Preparo la ropa que me pondré después de tomar una ducha. Antes, medito durante unos segundos dónde voy a ir, qué voy a hacer, a quién voy a ver. En función de ello saco la ropa. Me pregunto si estará sobre la silla desde el día anterior o en el armario. Como voy a clase de pintura y aún no tengo bata comprada, elijo ropa muy usada. Tengo unos pantalones fuera a los que el otro día les rozó un pincel y un par de jerseys doblados juntos. La clase es en un sótano y normalmente hace frío. El chándal que tenía previsto usar mientras decidía qué bata comprarme también está en la lavadora. Los pantalones no creo que pueda volver a usarlos. Veremos cómo salen de la colada. Me apoyé sin darme cuenta en la paleta de un compañero o mía, no sé muy bien; solo me percaté al llegar a casa y ver allí su huella... A mí me gustaría comprarme un blusón grande como los que llevaban antiguamente los pintores y no una bata blanca, de trabajador de laboratorio, como veo que usan ahora. Por eso todavía estoy sin bata. Tomé pues los pantalones, los dos jerseys, me fui al cajón de la ropa interior y saqué un sostén cómodo (me gusta más esta palabra antigua que la más moderna y rebuscada de sujetador) y unas bragas cualquiera, sin tener en cuenta la combinación de colores. Usaría los calcetines del día anterior. Me los había puesto solo un rato para estar en casa en zapatillas. Utilizo otro cuarto de baño, el que está más calentito. El mío hace esquina y es frío como el Polo. Allí he decidido poner ya parte de mis cosas pues creo que ahora los inviernos usaré ése con más frecuencia. El mío es tan frío que, a pesar de la calefacción central, tengo que utilizar un calefactor eléctrico complementario. En cambio en verano es caluroso; cosas de la orientación. Cuando tengo toda la ropa preparada voy a por el barreño de mi aseo para recoger el primer agua, que sale fría. Irá luego al water o a regar las plantas, según. Es otro trabajo más, extra, al que me obligo, pero me siento mejor conmigo misma si hago estos pequeños ahorros en beneficio del medio ambiente. Primero me quito el reloj (últimamente no llevo nada al cuello, ni tampoco pulseras) y luego me desnudo. Me voy demorando lo justo, todo calculado para que el agua esté en su punto. Antes de entrar en el gran plato de ducha, retiro con el pie el barreño ya rebosante y, de paso, noto la temperatura. Entro y cierro a tope la mampara. No para evitar salpicaduras al exterior, que también, sino para retener dentro el calor. La sensación es deliciosa. Qué bienestar. La alcachofa despide con fuerza miles de gotitas que golpetean como alfileres de punta roma mi frente, mi nuca, mis hombros… Pienso en los que nunca se pueden dar una ducha caliente e incluso en los que nunca se dan una ducha. Me acuerdo de los niños saharauis que vienen a España de acogida a pasar los veranos. Lo primero que hacen al llegar a una casa es abrir el grifo y comprobar cómo sale el agua. Pienso también en los hombres. A ellos, salvo excepciones, siempre les cae el agua directamente sobre todo el cuero cabelludo. A mí ahora también. Llevo el pelo muy corto y la sensación es radicalmente diferente, podría decirse que esto es una ducha total, plena. Con melena no es lo mismo y no digamos cuando hay que ponerse gorro de ducha. No se parece en nada. Como tampoco se parece una ducha fría a una caliente; es distinto cuando hay temperatura alta y necesitas refrescarte a cuando hace frío y estás deseando entrar en calor, cuando estás cansada, cuando vas con prisas, cuando necesitas disfrutar de estar ahí debajo y no pensar en nada o cuando llevas tres o cuatro días sin tomarla, bien por enfermedad o por cualquier otro avatar. Entonces sientes cómo se te va desprendiendo toda la mugre acumulada, los olores… Te enjabonas, te frotas, haces un anillo entre el pulgar y el corazón y lo pasas de arriba abajo por el brazo contrario. A la tercera subida notas el agua jabonosa que sube en ese anillo que has formado con tus dedos oscura, sucia –o eso te parece- y entonces tú te sientes limpia, pura, sana. Una cosa no implica la otra, pero esa es la sensación. A continuación haces lo mismo con las piernas aunque ahora haya que ensanchar el aro. Cuando termino, abro la mampara y alargo el brazo hasta alcanzar mi toalla (tengo que dejarla dentro, hay sitio en la nueva estantería construida en el sitio de la bañera, a pesar del largo plato de ducha), y me cubro rápidamente volviendo a cerrar otra vez. Solo cuando estoy casi seca la abro y salgo para enrollarme otra toalla a la cabeza y acabar de secarme fuera.
