jueves, 24 de enero de 2013

HISTORIA CORTA




El otro día estaba escuchando un programa de radio donde pedían que se enviaran textos. Éstos deberían constar de muy pocas líneas y el oyente/escritor tenía que continuar la historia comenzada por ellos.
Desde que Augusto Monterroso escribiera su famoso cuento "más corto del mundo"(1) (luego han intentado superarlo) están de moda las historias o cuentos cortos.
El programa lo hacen en colaboración con la Escuela de Escritores, que forma parte del jurado y entre todos eligen, de entre los muchísimos que reciben, los tres mejores. Los dramatizan, es decir, los leen locutores profesionales, le añaden música apropiada de fondo y los votan. Los autores elegidos semanalmente salen en antena y pasan a competir entre sí para elegir al mejor del mes y así sucesivamente hasta conseguir el mejor del año o de la temporada (esto último lo supongo porque no me consta).
La historia que proponían comenzaba así: "Mientras sueltas las pastillas en las tierras altas..." A partir de ahí, había que continuar.
A mí me pareció un poco insólito, estaba trajinando en la cocina y ni siquiera estaba segura de haber oído bien. No obstante, cogí la tiza que siempre tengo a mano para anotar cualquier cosa y escribí en la pizarra lo que creí haber oído.
Yo lo continué así: 

Mientras sueltas las pastillas en las tierras altas, avisaré a Juan para que se acerque a sacar las cabras y que suban al monte. Después iremos con el equipo de filmación.

Por supuesto, ni se me ocurrió enviarlo.


(1)  Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Augusto Monterroso (1921-2003).

miércoles, 16 de enero de 2013

...Y OTRA VEZ AL SUR

De nuevo, viajo a Andalucía. Son ya incontables esos trayectos, tengo la sensación de que toda la vida he estado haciendo eso: bajar al sur, subir después hacia el norte, a Madrid, Albacete, Toledo... Pero cada vez es distinto. En primer lugar, depende de la época del año. Esta vez ha sido a mediados de enero y, en esta época, hacía tiempo que no viajaba. Durante muchos años lo he hecho para pasar el fin de año pero hace algún tiempo que me quedo en casa para esas fechas. En esta ocasión, una vez más, he visitado mis dos lugares más frecuentados: el norte de Córdoba -mi pueblo- y el sur de Huelva -la costa-.

En cada viaje los placeres se renuevan y no por conocidos dejan de sorprenderte: el olor a leña de encina quemándose en la candela, oír crotorar a las cigüeñas sin llegar a verlas, contemplar la inmensa dehesa entre brumas y un gris que cubre cielo y tierra. Después, cuando la neblina va subiendo y se van dibujando las copas de las portentosas encinas, distingues también el aleteo de las zancudas en su atalaya y las cuentas para ver cuántas han venido este año.




La niebla se va retirando poco a poco, aunque todavía no deja ver la profundidad de la dehesa.




El pueblo huele a humo y a especias de matanza. Dicen que el letrero puesto en las columnas de los bares y que reza "Se hacen matanzas a domicilio" ha sido fotografiado y subido a internet por un sorprendido turista accidental.

La estancia ha sido breve pero suficiente para calmar la retina y el espíritu. Antes de dejar la dehesa, paramos en Cardeña para tomar un café en Casa Lucas, bar de la plaza con más de setenta años de antigüedad y convertido ahora en restaurante.

Pasada Sevilla comprobamos que han terminado de perpetrar un crimen seguramente inevitable: han ampliado un carril de la autovía que la une a Huelva y han desaparecido las adelfas. Siempre me sorprendía y maravillaba esa ancha cinta multicolor serpenteante que humanizaba el asfalto y que luego ha sido tan copiada.

Los primeros azules
A medida que nos acercamos a la costa, observamos los paulatinos cambios: cada vez hay más naranjos, preñados en esta época del año, cada vez menos mares de pinos y más de plástico.

Pero también aquí hay renovación de placeres: la primera vista de la playa, los primeros azules, las primeras pisadas matinales en una arena virgen de huellas, el rumor incesante de las olas, el viento salino frotándose contra tu cuerpo en un abrazo envolvente. Comprobar cómo clarea la línea del horizonte, dando la razón a Carlos, mi maestro de pintura.


Línea del horizonte con Mazagón al fondo.
Arena virgen de huellas




En esta época del año sólo hay algunos paseantes despistados, algún deportista, alguna pareja curiosa y  buscadores de coquinas con los pies hundidos en el lugar donde baten las  olas. También a primera y última hora, pescadores sentados en la orilla sin perder de vista el posible movimiento de sus cañas clavadas en la lisa y mojada arena.
Y, por qué no, las primeras coquinas,  las primeras cigalas, vivas unas horas antes




Otra desagradable sorpresa: así eran las aceras de Mazagón.








Así van a quedar. No han sido capaces de preservar los magníficos pinos.




Testigo de la visita a la mayor de las tres carabelas de Colón, la Santa María. Sensación de angustia al pensar en qué cáscaras de nuez (eso sí, las naves más modernas de la época) se embarcaron para "descubrir las Indias"


También quiero dejar constancia de nuestros hallazgos micológicos, perfecta excusa en esta ocasión para visitar una, vez más, mi querido sur.









Mientras regresaba, con la sensación todavía del sol de enero en la cara  y el suave acento andaluz de mis queridos amigos resonando en los oídos, me pregunto qué hago yo viviendo lejos de aquí. 

domingo, 25 de noviembre de 2012

TURISTA EN TU CIUDAD.


Que vengan amigos de fuera a visitarte es una oportunidad única para ver tu ciudad de otra manera. Miras con otros ojos, paseas y te detienes en lugares donde, en tu ajetreado día a día, no reparas, pasando a pie o en coche a toda velocidad. En otras palabras, te conviertes tú mismo en un paseante ocioso, un callejero curioso, un turista en tu ciudad.

Viviendo aquí, en Toledo, pasas por el Valle de camino hacia alguna parte, y raramente te paras, sin prisas, a echar un vistazo a esa ciudad que se te ofrece al otro lado del río siempre sorprendente por muy vista y sabida.

Precisamente en ese Valle que no es tal hicimos nuestra primera parada este viernes de noviembre. Es un día de niebla y son las doce de la mañana, justo cuando el sol empieza a calentar y a disiparla despejando el río, de forma que ves claras y luminosas  las casas  de la orilla opuesta que lo bordean pero la bruma cubre las de arriba, ascendiendo hasta llegar a la catedral, completamente  oculta todavía. Pero si sigues contemplando el espectáculo, en breves momentos atisbas su silueta porque sabes que está ahí, que ese es el sitio y avisas a tus amigos de que empieza a dibujarse y casi mientras se lo dices aparece ya nítida la aguja de su torre.

Como decía, si vienen amigos y quieres mostrarles tu ciudad, haces de guía y te paras con ellos a contemplar las filigranas de los capiteles de Santa María la Blanca, los detalles de las yeserías del arco de la sala principal de la sinagoga del Tránsito, vuelves a mirar el río desde ese pequeño espacio cercano de esparcimiento alfombrado de ocres otoñales y degustas, si hace falta, un mazapán en Santo Tomé. Vuelves a patear callejuelas por donde hace tiempo que no transitas y otras que, de tan sabidas, ni las ves. A veces son ellos quienes te hacen caer en detalles inadvertidos u olvidados. Plaza del Ayuntamiento, San Pedro Mártir, mezquita del Cristo de la Luz… arquitecturas medievales, renacentistas, del pasado siglo y del actual ¿Un poco de saturación tal vez? No, no lo creo, han sido varios días y mucha charla, muchos recuerdos, confesiones, mucha convivencia de la buena.

domingo, 11 de noviembre de 2012

PESADILLA







Llevaban casados más de veinte años y, por problemas prácticos, hacía ya un tiempo que habían decidido dormir en habitaciones separadas. Lo hicieron  desde que eso fue posible, una vez emancipado el primero de los hijos.

Para ir hacia la cocina, Carmen tenía que pasar delante de la habitación de su marido. Cuando alguna vez se levantaba a medianoche para prepararse un vaso de leche con miel e intentar conciliar de nuevo el sueño, lo oía roncar. En cambio por la mañana, al despertar, cuando salía sigilosa y ligera hacia su primer café Alberto ya estaba levantado y solía encontrarlo allí trajinando sobre el mostrador. En el preciso instante en que salía al pasillo, ella sabía si él estaba o no levantado, aunque la puerta de su habitación estuviera siempre cerrada. La pista se la daba la puerta de la cocina. Si estaba cerrada para impedir que los ruidos salieran al exterior, él estaba dentro y la claridad amarillenta de la luz eléctrica se colaba  por la rendija de abajo.  En verano, la luz era blanca y natural del sol que entraba a raudales durante las primeras horas de la mañana. En cambio si la puerta de la cocina estaba abierta es que él todavía dormía, y seguía como se quedaba todas las noches: de par en par. 

Pero, esa mañana, la puerta de su cuarto, habitualmente cerrada, estaba entreabierta y Alberto estaba dentro con una mujer a la que despojaba del abrigo en una postura un tanto extraña, más bien parecía una abrazo aprovechando que tenía que coger la prenda por las solapas y tirar de ella hacia atrás. Carmen se quedó un poco sorprendida porque encontró que la postura era muy amorosa. Estupefacta, siguió contemplando la escena mientras comprobaba que todo se correspondía con lo que en un principio le había parecido. Se abrazaban tiernamente. No había duda. Carmen, sin salir de su asombro, abrió un poco más la puerta y, todavía incrédula, preguntó: ¿esto qué es?. Alberto y la extraña callaron azorados durante un momento pero, una vez pasado el primer estupor al verse sorprendidos, él empezó a explicar la situación. Era una compañera del taller de teatro al que asistía dos veces por semana.  Congeniaron bien, habían empezado quedándose a charlar un rato a la salida, luego a prolongarlo tomándose algo y, al final, había ocurrido: se habían enamorado.

Carmen pensó inmediatamente que tenía que llamar a Carlos. Y,  sin darles tiempo a reaccionar, añadió: quiero la separación. Cómo salieron esas palabras de su boca tan de inmediato era algo que todavía le costaba comprender. Era todo muy veraz y al mismo tiempo  irreal. La situación, tras la primera sorpresa, le pareció de lo más normal y puesto que ya era inevitable intentó poner las cosas fáciles. Con una sangre fría sorprendente les ofreció su habitación, más amplia y con una cama más grande para que estuvieran más cómodos y rápidamente sacó sus cosas de allí, se vistió y salió a la calle. Necesitaba desaparecer de la escena. Mientras salía pensó que tenía que decirle  rápidamente a Carlos que se iba con él a Valencia. Carlos era aficionado a la Fórmula1 y ese fin de semana corría Fernando Alonso con su nueva casa, Ferrari.

Carlos fue uno de los primeros novietes que tuvo Carmen en su primera juventud, recién llegada a Barcelona. Estuvieron tonteando en varios momentos; si  uno de los dos se cansaba o encontraba algo mejor, lo dejaban para volver a reencontrarse cuando cambiaban sus respectivas situaciones. Cuando Carmen se casó estuvieron varios años sin saber nada uno del otro, hasta que un buen día se encontraron por la calle. Se tomaron un café rápido –ambos iban con prisa- y se dieron sus nuevos teléfonos. A partir de ese momento se empezaron a ver con cierta frecuencia, aunque sabiendo los dos que su situación era extraña, difícil y, posiblemente, así tendría que mantenerse durante no se sabía muy bien cuánto tiempo, tal vez durante toda la vida. En todo caso, ninguno se planteaba ningún cambio por el momento, estaban a gusto así. Carlos era un escape para momentos de agobio. Este lo era.

Carmen anduvo vagando sin sentido, sin darse cuenta de con quién se cruzaba ni las calles que atravesaba. De pronto, sin saber cómo, se encontró en un descampado lleno de chatarra, cacharros inservibles, como en esos cementerios de coches inmensos que salen en las películas americanas pero colocados sin orden ni concierto y todo con aspecto viejo y mugriento. Cuando miró en el bolso para llamar a Carlos no tenía el teléfono. Con las prisas y el nerviosismo había olvidado cogerlo del cuarto de baño, donde lo había dejado cargando la noche anterior. Carmen se dio inmediatamente la vuelta para salir de allí, pero le resultaba imposible, las veredas  y caminos se entrecruzaban formando un laberinto cada vez más enrevesado, las piernas de pronto no obedecían, esforzándose por avanzar, apenas podía dar unos pasos cortos. Súbitamente, una neblina se había instalado a su alrededor sin siquiera percartarse de cómo había empezado. Sentía sus pies de plomo y el terreno como si fuera alquitrán o un barro espeso y pegajoso en el que se quedaban los pies semihundidos. Con mucho esfuerzo, agotándose a cada paso, empezó a dejar atrás los restos ruinosos y poco a poco comenzó a ver a gente y algunas construcciones con apariencia de calles. Digo con apariencia porque eran casuchas, una especie de chabolas desperdigadas aquí y allá con aspecto ruinoso. La gente la miraba con cara de pocos amigos, como si fuera una intrusa. Lo era. Empezó a sentir miedo en el estómago. Una chiquilla de unos siete años, esquelética y andrajosa, se le enfrentó. Ella aceleraba el paso todo lo que podía pero no conseguía andar normalmente. Imposible avanzar deprisa. En sus muchos intentos, comprobó que andando de lado, dando  saltos juntando un pie con otro, como hacía de pequeña, era como más avanzaba, pero era consciente de que esta forma estrambótica de andar llamaría la atención. Instintivamente empezó a bajarse las mangas y subirse el abrigo hasta el mentón para taparse el cuello y ocultar el collar y las pulseras que llevaba, pues observaba con espanto cómo las miradas iban ahí. Casi tropezó con un hombre que parecía cuidar  a una anciana desdentada delante de una casucha. Malencarado, le espetó al pasar: "a ésta no hay que dejarla salir sin darle un repasito”.

El corazón le latía con fuerza, desbocado.  Ahí se despertó con la primera sensación de decir: ya está, estoy en casa, tengo teléfono, voy a llamar. Había salido a medias del sueño. Instantes después se dio cuenta de que sí, estaba en casa, pero no tenía que llamar a nadie porque –ahora sí era ya plenamente consciente- todo había sido un sueño vivido como la más pura realidad. Extendió los brazos y todavía con los ojos cerrados palpó las sábanas, la almohada, cerciorándose bien aunque ya no hacía falta. Sí, había sido un sueño, un mal sueño, una pesadilla.



jueves, 11 de octubre de 2012

LO UNO, POR LO OTRO




Ayer, como todos los lunes y miércoles por la tarde, tuve clase de yoga. Como este fin de semana viajo una vez más a mi pueblo y no había visto a mis nietas en toda la semana, decidí salir antes de la clase para ir a verlas, ya que se acuestan pronto para estar listas y bien despiertas para el cole al día siguiente.

Así pues, tras una hora de ejercicios, abandoné la clase perdiéndome la meditación que la profesora había preparado para ese día. Eran las 19.30 horas y, a la salida, me encontré con esta espléndida puesta de sol. Antes de coger el coche, saqué mi móvil y tomé esta foto. Aunque no es uno demasiado avanzado, creo que queda bien patente la belleza del atardecer. La meditación por la contemplación: una cosa, por la otra.

Pero hubo más, mucho más. Pude ver a mis nietas en su salsa. Daniela estuvo más de media hora haciendo todo tipo de piruetas en una bañera con el agua casi fría (así la quiere ella). Leonor  leyó el cuento y la poesía inventados por ella. Qué digo leer, ¡teatralizar! Nos dejó con la boca abierta ¡qué ingenio, tanto en la escritura como en la lectura! Y cantó y bailó canciones dramatizándolas. No tiene demasiado buen oído para lo que se estila en la familia pero su imaginación y recursos no tienen límites. Tampoco su habilidad, agilidad y flexibilidad en los movimientos.  

sábado, 15 de septiembre de 2012

S O R D O S




Hace poco tiempo, un amigo me regaló un libro. Él sabía que podía interesarme y acertó. Se trata de un libro sobre la sordera, el autor es Oliver Sacks y el título Veo una voz. Viaje al mundo de los sordos. Durante buena parte de su lectura mis ojos estuvieron brillantes y húmedos y, en ocasiones, mi corazón encogido. Me hubiera gustado conocerlo antes, pero, sobre todo, me hubiera gustado que  alguna de las cosas que cuenta hubieran ocurrido antes.

Nunca había leído nada sobre este colectivo; ya la primera frase del libro me sorprendió. Comienza así Sacks: "Somos sumamente ignorantes respecto a la sordera...". Hace unos años escribí una pequeña historia sobre mi padre, sordo, para una página local y, recientemente, la reproduje en este blog. En el pequeño párrafo que dediqué a este asunto decía yo: "Quiero recalcar aquí que la sordera es una gran desconocida". Sacks además añadía: [Somos respecto a este asunto]"Ignorantes e indiferentes". No es de extrañar que esta coincidencia me hiciera primero avanzar con avidez en su lectura y, segundo,  traerlo ahora aquí.

Otra afirmación de Sacks que me llamó poderosamente la atención  porque siempre he estado de acuerdo con ella, aunque raramente me he atrevido a expresarla en público por lo tremenda, es la siguiente: "Tendemos a considerar la sordera, si alguna vez pensamos en ella, menos grave que la ceguera; tendemos a verla como un impedimento o un obstáculo, pero no la consideramos, ni mucho menos, tan terrible en un sentido radical. Es discutible que la sordera sea 'preferible' a la ceguera si se presenta en una etapa tardía de la vida; pero es infinitamente más grave nacer sordo que nacer ciego, al menos potencialmente" (el subrayado es mío). Efectivamente hay una gran diferencia para el aprendizaje entre las personas sordas de nacimiento y las que les ha sobrevenido posteriormente la sordera, aunque sea en etapas tempranas de su vida.

Pero no solamente me he sentido concernida en las coincidencias, también cuando aborda cómo ha sido el mundo de los sordos. Hasta hace poco menos de un siglo, los sordos eran considerados seres incapaces. A menor nivel cultural, más desprecio y más incomprensión. El autor descubre con horror los contratiempos, los sufrimientos y las infinitas injusticias cometidas contra este colectivo. Conoce y detalla casos concretos, conocidos por él o estudiados por otros.

Defiende a ultranza el lenguaje de signos. Hace historia y cuenta los avatares que ha sufrido esta lengua, desde las enseñanzas y los grandes avances trabajando con los sordos del abate de l'Epée hasta la prohibición de su uso en la enseñanza en  1880 en el Congreso de Milán, ocasionando catástrofes y retrocesos en la educación de las personas sordas.

Contra los que piensan que el lenguaje de signos es una "mímica rudimentaria y primitiva", él sostiene que las señas pueden ser un lenguaje completo que lo mismo puede servir para flirtear como para dar un discurso o una clase de matemáticas o filosofía. En una palabra, exalta la lengua de signos, su complejidad, su identidad, su rica estructura interna, su riqueza gramatical y su sintaxis. También cita el daño que han causado los "oralistas" a los sordos. Para quien no esté familiarizado con el tema, se llama oralistas a los que pretenden impedir a los sordos las señas y abogan por que se queden sólo con la palabra, eso tan difícil para ellos.

Sacks  habla de estudios neurológicos y plantea una reflexión acerca de la relación entre lenguaje y pensamiento, señalando las funciones y áreas cerebrales en las que están ubicadas.  La lengua por signos desarrolla el hemisferio izquierdo del cerebro y en pruebas de construcción espacial realizadas en niños, los niños sordos, obtuvieron mejores puntuaciones que los oyentes.

La última parte del libro está dedicada a la universidad americana de Gallaudet, la única del mundo dedicada a sordos. Tiene profesores sordos y oyentes. También nos cuenta, de forma apasionada, cómo en la década de los setenta, los estudiantes se empezaron a organizar, a exigir... se empezó a hablar de un "poder sordo" "orgullo sordo" y, años después, en 1988, después de tres días de concentraciones, consiguieron que el rector de su universidad también fuera, por primera vez, un sordo.


Los sordos se han hecho un poco más presentes en la sociedad gracias a muchas personas sordas y oyentes que, como siempre que se quiere conseguir algo, le han dedicado tiempo y esfuerzo a este empeño. Ahora yo no nos extraña ver a traductores para sordos en los mítines políticos ni en conferencias. Hay programas en la televisión e incluso obras de teatro y recitales poéticos para sordos. Qué pena que mi padre, sordo desde los dos años por falta de penicilina, no haya conocido esto.


Cuando yo era chica y vivía en una pequeña comunidad no comprendía cómo personas infinitamente más torpes que mi padre lo menospreciaban. Él, que los sobrepasaba en todo menos en una cosa: gritar. Esta breve reseña es un homenaje a los sordos, una forma de que estén un poco más presentes, ellos, tan ignorados. 



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Oliver Wolf Sacks (Londres, 9 de julio de 1933) es médico neurólogo, escritor y profesor universitario. Ha escrito numerosos libros basados en estudios sobre sus pacientes que se han convertido en best-seller y alguno en película (Despertares). Es uno de los principales divulgadores del pensamiento científico. Sus obras desvelan con claridad las profundidades del cerebro, dejando al descubierto, de forma fascinante, sus misterios y funcionamiento.












sábado, 1 de septiembre de 2012

MISTERIOS




Hablaba yo el otro día con una amiga creyente que venía de quedarse viuda. Unos meses antes había perdido a una hermana y, antes, pero también recientemente, a su padre. Estaba desesperada, triste y hundida. Pero es dicharachera y ni siquiera en esos momentos perdía naturalidad. "--¿Pues sabes qué te digo? que yo ¿qué pinto aquí ya? Sólo pienso en irme 'allí arriba' con ellos." Sin poder evitarlo, me puse a pensar en lo de "allí arriba". Yo "allí arriba" nunca había visto nada. Debía ser más arriba, pero tampoco cuando he escalado una montaña he visto nada; ni siquiera yendo en avión. Bueno, pero quizá yo sea muy elemental y tenga que pensar en "más arriba". Recordé entonces al hombre subiendo a la luna y los diferentes Apolo, Soyuz y demás cohetes disparados. Nada, nadie había visto nunca nada. Pensé en nuestro sistema solar... en nuestra galaxia, en otras galaxias... ¿dónde estarían, según los creyentes, todos los muertos resucitados? 
Mi amiga se refería, era evidente, a esa afirmación que la Iglesia considera "verdad fundamental del cristianismo", "hecho más importante de toda la historia": la resurrección. Es verdad que esto ocurrirá "al final de los tiempos" (qué lenguaje más oscuro), pero la gente se cree que esto está ya ocurriendo y tiene prisa por llegar. De todas formas, alguno debe andar ya por ahí.   Seguí dándole vueltas a este asunto que, desde mi pubertad, me ha planteado algunas preguntas ¿Quiénes resucitan? ¿Todos? Bueno, ya sabemos que los "malos" van al infierno pero sigue habiendo mucha gente "buena". ¿Desde cuándo resucitan? ¿Desde el primer hombre? ¿También los cromañones? ¿Desde el siglo I? ¿También los africanos, asiáticos y americanos a pesar de no tener conocimiento de este extraordinario suceso hasta mucho tiempo después? Me parece mucha gente, pero en fin... ¿Se vuelven algunos a morir? ¿La resurrección es para siempre? ¿Existe un lugar tan grande para que quepamos todos? Yo, aunque no sea creyente, me considero "muy buena", así que también, según esa teoría (o afirmación categórica), resucitaré. Pero el mayor problema que veo es el del aspecto físico. ¿Qué aspecto tendremos?  Mi amiga quería estar con su marido, con sus padres y sus hermanos. ¿Ella tendría el aspecto de cuando se casó, cuando se murió el marido, cundo se muera ella? Si es así su abuela no la va a reconocer porque su abuela murió cuando ella era bebé. Y pensando en mi caso... Si me muero y tengo aspecto de ochentona (ojalá llegue) no me va a reconocer mi abuela y yo quiero estar con ella y verla. Y con mis nietos que por desgracia no sabré qué  aspecto van a tener. Pero, a mi abuela, la querrá ver su madre y su abuela y si tiene el aspecto con el que yo la conocí esto no será posible.

Todas esas elucubraciones pasaban por mi mente y se las planteaba en voz alta a mi amiga. "--Anda, mujer, seríamos como espíritus". "--Ah, como espíritus, sin cara, sin ojos ¿cómo íbamos a reconocernos entonces?" Yo quiero, si eso sucede, ver y tocar a mis hijos, a mis padres, a todos los míos. Quiero ver de cerca la caída de párpados de Marilyn, tocar el vestido de María Antonieta (el que llevara cuando yo la viera) y rozarme con ese tío tan buenorro de la ofi que nunca me hizo ni caso. Si no es así, no me interesa, conmigo que no cuenten.

De todas formas pienso que es un asunto que no está suficientemente tratado por las altas jerarquías eclesiásticas. Nos deberían dar más detalles.