón. Había colocado en un plato un par de naranjas, unos plátanos, una manzana y una pera. Al lado, una botella de vino. No ha quedado mal.


Hoy vamos a recoger a los peques del cole.  Hace un sol radiante, así que no sé cómo voy a salir del atolladero. Ayer, hablando por teléfono con S., le dije que no nos podríamos quedar a comer porque iba a llover. Me gustaría haber retenido las deliciosas frases que utilizó para decirme que ella quería que nos quedáramos en su casa porque quería invitarnos a comer.


Hemos recogido a los niños y los hemos llevado andando y, los últimos metros, en coche. Lo dejamos un poco apartado para caminar y evitar estar encerrados dentro mucho tiempo.


Nos hemos quedado un rato y el tiempo era estupendo, nada de lluvia. El paseo de la tarde transcurrió igual, sin agua, a pesar de estar prevista.


11 de febrero

Sopa de cocido y ropa vieja.


Después del cocido, es inevitable la ropa vieja, aunque si dices “inevitable” la cosa parece peyorativa. En absoluto. El quid está en poner mucha cebolla. Después de añadir la carne y todos los restos a la sartén donde hemos refrito, como digo, mucha cebolla, yo añado alguna yerba fresca. Perejil o hierbabuena, cortada; es lo más socorrido.


A última hora de la mañana nos hemos ido a pasear a lo largo del Tajo. Caminamos por la senda pegada al río hacia el palacio de Galiana. Desde las últimas nieves no habíamos estado por esa zona. El río baja cargadísimo y es impresionante ver la fuerza después del azud, pasada la antigua fábrica. 

Juan y Mila nos han acompañado y hemos ido todo el recorrido charlando. Para nuestras costumbres, se hizo tarde la hora de la vuelta. No para ellos, que suelen comer después de las tres. Agradabilísimo paseo.


12 de febrero

Ensalada y quesos.


La ensalada es contundente. Lleva aguacates y mil cosas más, todas apetitosas.

Quedan varios restos de quesos franceses que hay que terminar.


Al poner la fecha, me ha venido a la memoria aquel “espíritu del 12 de febrero”, de infausta memoria. Arias Navarro nunca llevó a cabo la mínima reforma que anunció ese 12 de febrero de 1974. Demasiado franquista y miedoso para tomar cualquier medida con un mínimo atisbo de apertura democrática.


Bueno pues ayer tuvimos la gran noticia. Los bares y restaurantes vuelven a abrir.  Las cifras de contagios y muertes son todavía elevadas, pero el hartazgo es tal que está todo el mundo deseando tener un poco de normalidad. El toque de queda sigue estando a las diez de la noche, así que todo debe cerrar al menos una hora antes. En las barras de los bares no se puede consumir y en el interior solo está permitido, sentado, un tercio del aforo y la mitad si es en el exterior. El máximo de personas por mesa ha pasado de cuatro a seis. Ahora debemos descargarnos un código en el móvil que habremos de dar antes de entrar a un establecimiento. Nosotros lo bajamos anoche, así que ya lo hemos utilizado hoy sin ningún problema.


Aprovechando que teníamos que hacer una gestión bancaria, hemos ido andando hasta Zocodover y de allí hasta la catedral. Qué alegría ver tiendas abiertas, los camareros ordenando las mesas de las terrazas… El sol salía a ratos y  animaba las caras de todos. Yo al menos así lo percibí.


Hemos acabado en el Yoguis tomando el aperitivo en la terraza. Sólo había una mesa más ocupada. Después de mis huevos rellenos, los que más me gustan son los que hacen en este bar de comidas caseras, que conocemos desde nuestra llegada a Toledo. Por esta razón (el tapeo) al llegar a casa, solo hemos tomado una ensalada y unas tapas de quesos variados, los restos de los franceses y alguno de cabra y manchego.


13 de febrero


Chuletitas de cordero con patatas y pimientos fritos. Ensalada de col y zanahorias ralladas.

Es sábado y, a falta de algo mejor, el coche nos lleva a la pescadería. Después seguimos hacia el súper para completar. Celebraremos el día de San Valentín con antelación, total, nosotros no somos de celebraciones, nunca hemos celebrado estas fiestas sacadas de la manga por comerciantes interesados. Así que nos zampamos los langostinos tan ricamente. Nos gusta comprarlos crudos y hacerlos en casa. Fuera los suelen cocer demasiado y con frecuencia saben más a laurel que a marisco. (Los andaluces nos llevamos las manos a la cabeza con esta costumbre del laurel en la cochura). No hay nada mejor que un ligero hervor con agua y sal. Daniel además los dejó en su justo punto, tanto de sal como de cocción. Es verdad que con un poco de supervisión por mi parte y un poco de cabreo por la suya. No le gusta que yo ande merodeando por la cocina cuando él está con alguna faena cacerolil.


Por la tarde nos fuimos a hacer el paseo de los depósitos hacia Bargas. El tiempo era soleado y templado. Nos cruzamos con algunas personas. Los más deportistas, como corredores y ciclistas iban sin mascarilla. Otros se las ponían al vernos (como nosotros) y otros las llevaban de antemano. Me encanta ese paseo en todas las épocas del año. En esta, con los sembrados ya creciendo, las enormes lomas verdes lucen radiantes su ondulada suavidad. El camino corre paralelo a la A41, aunque a gran distancia y en altura con lo que siempre ves grandes horizontes a derecha e izquierda. Qué suerte poder contemplar esos paisajes abiertos, con encinas y sembrados a un paso de casa. 


Domingo 15

Arroz con chirlas


Hoy es San Valentín. Sigue el buen tiempo. Hemos salido al campo por la mañana. Necesito que me dé el sol en la cara, por eso elegimos un sitio donde no nos encontremos con nadie para poder ir tranquilamente sin mascarilla. Lo conseguimos tomando la dirección de La Puebla, a unos 10 kms. de Toledo. Paseamos por campos sembrados de viñas en altura y cerca del río. 

La mañana era magnífica y no invitaba a quedarse en casa.

A la vuelta nos quedamos a tomar el aperitivo en El Catavinos. Hemos tenido suerte: buen sitio para aparcar y una mesa bien separada y al sol ¿se puede pedir más?


A última hora de la tarde, tuvimos la agradable sorpresa de la visita de nuestro hijo mayor. Visita fugaz, en un descanso mientras corría. Nos anunció que había hablado con L. sobre su novia.


Los amigos siguen sin dar señales para salir. Hay mucho miedo. Es mejor ser cautos.


Lunes 15

Minestrone


Es la misma receta que hago desde recién casada, la que viene en el libro de  Simone Ortega. Muy completa: verduras, legumbres, pasta y queso.


Hoy he guardado las dos mantitas que teníamos para cubrirnos las rodillas en las terrazas de los bares y restaurantes, allá por noviembre y diciembre. Ahora, que acaban de volver a abrirlas, ya no serán necesarias. Aunque la temperatura baja bastante de noche, a mediodía suele alcanzar ya los 16, 17, 18…


Hemos dado doble paseo, por la mañana la vuelta al parque, por la tarde a los depósitos. Nos hemos encontrado con gente amiga.

El parque es el que tenemos al lado de casa, el de las Tres Culturas.


Martes 15

Dorada a la sal


J. ha anunciado que vendrá a merendar con L. Qué alegría. Daniel se ha ido a buscar un bizcocho y yo me he quedado escribiendo este diario febrerino.


Hoy nos hemos ido a dar el paseo por el sendero que va detrás de la fábrica de armas, ahora universidad. Atravesamos al otro lado del río por la moderna pasarela, desde la que tan buenas vistas hay y tan buenas fotos se pueden hacer, sobre todo de la ciudad monumental, con San Juan de los Reyes en todo su esplendor.


J. y L. llegaron puntuales, a las 5.15 como acordado, aunque solo se quedaron media hora porque iban a clase de música. Hacía tan buen tiempo que tuvimos la terraza abierta de par en par.


Miércoles 17

Hoy vamos a recoger a los peques del cole. Decididamente, los miércoles es el mejor día. Viene a casa la chica que nos ayuda, pero se va justo a tiempo de salir nosotros. 


Ya sabemos que nos quedamos a comer. R. me ha prohibido llevar comida, pero yo compro un montón de croquetas en Mercadona. Ayudan a completar, a los niños les encantan y, si sobran, pues para la noche.


R. prepara una especie de tacos. Carne picada y un montón de salsas y verduras ricas. Cada uno se prepara el suyo, al gusto. Disfrutamos como enanos hablando con las mayores y los pequeños.


Jueves 18

Lentejas


Las hago de forma muy simple, todo en crudo. Siempre tengo caldo de verduras, si no del momento, congelado. También le pongo chorizo y morcilla zanga de mi pueblo (morcilla de sangre), le va muy bien. Por supuesto, ajos, cebolla, un trozo de zanahoria, pimientos verdes. Hoy le he puesto también un pimiento rojo seco de Conquista. Este verano compré bastantes en el huerto de C. y preparé un montón de ristras para secar. Conforme se van secando van tomando un color rojo precioso. Aún me quedan.


Mala noticia. Una amiguita del cole de S., ha cogido coronavirus. Por precaución tienen que hacer todos cuarentena. Esta misma mañana se han hecho todos la prueba PCR para detectar el virus y les da negativo. Menos mal. Aun así, S. debe guardar cuarentena, así que eso afectará a R., claro, que es quien se tiene que  quedar con ella.


Por la tarde nos fuimos a pasear al Valle. Dejamos el coche nada más pasar el puente de Alcántara. Subimos a buen paso al principio. Pasamos el arroyo de la Degollada, el  quiosco base, el quiosco de las postales y justo al llegar enfrente de la iglesia de San Sebastián, dimos la vuelta. 


Antes, grabé un vídeo de la porquería que la gente deja tirada en los rodaderos que van hacia el río. Plásticos, latas, botellas... un asco. No sé cómo no se les congela el gesto antes de tirar nada delante de esa vista. 

Lo subí a las redes aunque no creo que sirva para nada.


Por la noche vimos una película de la que no había oído hablar: La Luz entre los Océanos, es australiana de 2016. Me gustó con reparos. La fotografía excelente.


Viernes 19

Pescada, ensalada de espinacas y endivias.


R. me confirma que están todos muy bien.


Nosotros hemos cogido el coche y nos hemos ido a San Pablo de los Montes. De allí a Las Navillas. Echo mucho de menos ir a buscar setas, así que intentamos compaginar las dos cosas, andar al aire libre sin mascarilla, yo buscando setas y Daniel caminando. Hacia Las Navillas hay un sitio llano, donde he encontrado algunas setas. He disfrutado. No sé cómo se llaman pero sé que son comestibles porque son las mismas que encuentro entre la hierba al lado de las encinas en mi pueblo. Deben ser parientes de la clitocybes porque, como ellas, tienen el tallo muy duro y correoso.


Intentamos tomar un café pero en Las Navillas está todo cerrado. Nos volvemos porque no me he dejado nada preparado para comer.  Sí había sacado la pescada del congelador. Había comprado el sábado anterior una grande en la pescadería (no me gusta mucho la merluza, prefiero la pescadilla grande) y había pedido al pescadero que me cortara la mitad de la cola en rodajas y la parte del lomo abierta. Así la congelo por separado.


Nada más llegar encendí el horno. Mientras se calentaba me cambié y pelé y corté en rodajas muy finas un par de patatas que puse en el fondo de la bandeja. Al ser muy finas se hacen enseguida. De todas formas les di la vuelta y luego puse encima los lomos solo con aceite por encima y sal.


Daniel mientras tanto preparó la ensalada con lo que saqué del frigorífico. Un cogollo de lechuga, una zanahoria, un tomate. Yo luego añadí bastante perejil picado y una remolacha hervida, en rodajas. Yo las compro de las que vienen cocidas envasadas al vacío en plástico. Las que van en bote o lata (conserva) tienen mal sabor o eso me parece a mí.


Antes de comer aún nos dio tiempo de recuperar la comparecencia del presidente Pedro Sánchez en Cáceres. Había ido a hablar de otras cosas, pero aprovechó para volver a recalcar que España es "una democracia plena" y que "en ningún caso está justificada la violencia". Estos días está habiendo manifestaciones con mucha violencia (destrozo y quema de contenedores, mobiliario urbano, escaparates pintarrajeados y rotos para robar o por gusto, etc.). Los violentos llevan así cuatro noches ya, desde que metieron en la cárcel al rapero que alienta al terrorismo y el tiro en la nuca (según sus tuits y las letras de sus canciones).


Por la tarde limpié y pasé por la sartén las setas. Llené tres botes pequeños que ya tengo congelados.


Por la noche estrenaron la segunda temporada de la serie Hierro. Vi los dos capítulos, pero creo que tendré que echar un vistazo a los anteriores porque hay cosas que no recuerdo.


Me maravillo de que sea viernes y hayamos asumido con tanta normalidad no salir por la noche. Hace unos años hubiera sido impensable, aunque ya llevábamos algún tiempo que  remoloneábamos y preferíamos el día para salir a comer. Desde la pandemia no hemos vuelto a hacerlo, excepto en los dos meses de verano en que la covid nos dio un respiro.


Ya hay anuncio de vacuna para los mayores de 80 años y posible pase a fase 2 si siguen bajando los contagios. Mañana contaré más cosas.


Sábado 20

Pescado aliñado. Acelgas.


Ayer sobró, así que lo aprovecho hoy añadiéndole cebolleta, perejil y tomate. Aceite, vinagre y sal, claro. Las acelgas las hizo ayer Daniel con la receta de mi pueblo que ya tengo publicada por ahí varias veces y que todo el mundo conoce.


Esta mañana he andado perezosa para salir. He dormido mal y después del desayuno me he vuelto a echar un rato. Daniel ha ido a llevarles un bizcocho a las niñas. Lo ha dejado en la puerta pero ha podido ver a S. y R. de lejos. Qué suerte.


Desde anoche estamos en fase 2 en Castilla La Mancha, excepto algunos pequeños municipios que siguen en la 3. Sigue el toque de queda a las 22 horas y el cierre perimetral de la región, pero la hostelería amplía su aforo hasta el 50% en el interior y el 75% en el exterior. Sin servicio de barra y sentados. Abren al 50% las plazas de toros y los espacios culturales (salas de cine, teatros, museos...) Se permitirá ya la entrada a los espectáculos deportivos con el 30% del aforo o 300 personas como máximo. Se fijan también medidas para bodas, bautizos, comuniones, entierros, etc. y volverán las visitas a los residentes en centros de mayores. 


El día amaneció luminoso pero se ha ido poniendo feo, con los restos de calima africana que van cruzando la península. La temperatura va a subir a 21, aunque mañana vuelve de bajar a 13 grados de máxima.


Hacia la una y media hemos bajado a tomar el aperitivo y ver cómo estaba el ambiente. Casi todas las mesas llenas en los 4 ó 5 bares cerca de casa, a pesar del 75%. Hemos podido encontrar mesa en un sitio pequeño que han abierto en la calle Berlín. Hemos tomado unos vinos que nos han traído ya servidos (Daniel, tinto, yo, blanco) que no nos han gustado demasiado. Se notaba que acababan de abrir y eran chavales jóvenes.


La comida en casa deliciosa, ¡cómo se agradece lo natural después de venir de un bar!


Una cosa que he olvidado mencionar es la apertura de parques ¡por fin! Entre el virus y los destrozos de la nieve de la tormenta Filomena, han permanecido cerrados demasiado tiempo. El nuestro, el de al lado de casa quiero decir, lo han abierto también. Estaba como nuevo. Ha empezado a crecer la hierba por los paseos terrosos y por algunos sitios bajo los árboles había alcanzado altura. He encontrado setas de pie azul. Al menos 8 o 10 ejemplares de un tamaño considerable. Qué disfrute. Ya las tengo arregladas, aunque he dejado tres para pasarlas por la parrilla pues están muy enteras, sin acabar de abrir.


Domingo 21

Huevos fritos con torreznos y morcilla de arroz. Pencas de acelga aliñadas.


Hoy ha amanecido un día bastante feo. Está cubierto y oscuro. La temperatura, como estaba previsto, ha bajado, aunque para mañana se espera que aún baje más.


Los contagios de la tercera ola siguen bajando, no así la cifra de muertos ni la de enfermos en uvi.


Cuando hiervo los acelgas (o las pongo al vapor), siempre separo las pencas, que suelo utilizar aliñadas enteras (como los espárragos blancos) a la vinagreta. Esta vez las voy a poner al estilo de Conquista. Las parto en trocitos pequeños y les añado un huevo duro. La clara cortada en trocitos muy pequeños también y la yema diluida en la vinagreta. Este simple toque hace un plato distinto.


Los torreznillos estaban deliciosos. Eran muy pequeños y muy veteados. Los hice a fuego lento. La morcilla de arroz, en rodajas. Estos placeres no se pueden tomar a menudo, pero sí de tarde en tarde.


Se anuncia para el lunes la apertura de la zona de juegos infantiles en los parques. Ya era hora! 


Lunes 22

Albóndigas con patatas fritas y ensalada.


Suelo comprar la carne picada de ternera, de un trozo elegido por mí. Le añado sal, pimienta, pelín de perejil y ajo picado. Un huevo crudo para que ligue bien la mezcla y las frío. En ese aceite hago el refrito de cebolla, ajo, poco de pimiento y tomate. Añado medio vaso de vino blanco y uno de agua y lo pongo a hervir. En el último momento echo las albóndigas para que cuezan juntas con la salsa. Mi madre tenía la costumbre de añadir un huevo crudo batido a la salsa, no sé si para espesar o como simple alimento. Yo seguí haciéndolo al principio, pero luego dejé de hacerlo porque el aspecto para los niños no es bueno, empiezan a separar esas hebras que quedan... 



Esta mañana hemos estado en la gestora de Santa María de Benquerencia a la firma de unos documentos. R. la pobre no ha podido ni acompañarnos, pues S. sigue confinada y ella de rebote. Por supuesto las gestoras no han llegado a tiempo.


Hemos aprovechado para desayunar en una terraza cercana con un frío que pelaba. Al final hemos pedido a la camarera que nos encendiera la estufa. Las tostadas de Daniel estaban requemadas como a él le gustan y con una pinta de pan de pueblo estupendas. Yo he pedido una porra.


A la salida de las oficinas hemos ido a ver a nuestra hija. Cinco minutos y de lejos. Los niños corren a nuestro encuentro y nos abrazan las piernas. Qué triste! Y ya están habituados a esto.


Esta tarde hemos quedado con Mila para pasear. Su cuñada está ingresada por unas arritmias y Juan está con ella. En el paseo nos encontramos a Augusto y Ana y, más tarde, a Marieles y Jesús. Dos ratitos más de charla con los que no contábamos. Qué bien.


Martes 23

Chocos con arroz.


Hemos pedido queso a un compañero del partido que representa a varias casas comerciales de quesos y otros productos. Si haces pedidos grandes te los trae a casa aprovechando el viaje a las tiendas. Después de probar varios durante más de un año, nos quedamos con uno de Pulgar que lo conocen como "de tres leches". Como su nombre indica, lleva leche de oveja, de cabra y de vaca. Está buenísimo. Después de la compra, reparto entre los hijos. 


La próxima vez que hablemos con A., tenemos que decirle que aquí tiene su trozo. Qué ganas tengo de ver a mi hijo pequeño. Casi dos meses ya. Aunque la Comunidad de Madrid tiene más contagios que esta, él sí puede salir, pero no puede entrar en nuestra Comunidad. Nos solemos llamar cada diez días o así, pero no es igual. Yo necesitaría ya poder apretarlo un poco aunque fuera con mascarilla y mirando cada uno "a Cuenca". 


Vamos a desayunar, como el martes pasado, con Pilar y José Manuel. Al mismo sitio, pero hoy hacía más frío. Yo lo he tenido en cuenta, Daniel no. Hemos compartido mi bufanda roja grande (tipo manta) para las rodillas. A medida que el sol iba subiendo, se estaba más a gusto.


Esta terraza tiene la ventaja de, además de buena tostada, tener la fachada del museo de Santa Cruz enfrente. Qué gozada!


A la vuelta he llamado a Sagrario para convencerla de que ya hay que empezar a salir un poquito, aunque sólo sea a los desayunos en terrazas abiertas.


De los chocos se ocupa Daniel. Hace la receta de su hermana. La última vez compramos calamares y también salieron riquísimos. Si no se encuentran los auténticos de Huelva, que los dan sin limpiar, es mejor esta opción.


Hoy estamos teniendo en todos los medios sesión extra de 23-F. Ya habréis caído en que es 23 de febrero y además, el 40 aniversario, nada menos. Programas donde pasan los vídeos de aquel día, las típicas entrevistas de qué pasaba esa mañana, qué estaban haciendo ese día los entrevistados... etc., aunque es verdad que cada vez quedan menos testigos. 


En el paseo de la tarde vimos a Clemente y Carmen, invisibles durante toda la pandemia, y otra vez a Marieles y Jesús.


Me corto el pelo una vez más. Esta vez me lo he dejado más corto.


Miércoles 24

Salmón a la plancha y pasta.


Poco que contar: rodajas de salmón con una pizca de sal, pasadas por la sartén con una gota de aceite. La pasta son las cintas hervidas con sal y luego, escurridas y bien calientes, aderezadas con mantequilla y pimienta.


R. sigue confinada, así que no vamos a recoger a los niños. Es día de limpieza viene Ana puntual.


He empezado un nuevo dibujo. Un bodegón con unos cuantos cacharros de casa y unas piñas recogidas en el parque.


He comprado fresas por primera vez este año. Espero que a L. le gusten, aunque tenemos melón, que también le gusta. J. nos llamó ayer y lo tenemos que recoger el jueves porque a él no le da tiempo. Tiene dentista. Él llegará más tarde, pero no lo esperaremos.


Ayer hablé con A., tenemos ganas de que nos desconfínen  autonómicamente para poder vernos. Si no lo hacen pronto, creo que me buscaré una excusa para poder ir a Madrid.


Por la tarde llevamos el aceite usado al punto limpio. Está enfrente del cementerio. Volvemos a casa por la avda. de Irlanda, Europa, etc. Una buena vuelta para mí, Daniel dice que es un poco corta.


Jueves 25

Puré de verduras y hamburguesas


El menú está pensado para L., espero que le guste.


Efectivamente hoy sí he acertado con la comida. Lucas ha comido bien. Pero creo que come muy poco. De postre había melón porque sé que le gusta y solo se ha tomado media rodaja.


J. llegó a las 3.15. Ya habíamos comido pero nos hemos quedado charlando con él un poco. Con el asunto de los trans, con el que estamos un poco perdidos.


Por la tarde hemos ido a la óptica, a encargar unas gafas, ya que Daniel ha perdido sin saber cómo (siempre es así, supongo), las suyas.


Viernes 26


Hoy vamos a comer a un restaurant después de meses. Quedamos con Santiago y Pilocha en Venta de Aires. Hace unos años cambiaron la cocina y ahora da gusto. Este lugar antiguo y con solera ha sabido amoldarse bien a los nuevos tiempos y a la pandemia. El hecho de estar a las afueras (en su origen) le ha permitido tener una gran cantidad de terreno (antiguamente era una auténtica Venta) alrededor que han convertido en magníficas terrazas, donde puede haber gran separación entre mesas. 

El menú ha sido variado y todos salimos contentos. Cada uno un plato: bacalao, rabo de toro, chuletón y merluza. De entrada plato al centro de verduras en tempura. Exquisito todo. Prometemos repetir.


Sábado 27

Arroz con verduras.


Ya he comentado que siempre tengo todo tipo de verduras congeladas: alcachofas, guisantes, judías, espárragos... Además en esta ocasión también setas.

Vamos a ver a R. después del confinamiento. Qué alegría. Ya va S. al cole y todos han vuelto a hacer vida normal. L. y D. están de exámenes y salen un momento de sus habitaciones para saludar y se vuelven a estudiar. Las dos son muy responsables y les gusta sacar buenas notas, así que trabajan duro.


Cuando los pequeños están preparados salimos con ellos y sus padres a dar un paseo al parque. M. con la bici. Lleva pocos días conduciendo sin las ruedas auxiliares y va muy bien. S. con el patinete. Pasamos un buen rato en el parque al sol, la pena es que hay que llevar mascarilla.


Domingo 28

Gran aperitivo. Gulas.


Tenemos que consumir todo lo que hay abierto, así que solo hago las gulas para final. Tenemos foiegras, rabanitos untados con sal y mantequilla, boquerones en vinagre sobre patatas fritas...




























miércoles, 26 de mayo de 2021

ZORITA DE LOS CANES. RECÓPOLIS.

 El otro día vimos en la tv2 un programa sobre viajes. Lo dedicaron, al menos una parte, a Zorita de los Canes, en la provincia de Guadalajara. En aquellos días aún no se podía salir de la Comunidad, así que pensamos que sería un buen lugar para visitar. Todo invitaba a ello: las ruinas de la ciudad visigoda, el castillo, la ciudad misma a orillas del Tajo y su solitario alejamiento de la civilización. Además la Posada y el restaurante que indicaban tenían muy buena pinta. ¿Por qué no probar? No hay tantos lugares dentro de nuestra Comunidad que no conozcamos, así que decidimos el viaje.

Castilla la Mancha es grande, por tanto, a no ser que viajes dentro de tu misma provincia, las distancias suelen ser largas. Si en un primer momento pensamos hacer el viaje en un solo día, vimos enseguida que nos harían falta dos.

Salimos a media mañana de Toledo e hicimos el viaje de un tirón hasta Tarancón. Las carreteras estaban desiertas. No obstante, después de tanto tiempo sin viajar, la ilusión y sensaciones eran las de emprender una gran aventura. 

En Tarancón aparcamos el coche a la entrada de la calle Rey Juan Carlos I (qué poco va a durar este nombre, pensé) y anduvimos hasta el centro, ya que se trataba de estirar las piernas.

Visitamos la plaza donde está ubicado el Ayuntamiento en el antiguo palacio de Riánsares y anduvimos por el centro. Vimos a lo lejos asomar la iglesia de la Asunción, a la que nos deberíamos haber acercado, pero no lo hicimos. Así que nos perdimos quizá lo de más interés, junto con el arco de la Malena, por el que hay que pasar.

Si hubiéramos pasado por el lugar, quizá no me habría traído una imagen tan mala de esta ciudad, la segunda en importancia de la provincia de Cuenca. No me gustaron nada sus calles desordenadas. Ni un edificio es igual al colindante, todos de alturas diferentes, estilos diferentes, fachadas distintas, feos. Lo mismo se puede decir de las aceras, cada una con su  ancho y su pavimento  especial. El urbanismo no existía, los coches campaban a sus anchas y no encontramos ni un solo rincón agradable. Ni siquiera en la plaza del Ayuntamiento, donde me senté en una banco para relajarme, lo conseguí. Han puesto una fuente que funciona a intervalos. El mecanismo que pone en marcha el funcionamiento de los chorros de agua, hace bastante ruido. Como el apagado y el encendido ocurre cada pocos minutos, los sobresaltos eran continuos. 

Era todo tan feo, que nos fuimos enseguida. Seguimos rodando por carreteras solitarias hasta  Zorita de los Canes. Antes de llegar, enseguida pudimos divisar el majestuoso castillo, de difícil  acceso.

Encontramos la Posada (se llama así) sin dificultad y en cuanto colocamos las cosas y nos refrescamos un poco bajamos a comer. En el restaurante Abuela Maravillas también habíamos reservado previamente. Subimos a buscar la mesa, pero resulta que la tenían preparada en la terraza que da al río. Mucho mejor. El Tajo no parecía allí el mismo río. El color marrón asqueroso de Toledo era allí verde semiclaro azulado. ¡Qué diferencia! Quizá influyera que el día estaba despejado, solo circulaban rápidas unas cuantas nubes, pero el sol se dejaba ver la mayor parte del tiempo. Los árboles rotos como consecuencia del paso de Filomena, (y los más jóvenes) estaban echados sobre el río y los pájaros saltaban de unos a otros compitiendo en canto. De vez en cuando alguno hacía un vuelo rasante sobre la superficie fluvial, no sé si para refrescarse o picar algún insecto.

La comida resultó muy bien, con los platos más abundantes que en las fotografías de la carta. Las alcachofas eran naturales. Gracias a las magníficas conservas de ahora en muchos restaurantes las ponen de bote, no era el caso, por fortuna. Las manitas de cordero tenían, en mi opinión, demasiado pimentón. Las sardinas ahumadas, los tomates, etc., todo de calidad.

Subimos a las habitaciones un rato a descansar y bajamos provistos de zapatillas, mochila y agua. Dimos un paseo por la orilla del río, pasamos por el cementerio y subimos hasta el camino que va al castillo. En esta época del año el campo está en todo su esplendor, pero además ese terreno parece propicio para la vegetación. No sé cuántas flores de diferentes colores pude contar y fotografiar. A medida que avanzaba la tarde se iban levantando nubes cada vez más negras, los pájaros estaban revolucionados. Siempre me da pena no distinguir los cantos de las diferentes especies. Sé que es primavera, que estamos en el campo, pero el concierto de trinos era realmente espectacular. En la breve parada en los bancos del cementerio, estuvimos releyendo lo que había escrito Cela sobre Zorita en su "Viaje a la Alcarria". Poca cosa. 

Para cenar nos acercamos a la vecina Pastrana, villa monumental. Muy recomendable. Es una delicia pasear por sus calles. Destaca también la hostelería, aunque después de la opípara comida del mediodía, quedaban pocas ganas.

A la vuelta, igual que a la ida, no nos cruzamos con ningún coche en la carretera.

Al día siguiente desayunamos en la misma posada. La única pega es que el zumo no era natural, por lo demás todo bien. Mucha limpieza, tanto en el pequeño comedor como en las habitaciones. Nos atendió la misma persona que está en recepción. Solícita y agradable. Solo había otra pareja más. Nos dirigimos en el coche a la visita de la ciudad de Recópolis, a uno o dos kilómetros de Zorita. Se trata de una completa ciudad visigoda que se encuentra todavía sin descubrir. Solo el 10% de ella está excavado.

No voy a describir aquí los monumentos de Pastrana, como tampoco los de Zorita, ni el origen de su nombre ni los suyos propios. Todo eso está en las guías, a un click de internet. Así como la historia de Recópolis, ciudad construida por el padre de Recaredo para él. En esa ciudad visigoda, la más completa de España, también hay muchas huellas de su posterior ocupación árabe. Solo diré que recomiendo mucho el viaje y las visitas. El personal de la Posada, del restaurante Abuela Maravillas y la guía a Recópolis sobresalientes.

Regresamos por las mismas carreteras solitarias, con alguna variante.









 

miércoles, 20 de mayo de 2020

MAS SOBRE EL COVID19

¡Cuánto tiempo ha pasado! ¡Qué lejos aquellos primeros días de confinamiento! ¡Qué poco podía yo imaginar, cuando me pedían un relato corto distópico, que aquello que escribí a mediados de marzo, se iba a cumplir!
Ahora, después de oír a la presidenta de la Comunidad de Madrid Díaz Ayuso decir que la "D" de COVID quiere decir "diciembre", que el gobierno odia a Madrid, y a Casado, presidente del PP, que esta última prórroga para mantener el Estado de Alarma es para sacar a etarras de la cárcel, por no hablar de los fascistas en las calles bien juntitos pidiendo libertad, ya estamos preparados para todo.
He tenido que leer las sensaciones y experiencias de mi primer post sobre el CV19 para recordar. Es verdad que casi cada quincena nos ha traído variaciones. A medida que avanzamos, vamos olvidando las primeras experiencias. Ya casi no me acuerdo de la felicidad que me producía bajar a tirar la basura. Increíble, ¿verdad? O aquella otra sensación de peligro cuando bajé a la primera compra y di un pequeñísimo rodeo. ¿Vendría la policía? Efectivamente, en mi primera salida me encontré de bruces con un coche policial que quería saber adónde iba y para qué.
Ahora seguimos con la prudencia al comprar, con los guantes, las mascarillas y las cremas desinfectantes, pero ya podemos salir a pasear, dos horas por la mañana y una por la tarde y, además, con la persona o personas con las que convivamos.  Como todos sabemos qué ha supuesto bajar a la calle acompañado estos días de primavera os voy a ahorrar la descripción. Afortunadamente vivo en una zona de Toledo con aceras anchas y zonas muy diferentes cerca de mi casa, así que los paseos son variados. Pero no puedo dejar de citar la impresión de ver la Avda de la Reconquista sin un solo coche circulando, o la subida del camino del cementerio solitaria. En esos paseos diarios, quería fotografiar todas las hierbas, las flores, los árboles, los pájaros, las nubes, todo era nuevo y maravilloso. Imagino la sensación que debe sentir una persona que haya estado presa varios años al salir a la calle por primera vez.
Ahora, hemos avanzado un poco más y ya podemos ir a comprar a tiendas de todo tipo, no solo de alimentación, y pedir para llevar a un restaurante o sentarnos en una terraza. Todavía no lo he hecho. Me da miedo ver a tanta gente incumplir las normas, pero seguro que pronto se me pasa. 
Esta semana también hemos podido ver a los hijos y a los nietos pero con tantas precauciones que se parecía más a verlos a través de la pantalla que otra cosa. Los humanos necesitamos el tacto. Tener a las personas que adoras a dos metros y no poder tocarlas, es muy duro. 
No sé qué me pasará en adelante, de momento se me han quitado las ganas de coger un lápiz, en cambio, los primeros días, salía un dibujo diario, por no hablar de las acuarelas.
Ahora vamos a esperar a la fase 2, que no sé en qué consiste ni quiero saberlo, cuando la alcancemos, me empaparé. Poco a poco.



domingo, 26 de abril de 2020

L A P. R. (RELATO CORTO)

Paula llegó a la terraza donde solía desayunar. Pidió café con leche y tostada. Hoy se sentía segura y salió de casa sin mascarilla; además, se pintó los labios de rojo chillón. Eligió una mesa para tres, máximo permitido, y se sentó en la silla próxima a la calle; se veía guapa y quería que los demás la vieran. Estaba terminando de pedir al camarero cuando apareció Begoña con la mascarilla roja, la PR, bien colocada, los guantes a juego, y se sentó frente a ella. Paula iba a preguntarle el porqué de esa mascarilla, la más segura, cuando vieron acercarse a Paco con aire jovial. Aunque aún no se había quitado la mascarilla PA, el achinamiento de sus ojos brillantes dejaba adivinar una amplia sonrisa. Se sentó entre las dos. Begoña no pudo reprimir un respingo pensando que se había acercado demasiado. Con disimulo, se separó ligeramente. ¡Con la cantidad de sitio que había! Efectivamente la terraza era grande y solo la ocupaban cuatro mesas, con el espacio obligado entre ellas.
Paula dejó de lado la pregunta a Begoña y se dirigió a Paco:
–Vienes muy contento, ¿no? 
–Sí, ayer estuve en casa de mis padres viendo fotos. Mirad, os he traído unas cuantas. Paco se quitó la mascarilla y la metió en el estuche desinfectante ad hoc. Sacó las fotos en un sobre protegido.
Ju Paula extrajo de su bolso unos guantes finos y ajustables y miró las fotos con deleite. A los abuelos de Paco se los veía jóvenes. Había varias: de solteros en la playa, con los niños pequeños, cincuentones… En todas estaban muy cerca, con el brazo por el hombro, con los niños encima del regazo… una gozada. Qué tiempos, pensó. Cuando se las pasó a Begoña, ésta las miró con una inevitable sonrisa.
Paco las recogió porque se acercaba el camarero con la comanda. Traía tres bandejas cubiertas con tapaderas ajustables. Qué pena, pensó Julia. La tostada no está crujiente si la cubres recién hecha. Los cafés de Paco y Julia como los antiguos, en taza y con cucharilla. El café de Begoña, en cambio, venía en vaso de papel plastificado y con una especie de canuto cuyo extremo podía introducirse perfectamente en la hendidura ajustable de la PR.

Pasaron todo el desayuno comentando las fotos. Todos recordaban haber visto parecidas en sus casas. Claramente los antiguos no tenían ningún empacho en pasar las manos por cualquier parte del cuerpo de los otros. Se abrazaban sin ninguna precaución. ¡Así les fue!
Cuando estaban a punto de despedirse Julia lanzó: 
–Begoña, no nos has contado el motivo de tu máscara roja. 
–Bueno, es que no podéis imaginar lo que me pasó ayer. Estuve con Marcos en la exposición de Gago y cuando nos íbamos a despedir, se acercó y me besó. ¡Y yo sin gel desinfectante! No me pude lavar hasta llegar a casa. Estoy muerta de miedo, todas las precauciones son pocas hasta pasar el próximo control médico.

viernes, 3 de abril de 2020

COVID 19

Ahora sí que ya no tengo excusa. Ya no. Todos estos días he estado dibujando, haciendo acuarela, collage, he terminado el paisaje al óleo que tenía empezado, he hecho una mascarilla, cosido lo que tenía atrasado aprovechando que he sacado la máquina de su cajón, y… es el momento de escribir las impresiones de estos duros días de encierro. Las ideas son muchas, pero ¿cómo ordenarlas? Ahí está la madre del cordero. ¿Hay tiempo? ¡Claro! Hay mucho tiempo, pero el ánimo está un poco bajo, aunque la mayoría de las veces predomina el  optimismo, la entereza y la esperanza.

¿Quién nos iba a decir que viviríamos esto? Esta frase la he oído ya en multitud de ocasiones. Se la he oído a las amigas con las que hablo por teléfono, a los tertulianos de la radio y televisión y, por supuesto, la he leído en las redes. Creo que incluso nos la hemos dicho Daniel y yo en alguna ocasión. Efectivamente, esto que nos está ocurriendo no podíamos siquiera imaginarlo hace tan solo un mes. Todavía los primeros días de la segunda semana de marzo estábamos haciendo planes, pagando y reservando entradas para conciertos, exposiciones…

Todo paró de golpe y fuimos dándonos cuenta, a medida que subían los  infestados y los muertos, de la gravedad del asunto. El Covid19 estaba aquí. Al temor por que enfermaran los seres queridos se unía la gran preocupación por la situación económica. Ambos temores hacían más llevadero el encierro. Tengo que reconocer que para mí, jubilada, tampoco ha cambiado tanto mi ritmo vital. No es lo mismo levantarte y hacerlo todo deprisa para llegar a fichar, que hacerlo sin premuras ni agobios de ningún tipo. Así que en ese sentido poca variación. Pero claro, hay más cosas. El ejercicio, las actividades diarias dentro y fuera de casa, las compras, las salidas a bares y restaurantes con amigos, el cine… Pero esto no es nada comparado con no poder ver a los hijos y a los nietos. Eso sí es duro. Afortunadamente existe una forma de vernos todos en la pantalla al mismo tiempo, si bien la conversación se hace un poco difícil. Aunque ya lo habíamos hecho con cada hijo por separado, para mí fue una fiesta el día que conectamos las cuatro casas a la vez. Muy emocionante.

Quizá los primeros tres o cuatro días primeros del confinamiento fueron los más raros, más difíciles para poner un ritmo al día, a un día que sabíamos que se iba a repetir una y otra vez. Después de eso, nos aclimatamos a las nuevas rutinas que fuimos creándonos. Después de la primera quincena de aislamiento ha venido una segunda y prefiero no pensar si habrá una próxima.

De momento, nos organizamos. En casa tenemos lavandería, peluquería, manicura, podólogo, taller de costura, de arte, de escritura… por supuesto de lectura. He terminado Un Amor, de Alejandro Palomas y he empezado con Elvira Lindo y su Corazón abierto. Sin olvidar (muy importante en estos días) el taller de cocina y el desagradable de la limpieza. Las compras por teléfono. El gimnasio varía mucho. Unas veces se utiliza el salón, la terraza si el tiempo lo permite, y sobre todo los pasillos intentado recorridos lo más largos posible. La alfombrilla del yoga me está viniendo muy bien. Afortunadamente la tenía en casa.

Es curioso cómo han cambiado los hábitos: antes aprovechaba los viajes por la casa. Si iba desde la cocina al dormitorio, llevaba conmigo todo aquello que tuviera que ir dejando por el camino, en la entrada, servicios, otras habitaciones… Esto me suponía llevar tres o cuatro cosas en la mano, más alguna pequeña en el bolsillo para aprovechar. Con frecuencia esta se quedaba luego allí durante algunos días olvidada; daba igual, yo me sentía útil y aprovechadora de tiempo. Ahora es justo al revés: si hay en el salón algún papel para reciclar,  por muy pequeño que este sea, voy a la terraza a dejarlo en la bolsa correspondiente. Lo mismo hago con una taza de café, una pinza, una horquilla. Cada cosa merece su paseo para dejarla en su lugar. Nunca me he asomado tanto a las ventanas para observar todo aquello que se mueva: algún perro, por supuesto acompañado, un gorrión, una paloma, una urraca, alguien que pasa con prisas y poco más. El cuidado de las plantas me distrae.

También estoy pendiente de las redes. Es tremendo el odio, la inquina, el mal rollo que hay. La campaña montada por la derecha y su prensa afín -casi toda- (si excluimos un par de digitales) por dañar al gobierno, es tremenda. No voy a poner ejemplos porque llenaría este espacio y el de cuarenta entradas más que escribiera. En las comparaciones con los demás países siempre salimos mal parados, a los periodistas les encanta dar los datos negativos. Cuando queremos dar alguno positivo, que los hay y muchos, tenemos que recurrir a la prensa extranjera que, esa sí, los refleja. Si se nos ocurre a nosotros poner una comparación que nos beneficia, dicen: mal de muchos, consuelo de tontos. Y así. No me resisto a citar el ejemplo de la representante de una organización de trabajadores autónomos que al ser preguntada por las ayudas del gobierno dijo que le parecían bien, que eran incluso mejores de lo que ellos habían solicitado. El periodista-tertuliano enfureció e intentó cortarla. Ella no se arredró y siguió: mire, por primera vez en nuestro país, tal, por primera vez en nuestro país cual, (y citó uno a uno todos los beneficios). El periodista no tuvo más remedio que callar. Pero junto a todos estos agoreros, cenizos, que solo les interesa lo negativo, aumentado y repetido mil veces, silenciando lo positivo, tenemos afortunadamente el ejemplo de gente que colabora, ayuda a los demás, pone su punto de humor y su predisposición.

Ahora no suelo escuchar noticias, tengo que conservar mi salud. Veo las comparencias (no enteras, son larguísimas) oficiales diarias de los expertos a cargo y las muchas también de los ministros. Sigo también las del presidente del gobierno, que ha aparecido con frecuencia estos días. A partir de ahí, apago, no quiero interpretaciones de lo que ya he visto y oído. Sobre todo porque, en la mayoría de los casos, hay tergiversación.

Y estamos viendo mucho cine, series, programas pendientes.

Se me ha olvidado citar una actividad que se ha convertido en la más importante del día: la salida a las ventanas a aplaudir. Sobre todo desde el cambio de hora. Ahora ya nos vemos, nos miramos, nos saludamos. Siempre somos los mismos, así que ¡ya nos vamos conociendo! ¡Después de veinte años!

miércoles, 31 de julio de 2019

LA ENCINA DEL POZO MELILLA


Algunos días, con buen tiempo y si no tenía escuela, acompañaba a mi madre a lavar. Mi casa no tenía pozo. El más cercano, el de la caseta de Moraño, no tenía pila y, además, según mi madre, el agua no era muy buena, era "gorda".  El siguiente más próximo estaba en la cerca del Coronel, nuestro vecino. Algunas veces mi madre cogía de ahí el agua, pero nunca para lavar. Si era buena para beber, también tendría que serlo para lavar, pero el caso es que mi madre no lavaba allí. Supongo que por sentido de la responsabilidad. El agua era un bien preciado y para una colada se necesita mucha. De ese pozo dependía mucha gente entonces, también animales.

El caso es que mi madre, los veranos, iba a lavar al pozo Melilla. Por lo visto ese agua era buenísina, muy "fina", ideal para dejar la ropa como un jaspe. Lo de la denominación supongo que sería por lo alejado que estaba.

Mi madre me levantaba sobre las siete de la mañana. Me echaba un poco de café de cebada en un gran tazón lleno de leche y rápidamente salíamos cargadas con la ropa dentro de un lavapiés de cinc y un cubo del mismo material (aún no conocíamos el plástico) con la soga atada para sacar el agua. Yo llevaba la bolsa con el almuerzo y, a veces, un cantarito pequeño que me habían comprado para, a la vuelta, traerlo lleno.

Para llegar allí había dos caminos, el de Torrubia, y el que sale detrás de la Fonda. Nosotras utilizábamos con más frecuencia este último. Otras veces, las menos, pasábamos por la casa de nuestros vecinos y, después del corral, atravesábamos la cerca en línea recta y llegábamos enseguida.

Por el camino de la Fonda, el campo estaba cercado en los terrenos próximos a las casas, pero una vez que te alejabas cercas y vallas empezaban a desaparecer. Entonces los caminos y veredas estaban muy transitados y la yerba amarilla quedaba aplastada, indicándote involuntariamente el camino a seguir. El sol, muy bajo en el horizonte, empezaba a proyectar grandes sombras de cualquier cosa que se pusiera en su camino, ya fuera una pared, una encina o nuestras propias figuras delgadas y alargadas como hilos. A esa hora tan temprana el aire era fresco y conservaba la humedad del arroyo cercano.

Una vez allí, mi madre se ponía enseguida a la faena. Las pilas se encontraban un par de metros más abajo, antes de llegar.  Ahora pienso que con toda la intención: para que el agua, llena de suciedad y jabón, corriera cuesta abajo cuando se vaciaban y no fuera a parar a la veta que alimentaba el pozo. Este es el razonamiento que hago ahora –tampoco estoy segura de si con fundamento– pero entonces no me planteaba tales asuntos.

Además del barreño, el cubo y la merienda, había que llevar el jabón -hecho en casa- y el tapón o tapones para las pilas. Estos consistían en un montón de tiras de trapos viejos bien apelotonados que se incrustaban en los agujeros de desagüe  hasta dejarlos bien taponados.

Alguna vez coincidíamos allí con alguna vecina del barrio de la estación y entonces era más divertido, había gente con quien hablar. Mi madre no era partidaria de que la ayudara porque yo debía ser más bien un estorbo, pero a veces me dejaba, por capricho mío y para conformarme, lavar alguna prenda pequeña: unas braguitas, unos justillos, un peinador... Mi misión consistía en quedarme a la sombra de la gran encina que quedaba un poco más arriba vigilando la merienda. ¿Por qué me llevaba mi madre a lavar si yo no ayudaba? Supongo que por no ir sola o quizá también para no dejar a mi padre con dos niños. 

Como me aburría bajo la sombra del chaparro, continuamente me ofrecía para colaborar: poner o quitar el tapón, dar jabón a algún pañuelo y tenderlo bien extendido al sol... Mi madre me reconvenía: "anda, quítate del sol que te vas a poner como un humero", pronunciando la hache muda como se hace en Andalucía, como una suave jota.

Una vez que mi madre daba un primer jabón a la ropa, la tendía al sol para que éste hiciera su trabajo sobre la manchas. Un gran lienzo abstracto multicolor aparecía entonces a mis pies y ése era el momento de que nos sentáramos juntas a tomar la merienda. No lo recuerdo, pero seguro que serían restos de la cena de la noche anterior, tortilla, chorizo, lomo..., lo que sí retengo es el momento: todo me sabía a gloria.

Después ya solo quedaba enjuagar y volver a tender. A las dos horas ya estábamos de vuelta con la ropa seca, limpia y doblada.


Cuando entro al pueblo por Azuel, rara es la vez que me olvido de mirar esa encina, perfectamente visible desde la carretera.