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lunes, 12 de agosto de 2013

VERANO 2013 (1)


A la vuelta de mis vacaciones del 2010, escribí una especie de carta a los amigos para relatarles mis aventuras de aquel verano (entonces poca gente conocía mi blog). Este año, para no repetirme, lo haré en forma de fotos. Claro que al siguiente, la repetición será inevitable. No os cansaré mucho: unas cuantas fotos con un pequeño texto debajo. Al menos esa es mi intención, ya veremos si la cumplo. 

Una tarde antes de las vacaciones, en Toledo. El sol da ya tenue en las fachadas y en una torre del alcázar. En el cielo, a esa hora, los vencejos aprovechan para alimentarse con frenéticas y repetidas pasadas.

Desde la misma terraza anterior, la torre de la catedral. El sol se iba escondiendo.

La catedral luce ya encendida y nosotros empezamos la charla, que se prolongará.
Así estaba mi geranio antes de salir de viaje, a la vuelta lo encontré bastante desmejorado, a pesar de los esfuerzos de mi hijo, que estuvo yendo a regar.




Para no dar demasiado trabajo, antes de irme amontoné todas las plantas en una terraza, así no tuvo que recorrer toda la casa.










Nuestra primera salida fue una semanita corta a Conquista con mis preciosas nietas. Como pillamos algún día fresco, hicimos excursiones a los pinos, nos subimos a los riscos de granito y vimos el pueblo y la dehesa desde allí. También presenciamos una boda (celebrada en la plaza de toros ¡buen uso!) y nos bañamos en la estupenda piscina.


En este viaje paramos aquí en este bar para tomar un café, se estaba bien en la sombreada terraza y las niñas se entretuvieron con los gorriones.


 Llegamos a Conquista los últimos días del mes de junio y muchas casas estaban cerradas.



Así como la iglesia



También visitamos un huerto y algunos animales aunque con el calor cuando íbamos a verlos estaban casi todos durmiendo (por ejemplo, las ovejas).

Al fondo pueblo y, más al fondo, sierra. Delante pinos y, rodeándolo todo, dehesa


Daniela se columpia


Leo se disfraza con antiguos vestidos de su abuela, (detrás)


Boda en la plaza de toros


























Yo quería enseñar a mis nietas a no pisar el césped pero con frecuencia me encontraba el paso cortado por los coches en el paseo y no nos quedaba más remedio que atravesarlo. Tengo muchas fotos de éstas. Casi una por día, eso sí, los modelos de coches, motos, furgonetas, varían.









Y para terminar esta primera semana corta, esta bucólica imagen de las cigüeñas al anochecer.

***

Efectivamente. Tal como me temía no voy a cumplir mi propósito porque se me hace latoso, lento y aburrido y he vuelto muuuuuy perezosa.
Seguiré en otro momento.


lunes, 1 de agosto de 2011

DESAYUNO EN CÓRDOBA


Era un día relativamente fresco de verano en Córdoba. A las diez de la mañana, el termómetro de la calle marcaba 25º C, corría aire y me dirigía a pie hacia el centro neurálgico de la ciudad –plaza de las Tendillas- buscando una cafetería con churros para desayunar. En línea recta desde mi hotel, me aseguraron en la recepción, no tardaría más de un cuarto de hora.
Los churros eran la excusa perfecta para callejear un poco por la ciudad. Resultaba agradable pasear, a condición de que el camino transcurriera bajo árboles o no muy lejos de los edificios que aún proyectaban largas sombras. Al atravesar alguna calle sin cobijo, aceleraba el paso inconscientemente pues el sol empezaba a picar.
Justo antes de llegar a la iglesia de San Nicolás, veo venir a un vejete moreno y delgado. Llevaba en brazos, yo diría que con mimo, un gallo de pelea. Lo seguían dos chiquillos guapísimos con aspecto agitanado. Uno de ellos llevaba una vara fina en la mano y, muerto de risa, le gritaba a quien yo pensé que sería su abuelo: “se ha quedao tiesa”. Eso era lo único que yo había logrado entender a los dos chavalillos, de no más de diez años. El abuelo seguía andando y ellos aceleraban el paso para alcanzarlo, intercambiando miradas cómplices, con una risa nerviosa y una alegría agitada. Era evidente que querían comunicar algo que a ellos mismos los había excitado y sorprendido.
Todo lo comprendí inmediatamente después: el muchado había sacudido con fuerza la vara sobre una de las palomas blancas que picoteaban los restos de los desayunos de los turistas. La paloma yacía inerte en el suelo, entre dos mesas. Unas cuantas plumas se habían desprendido en el golpe seco y posaban blanquísimas sobre el pavimento gris.

domingo, 26 de junio de 2011

SOBRE LA ARENA


Una del mediodía. Verano, calor, playa. Día luminoso, tanto que con los ojos cerrados se cuela la luz entre las pestañas. Ves la telaraña que forman y se adivina el azul entre ellas. La brisa roza todo el cuerpo a pesar de estar tumbada a ras de suelo. La mar embravecida es un poco más sonora. Adivinas por el ruido la cadencia y tamaño de las olas que rompen a unos metros. A tu alrededor, voces, acentos del sur y de otras geografías, voces de niños, de jóvenes, de hombres y mujeres. Voces de vendedores ambulantes. Venden de todo. Más lejos, entre el vaivén de las incansables olas, rumor de gaviotas, algún motor...
En esa quietud corporal todos los sentidos se aletargan un poco y queda el oído percibiendo, también adormecido, lo que ocurre alrededor. LLegan entonces sensaciones de otros momentos, otros veranos...